A nivel cultural, la génesis de la Ingeniería Social se encuentra en el “Mayo del 68” parisino. En líneas generales trasladaron la teoría de la lucha de clases y de superestructuras económicas al ámbito de lo sexual introduciendo en ello el estudio del subconsciente como determinante de la voluntad: el hombre como “ser deseante”. Al tiempo, determinaron que esa misma voluntad ingobernable a la par que incontestable lo determina todo, por encima del sexo biológico o del derecho natural. Con ello implantaron una auténtica “revolución antropológica” encuadrada en una “cultura de la muerte” cuyo fin es “la negación de la condición humana” en la que “el hombre sin atributos” musiliano puede auto-configurarse seleccionando sus propios complementos como si de un objeto más del mercado se tratara. Lo ha explicado muy bien Adriano Erriguel en su libro Pensar lo que más les duele (2019): “Mayo del 68 inauguró una época inédita: la transgresión como dogma y la nueva rebeldía como nueva ortodoxia. Una rebelocracia que exalta sus propias contradicciones, las comercializa y las fagocita. Mercado global, domesticación festivista y educación para el consumo: los signos definitorios de nuestra época. En ese sentido, mayo de 1968 fue una revolución para acabar con todas las revoluciones”.

La tragedia consiste en haber dejado atrás la lucha colectiva, de clases, que pugnaba por unas condiciones laborales y sociales mejores, a cambio de una lucha individual en la que cada uno debe escoger aquella superestructura que atente contra su psique y sus sentimientos (emotivismo). En otras palabras, pasaron de lo económico a lo cultural, razón por la que muchos representantes de la llamada "derecha alternativa" usan el término de “marxismo cultural” para referirse a ellos, aunque el propio Adriano Erriguel rechace dicha etiqueta. Añade Erriguel que tampoco es un pensamiento con signo político definido: “Conviene tenerlo claro: el legado ideológico de 1968, lejos de cualquier contenido subversivo es hoy transversal a la derecha y a la izquierda; por eso parece difícil que la izquierda pueda patrimonializarlo, o que pueda circunscribirlo a su particular acervo sentimental. El legado de 1968 es el sistema. Sus valores informan la totalidad del espacio público y delimitan los contornos del debate legítimo, de forma que todo lo que quede fuera de esos  límites cae en el terreno maldito de la reacción, del populismo o de las fobias. Para entenderlo basta con observar la evolución de la derecha occidental durante las últimas décadas, caracterizada por una interiorización progresiva de los valores de 1968 como conquista irrenunciable del género humano”.

Como escribieron Engels y Marx, los autores del Manifiesto del Partido Comunista (1848), “Todo lo sólido se desvanece en el aire. Todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”. Lo que vino después fue una época que, en palabras de Nietzsche, se encuentra desorientada, desamparada y desasosegada: “¿Hay aún un arriba y un abajo? ¿No vamos como errantes a través de una nada infinita? ¿No nos persigue el vacío con su aliento? ¿No hace más frío? ¿No veis oscurecer, cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿Nada olfateamos aún de la descomposición divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos, nosotros, asesinos entre los asesinos? Lo que el mundo poseía de más sagrado y poderoso se ha desangrado bajo nuestro cuchillo. ¿Quién borrará de nosotros esa sangre? ¿Qué agua podrá purificarnos? ¿Qué expiaciones, qué juegos nos veremos forzados a inventar? ¿No es excesiva para nosotros la grandeza de este acto? ¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses? No hubo en el mundo acto más grandioso y las futuras generaciones serán, por este acto, parte de una historia más alta de lo que hasta el presente fue la historia” (La gaya ciencia, 1882).

Las consecuencias de esa “transvaloración de todos los valores” las vio el sociólogo Zygmunt Bauman con una lucidez extrema: “En resumidas cuentas, la vida líquida es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante. Las más acuciantes y persistentes preocupaciones que perturban esa vida son las que resultan del temor a que nos someten desprevenidos, a que no podamos seguir el ritmo de unos acontecimientos que se mueven con gran rapidez, a que nos quedemos rezagados, a no percatarnos de las fechas de caducidad, a que tengamos que cargar con bienes que ya no nos resultan deseables, a que pasemos por alto cuándo es necesario que cambiemos de enfoque si no queremos sobrepasar un punto sin retorno”. Y la pregunta es, ¿lo hemos pasado ya? ¿Acaso nuestros enemigos hayan tomado el control de forma irrevocable? Miren a su alrededor: no hace falta responder a la pregunta.

Si el objetivo de la Ingeniería Social es cambiar la sociedad, podemos hablar de una “conspiración” por parte de aquellos que la impulsan tomando la tercera definición de la RAE —”Concurrir a un mismo fin”— o la primera si asumimos, con Juan Claudio Sanahuja que el motivo de ese cambio es destruir el cristianismo: “Unirse contra su superior o soberano”. Toda forma de vida espiritual sería dicho soberano.  Y ese constituirse “a la contra de”, teniendo en cuenta lo que ha explicado Hans Blumenberg en su libro La legitimación de la Edad Moderna o Dalmacio Negro en su El mito del hombre nuevo, a saber, que toda la modernidad ha encontrado su legitimidad en construirse atentando contra los valores del mundo anterior o Edad Antigua; y que toda la filosofía moderna aboga por una reconstrucción de la condición humana. Esta última tesis también la ha defendido, aunque desde una perspectiva de aprobación, Harari en su éxito de ventas Sapiens: de animales a dioses.

Las élites justifican —léase: ocultan— sus conspiraciones con una supuesta labor de “filantropía” que gracias a eufemismos y buenas palabras —Hitler también habló de la “Paz Mundial” en varias ocasiones— parecen querer ayudar a los países subdesarrollados pero que, en realidad, pretenden lucrarse, limpiar su imagen e implantar sus estrategias de “Ingeniería Social” para alcanzar sus distintos fines. Usan las catástrofes (guerras, desastres climáticos, epidemias) como ocasiones ideales para implementar sus modelos sociales, tal y como explicó Naomi Klein en su libro La doctrina del Shock.

Así lo demuestra la Naomi Klein en su libro La doctrina del Shock, donde señala las conexiones entre la “Escuela monetarista de Chicago”, dirigida por Milton Friedman, y el régimen dictatorial de Augusto Pinochet en Chile, que arrebató a Allende de la presidencia mediante la fuerza. Implantar dichas medidas de libremercado y reducción de los servicios públicos habría sido imposible sin la ayuda de una represión terrible puesta en marcha junto a técnicas de “control mental”, extraídas de los “Manuales de tortura KUBARK”, en el marco de una crisis política enorme.

Dicho “capitalismo del desastre” necesitaría de “shocks” puntuales, de situaciones excepcionales, para imponer medidas que, en otras circunstancias, resultarían intolerables para la población. Y así ocurriría dicha implementación forzosa en numerosos casos posteriores como el Gobierno de Thatcher o la presidencia de George Bush. La doctrina del Shock, aparecido en 2007, no sólo anticipó la política de destrucción de las clases medias a nivel global durante la recesión económica de 2008, sino que es el mejor texto para entender lo que las élites pretenden lograr gracias a la pandemia del COVID-19: adelantar de forma extraordinaria la consecución de sus objetivos globalistas de Ingeniería Social. No hay más que acudir a lo dicho en el último “Foro económico de Davos” para descubrirlo. En palabras de la autora: “Esta forma fundamentalista del capitalismo siempre ha necesitado de catástrofes para avanzar”. ¿Qué catástrofes? “Algún tipo de trauma colectivo adicional, que suspenda temporal o permanentemente las reglas del juego democrático”. En definitiva, “El miedo y el desorden como catalizadores de un nuevo salto hacia delante”.  Y en eso estamos.