Desde siempre he sido más de preguntas que de respuestas. Quizás más de lo necesario, pero inevitablemente así es. En el aquí y ahora de estos tiempos inesperados que nos tocan vivir, no solo a los españoles sino literalmente al mundo entero, esas preguntas muchas veces sin respuestas, aparecen cotidianamente sin parar una tras otra.

Desde el confinamiento forzoso, en la soledad de nuestro cuarto ante un silencio sano, introspectivo y reparador, nos planteamos esos interrogantes incomodos e intentamos encontrar respuestas que nos aligeren el peso de sobrellevar esta difícil situación.

Los que tenemos la fortuna de estar, a Dios gracias, sin sufrir la verdadera tragedia de los que han perdido a sus seres queridos, nos atrevemos a mirar hacia adelante con la esperanza de que la pesadilla de este virus acabe lo más pronto posible. También nos sentimos obligados a hacerlo no solo por nosotros mismos sino por los que tienen aún una vida a construir por delante: nuestros hijos.

Veamos donde estamos hoy. Lamentablemente España es el país con mayor numero de víctimas del mundo en porcentaje a su población y con el mayor número de sanitarios infectados por el coronavirus. Un baile de números que esconden la tragedia de la muerte de decena de miles de vidas con lo que ello implica. La cifra deshumaniza, los números no tienen historia, pasado, ni nombre, ni rostro. Por eso no hay luto, porque el luto es políticamente incorrecto. Sin luto no hay víctimas y sin ellas no hay responsabilidades.

Nos han transformado en solo un número o un porcentaje, en un elemento contable, variable y efímero de una sociedad que ya es distópica. La macabra danza numérica se replica día tras día en el telediario que comienza como un espectáculo siniestro, luego pretende conmovernos con algún gesto loable y finalmente nos infantiliza y frivoliza enseñando los balcones más originales y creativos para matar el aburrimiento. Mezclamos crematorios y féretros con arcoíris multicolores, respiradores y UCIs con concierto de electrónica por la ventana y fitness entre cuatro paredes.

¿Hemos entrado repentinamente en un mundo donde se ha impuesto inadvertidamente una especie de nuevo darwinismo social, donde solo se salvan los más fuertes, sanos y jóvenes? ¿Será el mundo post covid-19 un lugar donde los que se adapten sean los más productivos y eficientes, un mundo sin fronteras con un gobierno mundial? ¿Aceptaremos cínicamente esa distopía que se avecina? Aún es pronto para saberlo.

También es lógico que el ser humano provisto de un sano egoísmo y sentido de autoconservación intente adaptarse a las situaciones más duras. Estos días hemos visto, o al menos tenido la percepción, de cómo esa defensa individual se suma a la del vecino, amigo y familia que también se encuentra en la misma situación y esa suma se vuelve comunitaria y algo positivo. También surge un sentido de salvarse con el otro, juntos, y a partir de ello la posibilidad y la sensación de formar parte de un todo orgánico, interdependiente y natural, donde una parte es importante para el todo.

Y a partir de ahí la recuperación de un sentimiento de orgullo comunitario como nación. Aún es prematuro para verlo, pero ahí está la posibilidad tangible en esos soldados, policías, bomberos que están en la calle día y noche sin descanso, como los sanitarios y médicos en la primera línea salvando vidas. O los que redoblan esfuerzos por recoger el fruto de la tierra, fabricar alimentos, transportarlos y reponerlos en los supermercados para los que pasamos, afortunadamente, estos días en nuestros hogares. Ahí pervive la España aún arraigada a su identidad. Ahí espera el momento para renacer.

Sí, la Historia se está escribiendo con nosotros como principales protagonistas y también estamos inmersos en una etapa de incertidumbre y contradicciones. ¿Ese mundo pre- Covid-19 que veíamos que estaba muriendo y el nuevo que estaba por nacer y que no podía hacerlo aún, se ha acelerado con esta crisis sanitaria mundial? ¿Será mejor o peor que el mundo que habíamos conocido hasta ahora? Aún no lo sabemos.

Sí sabemos que repentina y curiosamente han dejado en nuestras manos desprovistas la responsabilidad de la salvación personal y colectiva. La orden es quedarse en casa, no tocarse, distanciarse del otro y lavarse las manos ante la pandemia más grande y trágica de la historia contemporánea. ¿Esa es la estrategia de los gobiernos responsables de velar por la vida de sus ciudadanos? ¿Saldremos vivos de esta con la obligación de llevar unos guantes de látex y mascarillas que no tenemos y de las que estamos aun impedidos de conseguir porque no hay? ¿Eso es lo que hace por nosotros el “Estado social y democrático de Derecho”? El fregar el suelo con lejía en nuestras casas es la única estrategia de defensa que nos imponen desde los ministerios.

Cuando todo esto pase habrá también que preguntarse de qué manera hemos enfrentado la tragedia y también que han hecho por nosotros los que tenían la responsabilidad de prevenir, actuar y acabar con el dolor de los españoles. Los gobiernos tienen el deber de rendir cuentas. También llegará el tiempo de ello.

La certeza que tenemos hoy es la del arresto domiciliario, la suspensión de derechos y libertades, la imposibilidad del disenso ante el discurso único impuesto política y mediáticamente por una cuestión de “salud pública”. ¿El modelo chino es el efectivo ante la pandemia y el que se impondrá socialmente después de ella? Preguntas sin respuestas.

Aún somos sujetos históricos y estamos a tiempo de actuar. Seguirán surgiendo preguntas y tendremos algunas respuestas más temprano que tarde, sin duda. Otras jamás las tendrán, pero sí nos encontraremos al menos ante nosotros mismos frente a una realidad que nos obligará a sacar lo mejor de nosotros para seguir adelante en un mundo que tal vez nos guste menos que el que hemos conocido antes del covid-19. Aún es prematuro pero ya llegará el momento de ver que dejamos atrás y que tenemos por delante. Aún vivimos en medio del miedo y la incertidumbre. Aún debemos hacer un necesario duelo que nos niegan por oportunismo e ingeniería social. Una sociedad sin duelo es una sociedad condenada a desaparecer.

Cuando todo esto pase, España apelará a su pasado para restaurar, recuperar y reconstruir lo perdido para avanzar hacia el futuro. Lo ha hecho a través de su historia y volverá a hacerlo una vez más. Cuando ello suceda también seguiremos haciéndonos preguntas incómodas. Y estará bien.