El pintor Jacques-Louis David cambió sus convicciones políticas muchas veces sin mutar el gesto. En eso se parece a cualquier trilero de la palabra como Fernando Savater o Javier Marías, por citar a dos sonados y también sonoros opinólogos de la progredumbre. En menos de diez años su paradigma iconográfico pasaría de Marat a Napoleón sin otra lógica que la de la buena alimentación del artista. Su lienzo La consagración de Napoleón sintetiza en una imagen buena parte de lo que en la modernidad se ha puesto en juego: Napoleón, proclamado emperador por referéndum tras acometer un golpe de Estado, le ha arrebatado la corona al Papa para ponérsela a él mismo y a su arrodillada esposa Josefina.

Más humilde, la actualidad nos dejaba, la semana pasada, una imagen también significativa: Pedro Sánchez arrimándose durante unos escasos 30 segundos a Joe Biden. Esa fotografía, tomada exclusivamente con el fin de poder ser enmarcada para acabar colocada junto al título de doctor, muestra que, aun siendo un rufián, Sánchez sabe bien lo que una imagen vale en una política hipermediatizada y vaciada de contenido. El presidente useño, que venía de confundir Libia con Siria en la cumbre del G7, sí que reconoció a Sánchez, y por eso le ignoró en lo que pudo, dedicándole apenas una mirada de soslayo y una palabra de cortesía, que tampoco debe de tener en abundancia, aunque a Sánchez, nuevo “gran masturbador”, le bastara y aun sobrara para elucubrar ante los periodistas una conversación ensoñada sobre incontables temas que, tristemente, sólo tuvo lugar en su imaginación. También a Sor Ángels Barceló le parecieron suficientes los renombrados treinta segundos: “Como primer contacto, está más que bien”. Fumata blanca.

Sánchez es un vanidoso capaz de protagonizar cualquier tropelía con tal de conservar su silla, eso lo sabemos todos, e incluso algún psiquiatra se ha atrevido a apuntar, como hiciera Joaquín Sama Naharro, a que se trata de un psicópata patológico. Quienes le pusieron en el poder con un sutil golpe de mano, cuentan, desde el primer momento, con que canalizar su narcisismo es la mejor técnica para manejar sus pasos, esto es, dirigirle hacia la fotografía adecuada. Y quienes le rodean deben probar su maltrecha lealtad con hiperbólicas proclamas en la plaza pública, como la exhalada semanas atrás en tono corajudo —”me tiraré por un barranco”, prometía apasionado— por el propagandista Iván Redondo, su Goebbels particular, que le ha animado a crear un proyecto megalómano de ingeniería social: el “plan Sánchez 2050” —al suyo Hitler lo llamó “Capital Mundial Germania”—, en realidad un remedo ibérico de la Agenda 2030, cuya chapa luce siempre el Presidente, altivo, en la solapa.

En realidad a Pedro “Narciso” Sánchez la “España de 2050” le importa un carajo y menos. Si pudiera mañana vendería a su abuela y a la Nación entera al primer narcotraficante amigo de Delcy Rodríguez que asomara por Barajas. Mucho más pragmático, sólo desea apurar la legislatura para añadir nuevas fotografías falsas a la colección y para apuntar algún contacto más que le asegure un puesto de retiro bien remunerado como asesor en alguna empresa multinacional, que el precio histórico de la luz no es un esfuerzo vano…

Aunque le gustaría serlo, Sánchez no se parece ni a Napoleón ni a Hitler. La historia le olvidará y su desafortunado mandato solo será un dato más en los anales sobrecargados de trepas con ínfulas de tirano a los que no les ha importado jamás defecar sobre los principios más elevados —la Patria— de los hombres. En realidad su semejanza más próxima es con Francesco Schettino, capitán del crucero Costa Concordia, que provocó el naufragio de su barco y lo abandonó antes que nadie. Esa será la imagen que deje su desgobierno mientras la sombra de un Estado de Alarma anti-constitucional se cierne sobre los tribunales sin terminar de aclarar. El pueblo lo sabe, y por esa razón Sánchez es abucheado como un golfo allá donde el Falcon toma tierra.