Los humanos somos unas criaturas muy adaptables: al final, nos acabamos acostumbrando a casi todo, y acabamos viviendo como normales situaciones que al principio nos resultaban difíciles de llevar o, por el contrario, emocionantes y novedosas. Hoy quiero hablar de este último caso: esas ocasiones en las que nos acostumbramos a lo bueno, que técnicamente se conoce como adaptación hedónica. ¿Cuántas veces nos ha pasado que, al comprar una nueva marca de café, de yogures o de lo que sea, hemos pensado “esto es maravilloso”? ¿Y luego, al cabo de un mes de comerlos, nos parecen lo más normal? ¿Y qué hay de ese nuevo móvil, ordenador o tableta que el primer día nos tenía encandilados con todas sus funciones? Al cabo de poco tiempo lo usamos para mirar el whatsapp y no le damos mayor consideración. La adaptación hedónica también se da cuando nuestra decoración se hace “invisible”: aquel cuadro tan bonito que pusimos al cabo de un tiempo dejamos de percibir que existe, nos hemos acostumbrado a él. Lo mismo pasa con las vistas de nuestra casa o con el jardín, si tenemos la suerte de tenerlo: lo que al mudarse uno apreciaba como una maravilla, al poco se da por supuesto y no se le hace caso. Bastan estos ejemplos para describir el fenómeno, y para ver que nadie es inmune a ello. Se trata de un problema, pues es fácil que de esto se derive bastante insatisfacción. Insatisfacción, por otra parte, que todo a nuestro alrededor fomenta: constantemente vamos a tener mensajes que nos dirán que si probamos el nuevo yogur, compramos los nuevos muebles, tenemos el nuevo móvil… entonces sí, ya estaremos satisfechos. Pero una y otra vez nos encontraremos con la adaptación hedónica, es decir, nos acostumbraremos, y vuelta a empezar. ¿Qué hacer? Lo que solemos hacer es pensar que la satisfacción estará en “lo siguiente”. “He probado esto y al final no era para tanto. Seguro que aquello otro, que es un poco mejor, será suficiente”. La felicidad siempre está a la vuelta de la esquina: cuando tenga pareja, cuando me asciendan, cuando me independice, cuando gane suficiente… Pero al final te acostumbras también a lo otro, lo nuevo,  y deja de parecerte satisfactorio. Es decir, que solemos utilizar una estrategia que no funciona, o más bien que solo funciona a corto plazo: lo nuevo me satisface durante un tiempo, hasta que me acostumbro y deja de hacerlo, y entonces busco otra cosa. Como podemos ver, esta estrategia no resuelve el problema. ¿Qué pasaría si, en lugar de cambiar y cambiar, dirigiéramos nuestros esfuerzos en otra dirección? Hablamos de hacer un esfuerzo consciente por apreciar lo que ya tenemos, ya que hacer el esfuerzo por alcanzar cosas nuevas no da resultado. ¿Cómo podemos hacer esto? No hay respuestas universales, y realmente lo mejor que se puede hacer es hacer un esfuerzo por mirar a través de esa ventana, pararnos a saborear esas galletas, pensar en lo que nos aporta nuestra pareja… Aun así, algunas estrategias también recomendadas pueden ser evitar las rutinas (cuando hacemos algo de forma rutinaria, lo hacemos con el piloto automático, y por tanto no saboreamos ese momento), negarnos ciertos placeres durante un tiempo para luego apreciarlos más y plantearnos cómo sería nuestra vida sin eso que tenemos (sin nuestra pareja, sin nuestro empleo, sin nuestra casa…). Esto puede ayudar a poner las cosas en perspectiva y apreciar lo que realmente nos aporta y que muchas veces damos por sentado.