El intelectual genuino trata de servir a la verdad, no a la superstición del pueblo ni al oro o las sinecuras de los dominadores. El intelectual genuino no irá nunca en el carro de los señores poderosos. Éstos, cuando necesitan a alguien, lo empujan ante ellos para que les sirva de puente. Eso sí, suelen ser muy educados y agradables, pero cuando ven ante ellos un hombre inteligente, independiente y honrado es como si vieran el peligro, y no se detienen hasta que consiguen ahorcarle. Sonríen, lo ahorcan y vuelven a sonreír.

En todo intelectual genuino existe siempre una desconfianza instintiva respecto al Estado y al poder, siempre sospechosos de convertirse en tiranía y de sojuzgar a los hombres. El Estado, como escribió Tomás Moro, es «una especie de conspiración de los ricos, que tratan de proteger sus intereses con el nombre y la etiqueta de república», entendiéndose esta como res publica, es decir, en el sentido original de interés general.

Aunque rodeado por la multitud, el espíritu libre suele vivir en el desierto o frecuentar las selvas inextricables, pero vaya donde vaya, siempre contempla, en toda su cínica desnudez, el abuso del ventajero sobre su prójimo, ese afán de obtener provecho a costa de los demás. Comprueba que la tierra abunda en frutos y en posibilidades, pero que el pueblo trabajador y honrado está desnudo y vegeta, sufrido y sufriente, al lado de riquezas innumerables. Ricas mansiones y familias rebosantes de oro sustentadas sobre hombros que esperan en vano una moneda o una gracia

El intelectual genuino sigue contemplando a Cristo, el amigo de los humildes y de los necesitados, encadenado a un lujo insolente, aprisionado en unas sedas que crujen a la vista de los perseguidos por la razón y la justicia.

Si para este enemigo de los estorbos, Cristo es ese amigo a quien siempre ha amado con un amor confuso, con un sentimiento entre la duda y la esperanza, en el gran debate de la unidad, del progreso y del destino de España, el intelectual genuino es hoy un hombre que se gana las sospechas de todos los partidistas, porque busca vanamente defender contra las pasiones y los intereses desencadenados su concepción humanista de las cosas, de la vida. Para los señores del poder es algo molesto, a pesar de su aparente insignificancia. Recelan de su imagen, porque por contraste les refleja la propia, pastores que tratan de conducir al pueblo con los alardes de su preponderancia. Una imagen vieja, como es vieja la seguridad de quien se sabe impune.

Pero, frente al intelectual, los poderosos, más que por ellos, temen por la ciudadanía, que ésta llegue a dejarse convencer por la ejemplaridad, o mejor, por las asechanzas de aquél. Porque el intelectual es muy peligroso como posible perturbador de las masas. Y, ¡ojo!, las masas siempre han de estar disponibles para el provecho de los dominantes. Para éstos, por tanto, ciudadano es el que está inerme ante las estratagemas del intelectual, dispuesto siempre a alborotar la tranquilidad del rebaño.

De este modo, el pastor se erige en exclusivo benefactor y sostén del pueblo, en único administrador de sus derechos, que le son transferidos implícitamente en mor del bien común. La oligarquía, por mandato cuasi divino, se alza con el usufructo vitalicio de la soberanía popular y se convierte en su protector y, por el contrario, en rastreador y mazo de todo pensamiento crítico.

Ese rastreo y ese golpear no cesan, siempre hay una excusa para ello. El intelectual no es dialogante, sino renuente. El intelectual es facha, es franquista, es conspiranoico. El intelectual no es demócrata, sus ideas están obsoletas; no es buenista, sino intolerante; sus proyectos filosóficos están al margen de la modernidad, de la corrección, del progreso que ha trazado el nuevo orden. Se le acusa. Se le acosa, se le exilia. Se le condena y encadena. Se le crucifica.

Porque con sus dudas y reflexiones, frente a los sencillos ciudadanos, trata de desbaratar la estabilidad del Sistema, la paz ciudadana sustentada en esa religión del pensamiento único, del editorial único, de la consigna abductora que todo lo usurpa. Mientras que ese nuevo orden camina firme hacia un objetivo común, construyendo un mundo feliz, el intelectual carece de brújula y esgrime una individualidad insolidaria y destructora. Por eso su quehacer es ominoso para el amo, destinado a cobijar y conducir al pueblo.

Hay que defender, pues, a los plutócratas y a las izquierdas resentidas y a sus cómplices de los intelectuales. Es lo que dictan los ideólogos capital-marxistas para conseguir el silenciamiento o la condena de los espíritus críticos. La frase es todo un precepto del buen hacer capitalista y socialcomunista. Con tan lacónicas palabras, los mezquinos no sólo callan al disidente, también se toman la venganza. Ese ancestral resentimiento que alientan contra todo lo superior.

Con la excusa de su defensa proyectan la sombra de su odio. ¿Cómo es posible dejar en manos de los intelectuales la tranquilidad del creso, del intoxicador camuflado, del honrado socialista, del estoico sindicalista, del sencillo podemita, del militante leal o del partido generoso que, estando alejados de las fuentes de la intriga, son aguijoneados por las fútiles elucubraciones de los diletantes que lanzan dardos desde sus despachos sin riesgo?  

España, cuna de humanistas, carece hoy, salvo las excepciones de rigor, de verdaderos intelectuales. No eruditos de gabinete, sino humanistas profundamente unidos al mundo actual, capaces de nutrir su pensamiento con experiencias vitales y buscando en ellas enseñanzas para la acción. Todo lo cual no tiene por qué impedirles el anhelo por alcanzar el retiro que les permita consagrarse por completo a las actividades del espíritu. Intelectuales que tengan en común el mismo orgullo por la cultura y por la independencia, y la certeza de que se hallan entregados y participan de las realidades más elevadas.

Por el contrario, son muchos los intelectuales áulicos, los sabios famosos y bien alimentados que pululan por las ciudades de Sodoma y Gomorra, símbolos hoy de nuestra patria. Son, parafraseando a Nietzsche, las bestias de tiro que tiran del carro del pueblo. No son sino burros, o lacayos uncidos, aunque su yugo reluzca de dorados ornatos. Lacayos merecedores de elogios y de éxitos, en definitiva, porque han sabido buscar -y encontrar- a aquellos a quienes les han sido útiles sus servicios.