En pleno siglo XXI, en una época en la que el denominado progresismo está de moda, no deja de ser sorprendente que nadie se percate de la solapada presencia de la dictadura del silencio.

Los partidos políticos no se ponen de acuerdo para formar un gobierno medianamente estable para este gran territorio llamado país; sin embargo, son los primeros en acordar por unanimidad las vacaciones de Semana Santa hasta el cuatro de abril sin ningún tipo de rubor. Nadie protesta.

 

Desde el 20 de diciembre de 2015, fecha en que se celebraron las elecciones generales, los representantes en el Congreso de los Diputados han estado ganando ingentes sumas de dinero sin merecer lo más mínimo. Nadie dice una sola palabra al respecto.

En procesos de divorcio, los padres son separados de sus hijos, imponiéndoles un “régimen de visitas”, como si no hubieran tenido nada que ver con ellos, ni siquiera para traerlos al mundo. Y nadie dice nada.

En procesos de divorcio, los padres son separados de sus hijos, imponiéndoles un “régimen de visitas”, como si no hubieran tenido nada que ver con ellos, ni siquiera para traerlos al mundo. Y nadie dice nada.

 

Nuevamente en procesos de separación o divorcio, los padres de sexo varón son denunciados indiscriminadamente por las que fueron sus parejas sentimentales y madres de sus hijos por violencia en el hogar, abusos sexuales y/o cualquier otro crimen similar, sin darles opción, porque la simple denuncia ya es válida para desencadenar el protocolo de protección hacia la mujer con la retirada automática de la custodia de los hijos y sus correspondientes visitas. A nadie le importa si es real o no. Se impone el código del silencio.

 

El mismo sistema se está utilizando para separar a niños de sus madres. Los servicios sociales son alertados de la existencia de menores en lo que ellos catalogan como en riesgo de exclusión social. En vez de ayudar a los padres de estos niños para mantenerlos y educarlos, en muchos casos, les son retirados y enviados a centros denominados de acogida o a familias que se ofrecen voluntarias como acogedores a cambio de una pequeña ayuda. Son foco de atención principalmente las mujeres con hijos, no casadas y con pareja. En innumerables casos, se acusa a las parejas de estas mujeres de maltratadores y/o abusadores sin ningún tipo de prueba, bajo la coacción hacia la mujer de que si no se separan de su pareja no recuperarán a sus hijos. Esta coacción conlleva una trampa añadida, que no es otra que la soledad y desamparo de la mujer para poder defenderse ya que en estos casos, carecen de recursos económicos. De esta manera las anulan como mujeres y como madres, haciéndolas ver que no sirven para ejercer como tales limitándoles las visitas en innumerables casos a una hora a la semana, sin más personas vinculadas con los hijos. Pasado el tiempo, y debido principalmente a esta carencia de recursos, en muchos casos se pierde el contacto con los hijos porque ya no quieren saber nada de sus familiares biológicos. Nuevamente se apodera el silencio social.

 

Tres situaciones diferentes con una condena y una víctima común: los hijos. Nadie se inmuta.

 

La moda progre nos trae de vuelta el racismo y la xenofobia. Los politicuchos y ricachones de turno se encargan de provocar guerras y saquear países y el resto de la población nos encargamos de acogerlos y mantenerlos. Ellos generan el problema y para poner soluciones, legislan en contra del pueblo acogedor con el fin de crear el conflicto que dicen querer evitar: Odio transformado en racismo, xenofobia y terrorismo. Lógico es ayudar a quien lo necesita, pero más lógico es buscar la raíz del problema con el fin de poner soluciones. Nuevamente se impone el código del silencio.

 

Se mancilla al hombre en beneficio de la mujer en un declive total de la verdadera igualdad, esa que tanto hincapié hacen los políticos y los medios de comunicación. Ninguna mujer es inferior a nadie así como ningún hombre debería de serlo tampoco. Generando conflicto entre personas de diferente sexo se consiguen grandes subvenciones y la creación de asociaciones y negocios varios. Con grandes diferencias: las que luchan contra la ley de violencia de género y trabajan en favor de una igualdad real entre personas no obtienen la misma repercusión mediática y subvencionada que los que trabajan únicamente en favor de los derechos de un solo sexo, en este caso el femenino, haciéndola quedar como un ser absolutamente inútil ante la sociedad. Aquí impera de manera especial la dictadura del silencio. No se contabilizan los hombres denunciados en falso, ni los suicidios de varones, ni los asesinatos de hombres a manos de sus mujeres, ni los homicidios hacia los hijos por parte de madres, ni los asesinatos de ancianos a manos de mujeres. Únicamente se publica y mediatiza la victimización de la mujer en sus diversas formas sin tener en cuenta el resto.

 

Como decía el escritor y orador filosófico hindú Jiddu Krishnamurti: “No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”.

 

El sistema actual está diseñado para educar en la guerra, en la competencia, en el odio, en la falta de empatía y en la agresividad. Es lo que conlleva vivir en un país gobernado por mediocres.