España se disolvió el día que el liberalismo entró por las puertas del Congreso de los diputados; el materialismo consustancial a las ideologías que impregnan las capas visibles de la sociedad hace imposible que España exista tal y como nosotros la entendemos. La imposibilidad metafísica materialista hace que no puedan percibirse la patria como un ente superior a uno mismo; como una manifestación de lo sagrado y eso implica que el individuo pierda el sentido vital de vincularse a una causa más elevada que si mismo –necesariamente espiritual–, o lo que es lo mismo: a la metafísica de España.

Pero no solo tiene un efecto extintivo sobre la patria sino sobre cualquier proyecto colectivo supeditado a valores más elevados que la materia, esto es la imposibilidad de someter la vida a un ideal más importante que la vida misma; a causa de ello vivimos entre gentes antipáticas hacia todo lo bello y verdadero que tratan de conformar su vida entorno al consumo individual de productos que sacien su ración diaria de estímulos positivos pero que a la larga se convierten en una condena de por vida: de las drogas a las redes sociales, el ego se contenta por unos minutos, pero cada vez se aleja más de lo que realmente añora todo ser humano: la disolución en la unidad trascendente que llega unicamente con la rendición ante lo sagrado y que requiere normalmente de prácticas espirituales cotidianas y persistentes.

Se nos hace evidente que el culto irracional a un sistema lógico cientifista que se apropia de la palabra ciencia para afirmar que el único conocimiento verdadero es el de los atomistas cerrando la puerta a cualquier otra fuente de sabiduría tradicional, es la causa primera y principal de esta imposibilidad y en consecuencia la fundamental de los males que han arruinado el occidente cristiano.

España no es que ya no exista, es que ya no puede existir ni existe en el inconsciente de la masa secuestrada a golpe de ateísmo científico desde su más tierna infancia; su único destino es irse fragmentando políticamente hasta la desaparición en una larga agonía política por mantener una apariencia fantasmagórica de ser ya no una nación sino un estado o algo que se le parezca, punto en el que ahora nos encontramos y del que nada positivo podemos decir.

Sin embargo la España que nosotros entendemos subsiste en lo eterno y por el momento no parece que vaya a desaparecer mientras unos pocos luchen por mantener viva su esencia. Por eso creemos que es contraproducente gastar esfuerzos y recursos en aventuras políticas imposibles y que solo son capaces de conducinos a una decepción tras otra y si bien alguna alternativa política como Vox es presumiblemente mejor que otras, en todo caso es incapaz de romper el cerco ideológico al que están y se someten por necesidad lo que quieren participar de las mieles del estado liberal.

Lo que queremos decir es que no necesitamos en estos momentos partidos políticos porque nuestra fuerza material es tan escuálida que no llegaríamos ni a un puñado de votos, la devastación de nuestros ideales y la victoria del materialismo es tan aplastante que nos ha dejado prácticamente al margen de la sociedad y estamos apunto de ser declarados legalmente proscritos.

Pero no somos nosotros los primeros ni seremos los últimos que se han visto en una situación trágica y sin embargo han salido adelante con una mezcla de suerte y heroísmo; si algo tenemos es una posibilidad sobre la imposibilidad; esto quiere decir que el materialismo es incapaz de fundamentar una racionalidad práctica, una moral; su historia es la de una sociedad desmoralizada por la misma disolución a la que hoy nos enfrentamos, y la experiencia nos dice que las sociedades materialista son sociedades desmoralizadas por antonomasia. Si nosotros tenemos esa posibilidad tenemos la fuerza de la moral y el valor de lo sagrado que es lo única capaz de sacar un hombre del estado de apatía al que le condena la falta de sentido trascendente que percibe en el ambiente actual.

Si nos mantenemos sanos, alejados de la política y hacemos grandes esfuerzos intelectuales por conservar y enseñar nuestros ideales siempre habrá aquel que este llamado a una vida más elevada que la mera satisfacción de sus necesidades ordinarias y que querrá realizarse en lo divino como fin de su vida. Lo que necesitamos es un vitalismo que nos aleje de espejismos decepcionantes y emprender proyectos asumibles que nos den pequeñas y perseverantes victorias: asociaciones políticas que no partidos políticos, y puede que así algún día podamos ver renacer una nueva España.