Don Pablo Casado está, según propias confesiones, decidido a sostenella y no enmendalla en su estrategia, a pesar del batacazo sufrido en Cataluña. Porque no se trata de la pérdida de un escaño con respecto a lo anterior, sino de que lo ha perdido cuando su más directo competidor, Ciudadanos, se ha dejado la friolera de 30 en el camino.

No sólo ha sido el PP incapaz de recoger los votos que perdía Ciudadanos, sino que encima ha perdido por sus propios méritos. El resultado de tantos años de traiciones a su electorado, de componendas, de concesiones al separatismo desde la Moncloa cuando la ha ocupado, ha hecho que los votantes no separatistas confíen más en el PSOE que en el Partido Popular, con todo lo que eso significa, habida cuenta de la trayectoria de falsario, de nefasto gestor y de fracasado del señor Illa en el Ministerio de Sanidad.

A pesar de todo esto, de esa significativa repulsa al PP, el señor Casado sigue creyendo que su lugar está en el centro, y que los demás tendrán que adherirse a él. Y le echa la culpa de este fracaso a las noticias sobre la vieja corrupción de épocas anteriores en su partido; noticias sobre las que se propone no volver a hablar porque en ese tiempo él no era el mandamás pepero. O sea: pasar del tema, echarle tierra o meterlo bajo la alfombra. Antes de mi -podría ser su lema futuro- no existía el mundo. Todo nació conmigo y antes no había nada.

José Antonio Primo de Rivera -de quien nadie en su sano juicio puede dudar que era infinitamente más inteligente que el señor Casado- advirtió en las Cortes de la Segunda República que los Gobiernos de suceden para bien y para mal, y que ninguno puede renegar de lo que hizo el anterior en lo que afecta a las relaciones exteriores. Esto, traído a la actualidad del PP, significaría que no puede simple y llanamente renunciar a la etapa anterior del partido y pensar que con eso se ha lavado las manos y vuelve a la prístina pureza del neófito.

El PP tiene una historia. También la tiene el PSOE -que, por otra parte, está de nuevo en los papeles por casos de corrupción recientemente sacados a la luz, nunca mejor dicho con el tema de Isofotón-; la tienen los comunistas de varios pelajes, la tienen los separatistas catalanes, los vascos... Todos los partidos tienen historia, y todos la asumen, condenan -más o menos de boquilla- a los corruptos pasados, y siguen adelante. Unos con el propósito de no reincidir y la mayoría con el objetivo de hacerlo mejor y que no se les descubra.

Pero el señor Casado ha encontrado otra solución: como la corrupción que se le investiga ahora a su partido se centra en la reforma de su Sede central, el señor Casado corta por lo sano. No expulsa -si es que aún queda alguno- a los presuntos culpables; no abre una investigación seria para dilucidar si hay más responsabilidades que limpiar; no denuncia ante la prensa -y, si hubiera lugar, ante la Justicia- las posibles complicidades. No; el señor Casado abandona la Sede del PP de la calle Génova de Madrid.

No debemos seguir en un edificio cuya reforma se está investigando, ha dicho según la prensa. Porque, evidentemente -al menos para la necedad del señor Casado- la culpa es del edificio. Los muros aceptaron comisiones, los ascensores pidieron dádivas, las ventanas recibieron sobornos, las escaleras sugirieron mordidas, los suelos hicieron desaparecer sobres... Un edificio profundamente culpable, al que un partido como el PP no puede tolerar. Esa es la actitud de don Pablo Casado. Ni siquiera llega a la del avestruz, porque no esconde la cabeza; simplemente, se va a otro agujero.

Evidentemente, el señor Casado -y sus consejeros, si los tiene y les hace caso- no han leído a don Francisco de Quevedo y Villegas. De haberlo hecho, sabrían que arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué.

Pero, ya que el señor Casado está decidido a arrojar el espejo que le muestra lo que ha sido su partido mudándose de Sede, quizá me admita un consejo: trasládense ustedes a Valdemingómez.