Gracias a los vientos de las montañas y desiertos afganos, que han levantado las faldas, hemos visto a más de uno y más de mil en paños menores. La reciente defección occidental en Afganistán pone de relieve, a medida que se analizan los aspectos que en ella inciden, la irresponsable actitud y la culpable impericia con que este asunto se ha manejado por los Gobiernos españoles correspondientes.

Acostumbrados nuestros Presidentes a tomar decisiones ignorando a la opinión pública -que por otra parte se ignora a sí misma y a su soberanía-, a la que luego engañan mediante las dóciles televisiones oficiales y las venales televisiones privadas, decidieron manejar las armas del Estado al igual que han venido manipulando los restantes aspectos de la vida nacional.

Pero las armas no se utilizan con la misma inmunidad y ligereza con que se viene engañando a los españoles desde nuestra controvertida y temeraria entrada en la OTAN. Las armas tienen su propia lógica, y si ésta no se conoce ni se precave, para cuando nuestros políticos empiecen a aprenderla, puede ser demasiado tarde. Si varias son las funciones de las armas, las de las fuerzas armadas de los Estados tienen en la función simbólica una de ellas. Nuestros Gobiernos, mediante el envío de tropas a Afganistán, han pretendido mostrar una solidaridad con los aliados, pero sólo han ejemplificado un turbio servilismo a sus verdaderos e históricos enemigos, que no se hallan en tierras asiáticas precisamente.

Los siniestros gobernantes que representan supuestamente a un pueblo también supuestamente soberano, metieron a los españoles en una encerrona, como avanzadilla de un falsario honor y de una falsaria defensa de su deleznable sentido de la democracia. Aquí, en esta geoestrategia fraudulenta que manejan los Amos de Occidente, no hay honor ni democracia, sólo hay intereses económicos; y bajo la socorrida defensa del estado del bienestar y de la libertad lo que emerge es la tranquilidad de las grandes multinacionales y de los grandes fondos de inversión, es decir, de los poderes fácticos.

Son las bolsas de valores, las riquezas mineras, los negocios con las diversas drogas, la reubicación en el poder global y un largo etcétera lo que se trata de dirimir en tantos conflictos más o menos artificiales que han de justificarse apelando a las grandes palabras; paz, entre ellas. «Misiones de paz», nos dicen a la ida, mediante su alienante propaganda; pero nos encontramos de vuelta con oprobio nacional y centenares de muertos.

Es posible que cuando estos esbirros de la oligarquía financiera envían carne de cañón arropada por convoyes de avanzada tecnología, piensen que la simple exhibición del armamento y de su voluntad de utilización alcanzará el objetivo previsto, que es el de disuadir al enemigo. Los malos huirán, y los buenos enfundarán sus armas con un suspiro de alivio. Si el conflicto no se agrava, con su simple presencia -y sólo con coste material- habrán cumplido la misión simbólica que los Gobiernos les atribuyeron: demostrar a sus amos que pueden contar con España para llevar a cabo, a nivel mundial, sus estratagemas y abusos.

Pero si el malvado no sale huyendo, los invasores demócratas tendrán que usar las armas y correr el riesgo de enfrascarse en un nivel y un tiempo de violencia impredecible, pues si las armas fracasan en su misión simbólica han de ser utilizadas en su cometido real, es decir, como agentes de destrucción y muerte. Porque aunque a las izquierdas resentidas, en tanto no tienen bien domados a sus ejércitos, les gusta publicitar fusiles con flores y palomas en la bocacha, cuando han conseguido domesticarlos y ponerlos bajo su férula, los transforman en una máquina de represión implacable, lo mismo que a su policía.

Entonces, si el malvado no huye, como digo, cualquier cosa puede suceder. Incluso que la carne de cañón enviada por el bueno, por el demócrata, acabe sus días desangrada sobre la tierra que invadió o, con suerte, que coja las de Villadiego con el rabo entre las piernas; que ambas cosas son las que nos han ocurrido en Afganistán.

La pregunta es: ¿tiene el Gobierno previsto qué hacer, qué explicaciones dar al pueblo tras su fracaso como servil aliado de intereses ajenos a los propiamente nacionales? ¿Justificarán nuestros políticos la esterilidad de la sangre española derramada allí, y los cuantiosos gastos materiales? ¿Reflexionarán, acaso, sobre la conveniencia de seguir sirviendo a nuestros verdaderos enemigos, esas naciones del propio entorno occidental que históricamente no dejan de frenar nuestro progreso, parasitándonos, dividiéndonos e infamándonos mediante propaganda y leyendas?

Como no lo creo, váyanse nuestros mandatarios implicados, del rey abajo, a Afganistán a sufrir las consecuencias de sus actos, entre la furia turbia de los vencedores. Y, en tanto, gloria a esta sociedad envilecida, donde los recogemigajas ignoran por sistema los episodios bochornosos que diariamente nos envuelven, donde los jóvenes buscan su paraíso en el gimnasio y la litrona, y, todos juntos, en cualquier modo de hedonismo e irresponsabilidad.

La ciudadanía permanecerá en su suicida indiferencia, sin querer ver que -no sólo las armas cuando son innecesarias- cualquier ultraje lo carga el diablo. Y que aquellos a quienes vota son diablos disfrazados de seres humanos, bultos de maldad, pervertidos impunes que llevan décadas escribiendo una de las crónicas más oscuras de nuestra Historia.

Pronto olvidará también el cruento engaño afgano, y de la mano de su afín casta política persistirá en sus torpes costumbres. Repetirán todo lo hecho hasta aquí, sin preocuparse de poner en marcha una regeneración en la que la ética no sea un asunto exclusivo de anticuados moralistas; el sueño de unos cuantos locos que cantan a la patria unida, a la verdadera libertad.