En estos tiempos de zozobra en los que nuestro barco navega desarbolado hacia su irremisible naufragio en las procelosas aguas del océano de la vida, se inundan las redes sociales de poemas y cancioncillas optimistas que ofrecen una tabla de salvación a los que, confiando en la fortaleza que nace en el ser humano de su propia voluntad, no se dejen embargar el ánimo por las dificultades del momento. Hay que resistir, nos dicen, porque somos como juncos a los que el viento no consigue abatir. Hay que confiar en el futuro, porque ya dice el refrán que después de la tempestad viene la calma. Hay que resignarse, en fin, a recibir este chapuzón, porque este vendaval acabará dando paso a una leve y perfumada brisa que llevará a nuestros balcones los efluvios de una deseada primavera que, al menos en Madrid y por orden del Gobierno, aún no ha llegado y que quizás pase de largo, cerrados como están los parques a cal y canto, y confinados como están sus ciudadanos en sus casas y tras sus mascarillas. Pero ¿saldremos de esta situación con la facilidad con la que se sale de una tormenta y con la que los juncos resisten los embates del huracán? ¿o más bien saldremos con la facilidad con la que los ahogados consiguen salir a flote desde lo más profundo de la Fosa de las Marianas?

No quisiera yo ser pesimista para que no cunda el pánico entre la población y se dedique la gente a acumular latas de sardinas en sus casas, pero ¿quién va a pagarnos esta factura?. Si España ya estaba al borde de la quiebra, si no había dinero para sostener el sistema público de pensiones más allá de unos cuantos años, si teníamos que endeudarnos hasta la cejas de Zapatero para poder pagar los intereses de los intereses de los intereses de nuestra deuda pública… ¿quién nos va a prestar ahora para recomponernos de semejante estropicio? Y sobre todo ¿qué va a decirle ahora la derecha al Gobierno cuando éste decida subir todos los impuestos de forma brutal? Yo no sé si existirá una alternativa a esta medida temible y desastrosa para el bolsillo de los españoles que veo llegar, pero sí sé que la medida que el Gobierno tome nunca será la correcta, que pasaría por rebajar los sueldos millonarios que cobran los políticos, desinflar el aparato administrativo del Estado suprimiendo la autonomías y acabar de una vez por todas con esa política de subvenciones generosas a todo colectivo agradecido que se traduce en propaganda y votos para el partido en el poder. Y, por supuesto, aplicar una rigurosa política de control del gasto público que haga que España deje de ser una congregación de hermanitas de la caridad dispuesta a acoger en su seno a todo menesteroso del mundo nacido extramuros de Melilla.

Y como no me creo que el Gobierno vaya hacer nada bueno y razonable para salvar lo que quede de España me he sentido impulsado a escribir este romance pesimista, que viene a contradecir la filosofía de todos aquellos que con el mismo tema se vienen divulgando. Pero yo nado siempre a contracorriente.

Cuando pase esta tormenta

Cuando pase esta tormenta

seremos todos más pobres,

será mayor nuestra pena;

seremos menos altivos,

menor será nuestra fuerza.

Miraremos boca abajo

de temor y de vergüenza

sabiendo que nada somos

sino polvo de la tierra.

Que nadie venga a engañaros

con canciones y poemas

que llaman con optimismo

a una inútil resistencia.

No somos juncos de un río

que del barro se alimentan;

nosotros somos humanos,

no somos hierbas ni piedras

a las que el aire sacude

pero en nada les afecta,

y el viento que nos azota

con su vaivén se nos lleva

y nos arroja a un abismo

que a la muerte nos entrega.

No cantéis esta victoria,

que no ganaréis la guerra

porque ya la hemos perdido,

y lo que solo nos queda

es llorar y lamentarnos

del final que nos espera.

Ahora bien, el hecho de que yo sea pesimista no quiere decir que lo sea siempre y en todo momento. Esta mañana me levanté viéndolo todo negro, pero ahora me siento mejor porque no he visto las noticias y les pido que pongan el poema anterior en cuarentena, lo que les resultará muy fácil, dada la situación. Dice el refrán que rectificar es de sabios y yo me siento por aludido. No es que yo sea un gran sabio, pero por lo menos me sé la lista de los reyes godos y eso ya es algo digno de considerar. También sé hacer membrillo en una olla exprés. Y como no puedo defraudar a mis lectores, que esperan de mí que me deje de rollos y les cuente algo en rima ondulante, me concentro, me relajo, medito, me siento ante el ordenador y tecleo el siguiente poema, en el tono más optimista posible porque ustedes se lo merecen y porque estamos en primavera.

Cuando pase esta tormenta, bis.

Toda tormenta se pasa

y todo tormento cesa

pues el Tiempo tiene prisa

por que suceda tal cosa,

ya que es piadoso y no abusa

de su poder y rehúsa

hacernos la vida odiosa,

aunque a menudo precisa

-su razón no la confiesa-

incordiar en nuestra casa.

Allí entra y se propasa

sentándose a nuestra mesa

y quitándonos la risa

cuando la hora es dichosa,

con alguna extraña excusa

de las típicas que usa

para hacérnosla horrorosa.

Cuando lo hace no avisa

y nos pilla por sorpresa,

pues si avisara fracasa:

en su sigilo se basa

el éxito de su empresa.

Mas un buen día revisa

esa misión tan gravosa

que tenemos por abstrusa

y la declara conclusa

desprendiéndonos la losa

que nos ató a la camisa:

así la dicha regresa

y a nuestra risa acompasa

haciendo tabula rasa

de lo anterior que nos pesa.

Esta historia, tan concisa,

no la sé contar en prosa;

y si alguno la recusa

que se lo diga a mi musa,

que en el Parnaso reposa

y es ella la poetisa:

a mí solo me interesa

que se la tomen a guasa.