El espejo de «la pobreza honrada» en que se miraban algunos de los integrantes socialistas del grupo de Largo Caballero constituyó un aspecto de la doctrina marxista de limitado recorrido, pues la propia naturaleza de sus componentes se contradecía con el espíritu del lema. De ahí que fuera algo sólo nominal -salvo casos aislados-, un buenismo meramente oportunista ajeno absolutamente a la filosofía y a la experiencia histórica del PSOE, que se ha movido siempre a sus anchas en las proximidades de la plutocracia.

Dentro de esa corriente se hallaba un bienintencionado -supongo- Albert Camus que, unos años más tarde escribió: ¿Puede el hombre desear algo mejor que la pobreza? No he dicho la miseria, ni tampoco el trabajo sin esperanza del proletariado moderno. Pero no veo qué más puede desearse que la pobreza unida a un ocio activo. (Es sabido que Camus acabó renegando del marxismo).

Pero lo cierto es que el PSOE nunca ha tenido afinidad con la doctrina preconizada por Francisco de Asís, sino con quienes la ridiculizaban. El testamento de San Francisco, el apóstol de los pobres y de la naturaleza, prohibiendo a los monjes poseer bienes fue anulado por el propio papa. En De la avaricia, un diálogo escrito por Poggio Bracciolini en 1428, el ideal de pobreza franciscana es satirizado. Y en aquella época renovadora del Quattrocento, más de una poesía se escribió en elogio de la riqueza, de la vida activa que halla sus razones sobre la tierra y su recompensa en la civilización. Un siglo más tarde, la Reforma, es decir, la teología protestante, consideró la riqueza como una virtud, un regalo de Dios.

En el mismo barco histórico de quienes entienden la riqueza como el instrumento para satisfacer bienes innecesarios, e incluso diabólicos, ha navegado siempre el PSOE, que sólo se ha relacionado con los pobres para aprovecharse de ellos, lo mismo que respecto del simbolismo de la pobreza. Porque una cosa es predicar y otra dar trigo.

El socialismo se harta de hablar de solidaridad y de reparto, pero son conceptos que los aplican exclusivamente en provecho propio, haciendo del Estado una finca particular. En realidad, la solidaridad del PSOE y Compañía es con la publicidad capitalista y con quienes la manejan y se benefician de ella, nunca con ese otro tipo de riqueza que proporcionan todos los esplendores, todas las bellezas que adornan o han adornado el paso de los seres humanos por la tierra.

Para unos, la verdadera riqueza la constituyen las catedrales, los libros, los cuadros, las esculturas, la racionalización o la espiritualidad de las formas y del pensamiento, y su reducción a la obra concreta que enaltece la figura del hombre, acercándola a ese otro esplendor, a esa otra belleza natural de un amanecer o de una puesta de sol. Otros, por el contrario, como es el caso de las izquierdas resentidas, no dejan de humillar en la práctica esta idealización de los bienes materiales.

Sólo la miseria espiritual de los aprovechados y de los materialistas puede confundir al rico con la riqueza, sin detenerse en los matices ni analizar si los bienes individuales se deben al esfuerzo, a la inteligencia y al sacrificio o son originados por el abuso, la trampa y el robo. La solidaridad marxista va con éstos últimos y, en efecto, confiscan los bienes al rico y al menos rico, siempre que no pertenezca a la secta, para dárselo al pobre que sí pertenece a ella, sin parar mientes en si el pobre es un vago banderizo y el rico un abnegado emprendedor. O, más bien, por eso mismo.

Y todo ello mientras se dedican a criminalizar su acomodaticio concepto de la riqueza, y a incendiar templos, obras de arte y bibliotecas en nombre del pueblo, amparados en su peculiar sentido de la solidaridad, de la justicia, de la cultura, de la democracia y de la libertad.

Al hilo de lo anterior diré que, en otros tiempos, materialmente más precarios, de finales del XIX y primera mitad del pasado siglo, el mero convencionalismo social originado por algunos economistas y sociólogos de buena fe y, sobre todo, la irresponsable demagogia, solía apuntar a la pobreza como la principal causa del deterioro espiritual de los seres humanos: los pobres carecían de oportunidades para enaltecerse. Y sustentándose en esta teoría obtuvieron provecho todos los demagogos y todos los totalitarismos tramposos. Porque es bien sabido que a la hora de hacer política -o simplemente a la hora de vivir la vida-, los oportunistas siempre han vivido de los pobres -de las víctimas-, imaginarios o reales.

Pero en la actualidad, cualquier persona de mirada objetiva comprueba que, también en este aspecto, a estos engañabobos se les ha caído la máscara, pues es fácil constatar que, inmersos en una sociedad del despilfarro, consumista voraz, capaz de acceder a innumerables goces, profanidades y avances tecnológicos, ahíta de narcisismo y de placeres, la escoria de nuestras grandes -o menos grandes- ciudades se ha multiplicado en los aspectos culturales y éticos. Lo cual indica que la falta de salud mental y moral no es debida primordialmente a la pobreza.

Parece obvio, examinando la realidad, que no son la ausencia de una alimentación suficiente, ni la escasez de vestuario, ni la inaccesibilidad al estudio, ni la falta de una vivienda digna…, los motivos principales de la degradación humana, sino el relativismo disolvente y la destrucción de la religiosidad lo que hace de nuestra vida actual una permanente y pedestre insatisfacción, distinta de la insatisfacción existencial que siempre acompañará al género humano, reivindicándolo.

Un relativismo que se fomenta con el propósito de derribar los fundamentos de toda sociedad sana y una religiosidad que, por ser consustancial a los seres humanos y capacitarlos para el libre albedrío y el ejercicio de su dignidad de personas, trata de impedirse a toda costa. 

Actualmente, el prestigio y la excelencia de los educadores se hallan bajo mínimos. Pero el pueblo en general ni se plantea este asunto. Nadie desea penurias y es obligado precaverse de ellas o remediarlas, pero una vida escasa en lo material no tiene por qué ser -salvo casos extremos- desgraciada. Incluso puede desarrollarse de manera menos imperfecta que la de otros con mayor riqueza física.

La confusa ansiedad que envuelve la atmósfera social de nuestra época, se basa en un desarraigo y en una insaciabilidad hedonista que ni tiene que ver con la insatisfacción existencial a la que me refería antes, ni con los males que tópicamente acompañan a la pobreza. Es otra cosa. Algo que tiene relación con la nueva religión creada por los poderes fácticos, esa mezcla de pirotécnicos dispuestos a hacer saltar en pedazos a las relaciones y a los contratos sociales tal como los hemos entendido hasta ahora.

Y esta situación nueva debiera inclinarnos al análisis y al estudio de los temas que han transformado los comportamientos humanos actuales. Porque sin dotar a la sociedad de raíces y fundamentos permanentes, es decir, universales, nunca será posible una convivencia a la medida del hombre, o lo que es igual, nunca podrá hablarse de justicia ni de democracia.

En nuestro país, por desgracia, existe una mayoría de personas en condiciones de nesciencia, proporcional al avance de su nivel de bienestar. Que cree o, mejor, quiere creer que vive en democracia. Gente que, en la hipótesis de repetirse las elecciones, me temo que lejos de repudiar a la antiespaña, abundaría en su apoyo. Algo inconcebible en unas mentes sanas.

Caminamos en círculo; no avanzamos. Peor aún, el rumbo hacia el abismo que lleva la sociedad española sólo puede variarse mediante la educación. Y la educación impartida hoy en nuestro país es la peor posible entre las malas. Ni la Tecnología ni la Ciencia Económica, aun siendo esenciales para la resolución de nuestros problemas, pueden tomarse nunca como el punto de partida. Lo primero es formar al hombre. Ahí se halla el comienzo de todo. Y la formación del hombre siempre ha pasado por mirar en su interior.

Por su parte, algunos, como hicieron tantos hombres de bien a lo largo de la Historia, y como es deber de todo intelectual, seguirán haciendo el papel de abogados del diablo, es decir, objetando lo correcto, promoviendo una batalla cultural y buscando el camino amargo de la crítica. Y, en su afán por conformar un movimiento cívico y una masa crítica, continuarán resistiendo al terrorismo moral de los oscurantistas y de sus infiltrados, sin dejar de luchar al límite de sus posibilidades.