¿Recuerdan cuando nos contaban que el 70 por cien de la población vacunada proporcionaría la “inmunidad de rebaño”? ¿Cuándo anunciaban a bombo y platillo, e incluso contando los días, la vuelta a la normalidad con la extensión generalizada del medicamento experimental falsamente llamado vacuna? ¿Cuándo metían con calzador y a todas horas la variante “delta”, luego la “delta plus” y ahora la “Ómicron”?

Desde “El Correo de España” fuimos muchos los que advertimos sobre el trágala que suponía el invento covidiano; esto es, que cuando les diera la gana, crearían nuevas “olas” o “variantes” y, por supuesto, restricciones sociales entre las que brilla el inmundo certificado “sanitario” llamado “pasaporte Covid”.

Resulta nauseabundo que un Reglamento del Parlamento europeo y del Consejo, de junio de 2021, haya convertido a Europa en una cárcel de fronteras cerradas para los nacionales de los Estados miembros de la UE que no se hayan vacunado o que  no les dé la gana mostrar un certificado sanitario o someterse a un odioso palillo nasal.

Eso sí, la avalancha inmigrante africana puede saltar libremente las vallas de Ceuta y Melilla o viajar en patera a las costas españolas, que eso del pasaporte Covid es sólo para los europeos, tontitos entusiastas, aplaudidores de democracias de celofán que rinden pleitesía a grandes farmacéuticas y a un sistema perfectamente ideado de control social y terror psicológico destinado a atomizar al ciudadano, a tornarlo desconfiado, hierático, hermético y ultra consumidor; un mero consumidor desarraigado, desenganchado de cualquier pertenencia a la comunidad nacional de destino llamada Patria.

No hay mejor “plasta” con que taponar las energías individuales de rebeldía que infundir el miedo a un agente externo. No hay mejor plasta con que taponar el instinto de sano comunitarismo patriota que convertir al ciudadano en un zángano dispuesto a dejarse arrebatar sus más elementales facultades de libertad, intimidad y unidad entre hermanos de una misma Patria.

España no había vivido situación de vida más tortuosa y crapulosa que la extendida y predicada por la política tiránica covidiana: media España unida por la religión vacunista acrítica, se ha convertido en espía y delatora de la otra media.

Basta con la declaración voluntaria, a pie de cafetería o en una reunión social, de la posición personal de “no vacunado” para convertirse en un apestado, un moderno leproso, un lumpen visto con desidia, desprecio y miradas afiladas como guillotinas.

A la clase política española de izquierda y derecha, desde el PSOE de Sánchez a los peperos de Feijoo y Casado, los comunistas Vuitton de Yoli Díaz o los separatistas de todo pelaje, les viene de maravilla que la división entre españoles aumente y se agigante.

La tradicional división social entre izquierdas y derechas está desapareciendo en muchas conciencias y en muchas naciones. El “leit motiv” de la pugna social, está cada vez menos puesto en un falsa dicotomía donde la masa advierte la farsa que se produce entre iguales perros con distinto collar. A los globalistas rojos y azules se les está viendo demasiado el plumero. Es un fenómeno que se produce en toda Europa a la luz del auge de los partidos social patriotas y antiglobalistas.

Por ello las élites mediáticas y financieras ansiaban intensificar una nueva división social; por ello la pugna entre vacunados y no vacunados se hacía más importante y necesaria que nunca. Por ello los sacamantecas del poder político español imponen el relato del odio sanitario entre españoles, alzan muros entre hermanos y condenan a un sector de la sociedad a la muerte civil por negarse a entregar su libertad y su intimidad.

Resulta espantoso que la Unión Europea sea una cárcel para sus pueblos; la cárcel de los impuestos “verdes”, la farsa climática o la destrucción de la Navidad cristiana y nuestros valores morales. Pero todavía resulta más grotesco que el experimento de domesticación ciudadana se haya impuesto con éxito clamoroso hasta el extremo de querer convertir a los niños indefensos en cobayas, como ya lo son los adultos inoculados.

Soy consciente de que a no mucho tardar, los no vacunados seremos hostigados con multas, cárcel e incluso el apartamiento de la atención médica que nos será negada. La cruzada contra nosotros, se recrudecerá.

La pepera Ursula Von der Leyen, presidenta de la Comisión europea, pide que se impida el derecho al trabajo para no vacunados y se obligue a vacunar a todos los ciudadanos. Es la misma tiparraca que recomendó no felicitar la Navidad como cristianamente hacemos, sino las “fiestas”. Ya saben: para no perturbar a las llamadas “minorías” étnicas de las sociedades multiculturales de la Agenda 2030 que los liberales, democristianos, socialistas y demás chusma, defienden.

Muchos como yo resistiremos a la tiranía covidiana. Estamos orgullosos de ser llamados “bebelejías” o “negacionistas”. Nos la suda, hablando en plata. Debemos ser impasibles y resistir el ataque de las bestias globalistas y, sobre todo, despreciar a los mierdas que nos apestan o nos deploran por no habernos pinchado un caldo experimental.

No merece la pena gastar saliva de discusión en el diálogo o la confrontación con miembros de la secta covidiana, pues nuestros contendientes están completamente adoctrinados en las lecciones del odio y los panfletos oficiales.

Lo dicho, lectores: resistencia, desprecio a los intolerantes covidianos y, sobre todo, apoyo a medios informativos disidentes, libres y patriotas como El Correo de España que jamás dejará a ningún español honrado y decente en la cuneta.