Sr. Director:

Una comunidad nacional no depende sólo de la capacidad para organizarse bien, formar conciliaciones de intereses o porque escoja a los mejores para llevar a cabo los asuntos públicos, porque en ese caso de lo que hablamos es de gestión. Una comunidad nacional necesita, ciertamente… “Tomar el pulso al alma colectiva de esa comunidad”. De ahí que José Antonio Primo de Rivera definiera España como “una unidad de destino en lo universal”. Esto es, una comunidad que tiene un ser único y una misión que cumplir en el contexto de la Historia.

Deberíamos volver a los maestros. Después de uno de sus magistrales argumentos, llegaba Juan Vázquez de Mella a la conclusión de que tanto la historia de los sistemas filosóficos como la de las ideas que han pasado por el entendimiento humano, acaba en último extremo en la disyuntiva inexorable que cifraba de esta forma: “o Teología o Zoología”. Hacia Dios o hacia el polvo. Volar o arrastrarse. 

No hablamos de otra cosa que de adherirse y proclamar la Verdad única que engloba a todas las demás verdades; la Verdad que nos hace libres, siendo que la libertad, como nos dice Cervantes en boca de Don Quijote, es honrada, y aun rentable.

Cuando nos apuntamos a un club, sea de la naturaleza que sea, lo hacemos en función de una actividad, pero pertenecer a un club no nos obliga a que tengamos que compartir la mujer con el resto de los socios, o que todos tengamos que tener el mismo modelo de coche.

Cuando España se planteó ingresar y pertenecer a este club que llamamos Unión Europea, debimos haber pensado antes. Debimos advertir que la idea que expresamos con la palabra posibilidad es correlativa de la palabra imposibilidad, y ambas palabras expresan ideas muy diferentes.

Así, tal y como se confeccionó la pertenencia al club UE podemos hablar de un imposible metafísico por cuanto establecía el absurdo de que la soberanía de España sería y no sería al mismo tiempo.