Uno de los rasgos de la modernidad, especialmente acusado en la vida urbanita, es la velocidad, la sucesión acelerada de acontecimientos y noticias. Una sucesión trepidante que obliga a una adaptación constante y que apenas deja tiempo para la reflexión.

A su vez, la propaganda política fundamenta su éxito, principalmente, en la constante introducción de mensajes que aseguren la iniciativa al que la emite y obliguen al adversario a improvisar, adaptarse, y dedicar grandes esfuerzos a defenderse en un terreno no elegido y por tanto incómodo. Marcar la agenda significa que la gente hable y se preocupe de unos temas y no de otros. Y, a ser posible, que se hable de dichos temas en unos términos determinados o acotados, de modo que el propio mensaje restrinja la respuesta y la reflexión sobre el mismo.

Así, sin tiempo para pensar, nos llevan del ronzal a todas horas y empeñamos nuestra energía en debates que reproducen lo que se dice en los medios de comunicación, principales propagadores de los mensajes políticos y del lenguaje con que se abordan.

Prestar atención al lenguaje de moda es, así, una forma infalible para reconocer cuán marcado y limitado es el terreno en el que nos movemos. De modo que, tomando un poco de distancia respecto a los acontecimientos siempre acuciantes de la actualidad, podemos adquirir la perspectiva suficiente para reconocer las causas y consecuencias del juego político y del papel que en él se nos asigna, por supuesto, como meras comparsas.

Yendo de lo general a lo concreto, en un país como el nuestro, tan decaído en lo educativo y tan homogéneo y escorado en lo periodístico, no puede extrañar que la iniciativa pertenezca siempre a una parte muy concreta del espectro político. Y resulta sencillo, en este sentido, identificar un mismo sello en la jerga introducida en los últimos tiempos por los medios de comunicación. En esta línea,  “empoderar”, “talante”, “resiliencia”, “sostenibilidad”, “visibilizar”, “procrastinar”, “poner en valor”, “emergencia climática”, “migrante”, “trumpista” o las omnipresentes “brechas” –laboral, social, de género, etcétera–, son sólo algunos de los términos impuestos desde la “corrección política” para controlar ideológicamente a la sociedad. “Palabros” dirigidos a configurar esa “nueva normalidad” tan pregonada por algunos, en la que, por supuesto, no cabe el disenso.

Es más, si nos fijamos, casi todos los vocablos y fórmulas citados están encaminados a generar división, haciendo hincapié en la desigualdad y alimentando la envidia, el resentimiento y el odio identitario como nuevo rasgo “de clase”. Por ejemplo, ¿qué se quiere “visibilizar” sino la desigualdad, sea ésta real o no? ¿De qué habla cualquier “brecha” sino de desigualdad, aunque ésta sea ficción? ¿Y qué se pretende con la palabra “migrante” sino confundir, engañar y dividir? ¿Acaso no persigue un fin excluyente el llamado lenguaje “inclusivo”? ¿Es que no se dañan la lengua y la literatura incrustando una @ a cada paso? ¡Si hasta la misma palabra “diálogo” se ha pervertido, invocándose para negociar con asesinos!

Naturalmente, poco importa a quienes introducen el virus de la cizaña si se destruye la Gramática o se discrimina al que se empeña en hablar y escribir con propiedad. Como tampoco existirían miramientos en pasar por encima de la Academia, y anatemizarla como institución caduca y reaccionaria, si osara –que no parece– oponer algún escrúpulo a los desmanes lingüísticos de nuestros ministros. ¿Se imaginan a la RAE corrigiendo a “autoridadas”[1] como la ministra Yoli Díaz? ¿Se manifestará ofendida alguna maestra o profesora de entre las aludidas como “docentas”[2] por la misma sujeta? Lo dudo.

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1. Discurso en el XII Congreso Federal del sindicato Comisiones Obreras, Madrid, sábado 23 de octubre de 2021
2. Valencia, 13-11-2021.