El NOM, o globalismo, está dirigido en su cúspide por unos cuantos personajes de amable altruismo que desean que seamos felices privándonos de todo o que aseguremos nuestro futuro muriéndonos pronto. Tratan de convencernos de que, a la vista de los acontecimientos, sólo muriéndonos tendremos el futuro asegurado.

Contradictoriamente, sus publicistas nos siguen recomendando un mundo hedonista, de exultantes triunfadores, en el que quererlo todo y en seguida es la mejor manera de posicionarse en el tráfago cotidiano. Estos amos del mundo que ahora nos quieren despojar de todo por nuestro bien son los mismos que hace unas décadas nos convencieron de que el progreso consistía en la expansión permanente e incontrolada. 

Los que antes decían que dicho progreso era falso o utópico y que su pretensión -ya que no su imposible consecución- nos llevaría al caos, son los mismos que ahora dicen que despojarnos de nuestras raíces es una idea tan luciferina y despótica que no podrá implantarse sin sangre. Y tanto antes como ahora los amos del mundo y sus sicarios se dedican a estigmatizar a estos críticos, tiznándoles de negacionistas y conspiranoicos. Pero, aunque la publicidad -la propaganda- condicione nuestra vida, la verdad es la verdad, por muy poderosos que sean los que la niegan.

Esa publicidad, dedicada por un lado a que la sociedad masificada consuma, es la misma que justifica que nos despojen de nuestros bienes, incluso de nuestra vida privada. Tras las leyes totalitarias de la memoria histórica, ahora se han puesto en marcha las de seguridad nacional, mediante las cuales el Estado -los amos del mundo y sus sicarios izquierdistas resentidos- puede confiscar los patrimonios de la ciudadanía. Algo escalofriante, pero que el pueblo ignora todavía. 

Las contradicciones de esta aberración contemporánea que se nombra NOM, siempre han sido demasiado fuertes como para que resistan mucho tiempo, pero ahora es cuando se están viendo con toda su crudeza, de la mano del ataque químico que viene padeciendo la sociedad, en especial la civilización occidental, que es donde pueden surgir las mayores disidencias.

Las frustraciones individuales y colectivas que está generando y generará esta perversa estrategia consistente en ofrecerlo todo y a su vez despojarnos de todo, lo mismo que la de quererlo todo y no poder conseguirlo, ha de tener unas consecuencias que aún no somos capaces de prever, más allá de la de un sufrimiento inútil y de la innumerable sangre vertida.

Ambicionar la felicidad inmediata sin esfuerzo, enriquecerse rápidamente y con el mínimo trabajo, sólo está al alcance de esos satánicos magnates que tienden lazos con la no menos monstruosa ideología socialcomunista, ellos sí hacen miles de millones con pelotazos a través del petróleo, de la droga, de la guerra, de la ecología, de la inmigración, de las industrias químicas o farmacéuticas o de la moderna esclavitud ciudadana, pero nunca ese enriquecimiento se halla al alcance del común.

Tras situar en un almacén universal a las muchedumbres y decirles que todo es posible gracias al mercado y al dinero, no es extraño que la multitud desee ganar dinero por encima de todo, para ganarlo todo y en seguida. Pero he aquí que la energía que se necesita para ese utópico progreso es perecedera; he aquí que el endeudamiento de las naciones es estratosférico; he aquí que la riqueza se va acumulando en unas pocas manos y la miseria se va ensanchando entre el gentío iluso, al compás de la propaganda de unos amos que le retuercen el gaznate un poco más cada día. 

Ahora, enterrada la tradicional confrontación entre capitalistas y socialcomunistas, siempre más teórica que real en la práctica, y despojadas ambas ideologías de sus caretas; unidas ambas en una misma e histórica estrategia para depredar a la plebe, mostrándose como dos modelos complementarios hacia el objetivo de un gobierno ecuménico y despótico, en contra de las leyes éticas y naturales, es el pueblo el que ha de llenar el vacío que han creado a su alrededor.

Un vacío que lo convierte en androide, en no-muerto, en bazofia a la que los amos no dejan de exprimir y despreciar. Pero ese pueblo ahora está perdido tras un bozal que sólo sirve para señalar su índole esclava. El pueblo, ahora, es una abstracción sin rostro, pero con miedo. Mucho miedo. De ahí que el primer paso, imprescindible, consista en desterrar de sí ese temor paralizante. Porque con el miedo de compañero no es posible conquistar el futuro que espera detrás de los dudosos proyectos de este atroz globalismo diseñado por los nuevos demiurgos.