Artículo de David Engels, historiador y analista en el Instituto Zachodni en Poznan, publicado en Tysol.pl.

Hace unos años una amiga polaca me dijo que extrañaba los tiempos de la dictadura comunista en al menos un aspecto: durante este período, aunque ciertamente hubo un riesgo constante de persecución, difamación y arresto, la frontera entre el bien y el mal, entre la decencia y la mezquindad, entre el coraje y la cobardía, en resumen, entre aquellos en los que se podía contar y aquellos que, en caso de duda, estaban voluntaria o supuestamente "por necesidad" del otro lado, era entonces mucho más claro de lo que es ahora...

Esos tiempos han vuelto. Incluso antes de la “pandemia” de COVID-19, la sociedad vio una división inesperada entre aquellos que permanecieron fieles al poder de la corrección política y, en consecuencia, simpatizaron con el establishment político, mediático y académico, y aquellos que entendieron o al menos sintieron que este sistema tarde o temprano arrastrará a toda nuestra civilización al abismo y ya es hora de desarrollar una alternativa. El estado mundial o Occidente, el globalismo o el localismo, el transhumanismo o la protección de la vida, el materialismo o la trascendencia, el colectivismo o el humanismo: las zonas grises se estaban volviendo cada vez más borrosas, y la “pandemia” llevó esta dicotomía a un nivel sin precedentes.

De hecho, el vínculo indisoluble entre el confinamiento, las vacunas obligatorias y la exclusión de los antivacunas, y el arsenal ideológico clásico de la izquierda (transhumanismo, economía planificada, el Gran Reseteo, el Pacto Verde Europeo, la vigilancia masiva, la lucha antifascista) creó una espiral mortal que, en su búsqueda del poder total, ya no puede ser captada por los instrumentos intelectuales del “estado de derecho” clásico. Cuando un complejo político-mediático domina todas las estructuras del Estado y la sociedad, y está dispuesto y es capaz de suspender incluso los derechos fundamentales más elementales, es irrelevante que las decisiones que llevaron a esta situación hayan sido confirmadas por diversas instituciones políticas de acuerdo con la “división de poderes”.

No parece que todo el mundo entienda la magnitud de la amenaza que pesa sobre nuestras libertades políticas y nuestra integridad física. Mucha gente, sobre todo en los círculos conservadores, sigue aferrándose a la idea de que en los “estados de derecho” formalmente mantenidos todo debe hacerse necesariamente “según las normas”. Y esto es cierto incluso para aquellos que durante años han criticado insistentemente cada decisión de su gobierno, desde la política de inmigración y climática, hasta la inflación, el desmantelamiento de la democracia, la deuda pública y el fracaso educativo, pasando por la centralización de la UE y el colapso de las infraestructuras, y de repente están infantilmente dispuestos a confiar en la misma casta política - como si esta reunión cada vez más extraña de parlamentarios oportunistas, jueces politizados, ministros medio analfabetos y periodistas complacientes fuera de nuevo la élite de estadistas y periodistas objetivos que la generación anterior de nosotros todavía conocía de verdad.

Con este error de cálculo, con las ilusiones sustituyendo al realismo y con la escandalosa magnitud del dominio de la sociedad por parte de los medios de comunicación, estamos viendo cada vez más el resurgimiento del viejo oportunismo, sin el cual ningún gobierno autoritario sería posible. Este oportunismo de los últimos años, sobre todo en la Alemania de Angela Merkel, tampoco es nuevo, pero ahora se está extendiendo a estratos sociales que antes se negaban a aceptarlo, ya sea por voluntad propia o por razones de circunstancia. Para muchos opositores políticos, parece que la crisis covídica se ha convertido en un billete largamente esperado para volver a las filas de los ciudadanos bienintencionados que demuestran “responsabilidad” pandémica, y la intensidad de la necesidad de estar en esta corriente puede medirse por el grado de disposición a excluir a los opositores a la vacunación obligatoria....

Junto a los ingenuos y los oportunistas, encontramos finalmente a los sádicos. Pues bien, la creciente histeria por la exclusión, estigmatización y castigo de los no vacunados, y la incoherencia con la que los medios de comunicación y los políticos parecen dispuestos a discutir las sanciones más surrealistas, sacan a relucir los peores rasgos de carácter de muchos ciudadanos, hasta ahora ciertamente no reprimidos por la decencia, sino al menos por la falta de estímulos externos. El hecho de que ahora, por primera vez desde el final del totalitarismo, un grupo de población claramente definido vuelva a ser objeto de odio y repugnancia, y que su opresión no sólo se tolere, sino que la política, los medios de comunicación, la economía e incluso la Iglesia la consideren un deber cívico, vuelve a despertar los más bajos instintos. Es de temer, por tanto, que las acciones actuales no sean más que el comienzo de una peligrosa espiral, al final de la cual los tan cacareados “valores europeos” volverán a resultar moralmente ruinosos.

Pero cuanto más absurda se vuelve la “comunidad de valores” occidental, supuestamente “ilustrada” y basada en el “estado de derecho”, y pierde los restos de su legitimidad moral ante la tentación del poder, más se revela el carácter de quienes escapan a esta garra y están dispuestos a sufrir las peores consecuencias por sus creencias, principios y fe. No se trata de oponer a los “pro-vacunación” y a los “anti-vacunación” - en esta cuestión cada uno debe elegir según su propia conciencia. Se trata más bien de la diferencia entre quienes abusan de una situación de crisis para aumentar su poder o quienes, poniéndose del lado de la fuerza, se complacen en ver a los demás discriminados, y quienes, por diversas razones, siguen defendiendo la decencia, la libertad, la moderación y la autonomía individual, ya sea para sí mismos o para los demás. La persona que, en nombre de estos ideales, está dispuesta a renunciar a un círculo de amigos, a un trabajo, al reconocimiento social y, a menudo, incluso a los lazos familiares y al hogar, muestra una fuerza de carácter que en la época anterior a la pandemia solía quedar enterrada bajo muchas superficialidades. Lo importante no es tanto el contenido de estas creencias en sí, sino la determinación de confiar en la brújula interior de cada uno en lugar de la presión concentrada del entorno. Son personas con las que no siempre tenemos que estar de acuerdo, pero al menos deberíamos respetarlas y confiar en ellas humanamente, y no es de extrañar que sean estas personas las que el sistema actual excluye cada vez más despiadadamente. Destacar la existencia de estas personas en una época que parece pertenecer por completo al “último hombre” de Nietzsche puede resultar un día un regalo oculto e inesperado. Separar el trigo de la paja en tiempos de una colectivización sin precedentes, ¿qué puede ser más valioso?