Si todo poder es sospechoso por definición, mucho más lo es en épocas de crisis. Y si bien es cierto que todas las crisis son positivas si aprovechamos sus enseñanzas para mejorar, mi duda es si la sociedad española está preparada para ello, habiendo elegido -directa o indirectamente- a quienes actualmente nos gobiernan, unos políticos irresponsables que en el colmo del sarcasmo o del esperpento se permiten reclamar responsabilidad a los ciudadanos.

Estos días críticos están sacando a la superficie las numerosas miserias que ocultaba ficticiamente la sociedad alegre y confiada. Y esos detritos que brotan de las alcantarillas muestran que España es hoy un nido de infamia, el lugar de los histriones. Son días, por ejemplo, en que se vienen descubriendo las múltiples deficiencias de las instituciones policiales y militares, antaño tan respetadas -de igual modo que lo eran la Monarquía, la Información, la Educación o la Justicia.

Días en que sus cadenas de mando jerárquicas nos están desvelando el peculiar modo de servir a la patria, silenciando a los españoles junto a las cédulas privadas que el gobierno tiene a su servicio en el ámbito informativo, y multándolos en vez de defenderlos de la miseria bolchevique. Días en que, enfrentándonos a un suicida vacío legal, resulta imperativo escarbar en las raíces del mal, porque sin su conocimiento es imposible hallar el remedio.

Porque este envilecimiento sociopolítico no es de ahora, viene de lejos. Habitamos un mundo de perversiones, gobernados por rapaces, juzgados por plebeyos y prevaricadores, informados por tendenciosos, vigilados por esbirros y maldicientes… un mundo en el que los hombres libres se hallan traicionados y vendidos por todos. A través de los ojos de esta época hemos aprendido a ver el mundo como un lugar lleno de amenazas y peligros, donde imperan las artimañas y las calumnias, y donde los enemigos están al acecho para asaltar al inocente.

España es hoy un expresivo acopio de papel higiénico. Y lo peor de todo es que, prisioneros de las hordas totalitarias, bajo la patriarcal protección de su propaganda, a no pocos se les ve indiferentes o incluso felices, contabilizando sus diarios muertos. Y, peor aún, a la mayoría ni se le ha ocurrido rebelarse, se contenta con hacer chirigotas apolíticas en los móviles. Y con aplaudir, animados por quienes insisten en que tampoco ahora es el momento de rebeldías.

Unos pocos, al contrario que otros muchos, no sacralizan al pueblo. El pueblo se refleja en sus gobernantes; éstos son su inapelable retrato. Pero sí tratan de averiguar a qué se debe su decadencia, para colaborar a su decoro en la medida de sus fuerzas. Y saben que el pueblo hoy, en su mayoría, está caduco y corrompido, como los siniestros dirigentes que lo humillan. Como saben también que demagogia y pueblo son conceptos inseparables.

En los tiempos en los que la demagogia impera muy pocos se atreven a disentir de lo políticamente correcto. Casi nadie se opone a los lugares comunes, ni denuncia la realidad oculta tras cobardías o intereses turbios. Pocos tienen la gallardía de proclamar que el rey está desnudo. Y cuanto más decadente es una sociedad, más fértil es su terreno para que arraigue la demagogia, esa forma de degeneración individual imprescindible para obturar civilizaciones.

Los demagogos se dirigen al pueblo aparentando ser sus amigos y halagando las bajas pasiones humanas; y el pueblo, pese a su sabiduría mostrenca, los acepta sin desagrado. Aristóteles dijo en su Política que la adulación es el ingrediente decisivo de la demagogia: Los demagogos son bajos aduladores del pueblo. El hombre de corazón recto ama, pero no adula (…) Es este un vicio al que no se rebajan los hombres buenos y dignos. Ortega, por su parte, hablaba de la irresponsabilidad de los demagogos y, en Prólogo para franceses -creo-, citaba a Macauly: En todos los siglos, los ejemplos más viles de la naturaleza humana se han encontrado entre los demagogos.

Para obtener sus fines, el demagogo argumenta con engaños sin importarle las consecuencias de sus discursos, de ahí su intrínseca irresponsabilidad. Lo de menos para él son las inferencias de sus argumentaciones; ni tiene voluntad de cumplir sus promesas ni le importan las expectativas creadas por ellas; lo que le mueve no es el buen futuro de todos, sino su éxito personal inmediato. O su odio.

La prudencia y la previsión son para el demagogo palabras sin sentido. Él juega con el destino del pueblo, y el pueblo lo adopta gustoso y lo prefiere a quien es responsable y consecuente. Ítem más, el pueblo, como escribió Aristófanes, elige de guía al ladrón con la esperanza de poder robar él también. El demagogo carece de conciencia, pero posee un absoluto conocimiento de la psicología del populacho; por eso le ofrece lo que éste anhela y, a ser posible, se lo ofrece utópicamente gratis. Desprovistos ambos de escrúpulos morales, se entienden bien y nada los detiene.

La demagogia crece en todos los lugares y en todas las épocas, pero es en tiempos de decadencia moral cuando sus cultivadores más pululan, exhibiendo las más variadas formas. Con infinita impudicia, sabedores de lo falaz de sus promesas, lisonjean a la plebe excitando sus ruines instintos. Y, en cualquier caso, destilan el veneno de su rencor del mismo modo que la turba revela su índole pancista. En el fondo, ambas partes pertenecen a una misma especie: la de los ventajeros.

Sin embargo, al acabar la función y quedar el escenario a oscuras, el que paga la cuenta es siempre el pueblo, que es el menos sutil. Porque, como decía aquél, hasta para ser puta hay que saber, y el pueblo suele quedarse sin bazas para proseguir la partida, pues las cartas buenas se las ha ido entregando al demagogo. Como es el caso que nos ocupa.

Sí es cierto que los demagogos denigran la verdad, pero no es tan cierto que hostiguen al pueblo; muy a menudo se limitan a ofrecerle lo que éste ambiciona. Que la burra vendida sea siempre ciega y coja es otra historia. Y si la primera vez que te engañan la culpa suele ser del vendedor, las sucesivas van por cuenta del que compra una y otra vez la trampa.

También es cierto, a veces, que los demagogos explotan al servicio de sus turbias ambiciones los más nobles ideales colectivos. Pero esto no es lo común en estos tiempos en los que los principios se hallan desprestigiados. Como hoy nadie se preocupa de causas elevadas ni de códigos de valores, el demagogo no precisa servirse de ellos ni siquiera desvirtuarlos, demasiado envilecidos y olvidados están.

La ambición del demagogo, su oportunismo, casan bien con el ganguismo y el egoísmo del pueblo. En ninguno de ellos alienta la voluntad del bien común, algo que si en nada beneficia a una de las partes, a la otra le crea innumerables problemas muy a menudo. Pero es el caso que en la cabeza de ambos no anida lo recto y honrado, sino la preocupación por la fugaz actualidad, por el trapicheo cotidiano y el pájaro en mano. Los elevados ideales con que a veces se adornan los protagonistas son meros engaños autojustificativos de cara a la historia próxima, aderezos paliativos de la fealdad del acto.

No existe un estereotipo para los incursos en la demagogia. Desde el iletrado al intelectual, desde el burdo al refinado, la variedad es completa. Tampoco en el pueblo, multiforme como es por definición. Pero los rasgos y los métodos que confieren a esta relación su naturaleza nociva, sí son mutuos. Y repudiables.

Dicho ésto, mirando alrededor es fácil comprobar la proliferación de demagogos en nuestros días. Y también contemplar cómo los alimenta un pueblo seducido. Y, así mismo, es fácil comprobar las consecuencias de todo ello. Por eso, si la justicia es primordial para una convivencia decorosa, no menos esencial es la educación. A todo demagogo, a todo aprovechado, a todo poder, en definitiva, le interesa un pueblo ignorante. Lo terrible es que ese pueblo se halle feliz con su ignorancia, o sea insensible a ella. Y permanezca a expensas de quienes lo van a triturar.