Cuando se dirige a la nación de la cual es jefe de Estado y soberano, el Rey sabe, o debiera saber, que hablar de insustancialidades en estos tiempos en los que España se degrada y desangra es casi un crimen, porque supone callar sobre innumerables alevosías. Siempre ha ocurrido que los que roban el pan y la carne de la mesa común predican resignación y diálogo, y se complacen echando las migajas y los huesos al pueblo depredado.

Siempre ha ocurrido que los que llevan la nación al abismo afirman que hay que tener paciencia y seguir viviendo la vida y produciendo con absoluta mansedumbre, porque gobernar es demasiado difícil para el hombre corriente, cuya única misión es sufrir y laborar. Que debe seguir acudiendo al tajo sin discusiones ni rebeldías. Pero se callan que quienes marchan al frente de la ciudadanía son sus enemigos; las voces que la dirigen y legislan son sus enemigos. Se callan que quienes hablan al pueblo del enemigo son los mismos enemigos.

Tanto reyes como gobernantes llevan cuatro décadas largas haciéndose pis sobre los españoles. Les están despreciando con impunidad y vesania, en nombre de la democracia, de la Constitución y de la paz. Tres señuelos que han constituido los engaños más rentables entre la variada falsificación lingüística que constituye su propaganda. Porque, primero, la verdadera democracia no se acaba en los votos, sino en el uso que se hace de ellos, y reposa en la desconfianza esencial derivada de su principio básico: todo poder no contrapesado tiende a erigirse en absoluto.

Porque, segundo, toda sociedad en la cual la garantía de los derechos no esté asegurada y la división de poderes sea pura filfa, no posee Constitución, por muchos artículos que compongan su contenido. Y, en nuestro caso, la Constitución es una doncella que viene siendo sistemáticamente violada desde el mismo día en que estrenó su doncellez, precisamente por quienes nos vienen insistiendo en sus virtudes y pureza.

Y porque la paz, tercer anzuelo con que nos quieren coser la boca, se la debemos a los generosos asesinos etarras y a sus desprendidos cómplices, según el relato oficial. Todos ellos, en sus múltiples conchabes, ni siquiera nos venden que la paz y la guerra poseen naturaleza distinta. Porque saben que su paz y su guerra significan una misma catástrofe. Hubo sangre inocente en el consentido terrorismo etarra y hay sangre inocente en la ultrajante paz actual. Porque durante la paz de estos ventajeros que nos conducen al abismo, se está matando a lo que sobrevivió a su guerra

Y, estando en éstas, los españoles de bien reciben un enésimo desprecio en forma de discurso navideño. Y se encuentran con una atmósfera que se pretende serena; con una voz que se deja escuchar con gusto; con un rostro de aspecto exterior agradable, convencido de su desinflado papel, convencido de que sólo agrada quien vende Constitución democrática, paz y felicidad. La Constitución democrática, la paz y la felicidad de los sepulcros, de los asesinatos de nasciturus inocentes.

Pero envolviendo la entrañable escena, enrarecida por el láudano discursivo, sobrevuelan culpables inopias, criminales ausencias, vientos huracanados y tormentas. Espectros. Trampas. Deslealtades. Una tierra azotada y sufriente y un árbol deforme que testimonia la mala naturaleza del terreno. Este árbol debiera sustentar el edificio, pero su malformación se lo impide. Y la gente de bien que mira la comedia le llama deforme con razón.

Incluso, esa gente de bien, disipadas las dudas, sin fe ya ante la reiterada insulsez de estas anuales puestas en escena, confirma entristecida: «Es cierto, el rey está desnudo».