La revolución se ha convertido hoy en una obligación de todo hombre moral, sin embargo los patriotas carecemos de una genuina doctrina revolucionaria capaz de adaptarse a las exigencias de la realidad contemporánea, nos sentimos inseguros y derrotados en un mundo que parece que se nos escapa para doblegarse a la tiranía del globalismo. Necesitamos un plan definido al que aferrarnos y bien nos vendría organizar una conferencia internacional para establecer una linea de actuación conjunta. Aspiramos pues a una internacional patriótica que más tarde o temprano logrará reunir a valientes de todos los rincones del mundo. 

 

En la configuración de la dialéctica revolucionaria deberíamos confiar en los principios de siempre: Dios, Alma y libertad; pero también en lo que todos los cristianos del orbe tenemos en común: el derrocamiento del poder desde la paz y sacrificio como nos enseño nuestro Salvador, renunciando pues a toda violencia que es en si misma el poder. El poder es violencia física y legislativa de la que solo más violencia puede obtenerse. 

 

Es propio del comunismo, que es enemigo de la dignidad y la persona –como demuestran los horrores del siglo pasado y presente– sostener una acción revolucionaria indisociable de la violencia, que se propone por la fuerza la conquista del poder. Esa conquista es precisamente el gran error de la racionalidad comunista que termina siempre como empezó: con la misma violencia y tiranía a la que derrocó, porque no la destruyó si no que se apoderó de ella para ejercerla; así el revolucionario del hoy es el opresor del mañana, hecho que ya es ley de todos los movimientos socialistas. 

 

La revolución patriótica debe ser contraria a la comunista, la acción debe ser lenta, paciente y sosegada: como un espíritu silencioso que recorre el tiempo adaptándose a los agravios de la violencia institucionalizada: esa ideología espuria impuesta a fuerza de represión sonriente que ataca los fundamentos de la dignidad y cosifica al hombre convirtiéndolo en la sustancia de la metafísica teológica del postmodernismo, una sustancia que es el compuesto material humano y la forma que la ingeniería positivista le da a través de normas jurídicas impuestas por el poder. 

 

Todo el que quiera oponerse a las hordas de la tiranía debe disponer su espíritu para soportar los  discriminación, pobreza, persecución ideológica, represión sistemática, el mundo que viene no es para pusilánimes y la cruzada si quiere convertirse en algo provechoso durará muchos años pero poco a poco se alcanzarán resultados, pequeñas victorias que desembocarán en un giro social que en su acontecer no será ya inesperado.

 

Estudiantes, trabajadores, clérigos, todos los que luchan en sus programas , digitales, canales, los que siguen acudiendo a las misas, los que educan en la fe o en los valores de siempre,  todos han decidido cargar con el peso la cruz, de no rendirse ante los postulados impuestos desde el poder, y lo hacen respetuosamente, como buenos herederos de su tradición cristiana, soportando las continuos golpes de los que ostentan el monopolio de la violencia que combaten, pero con una actitud de serenidad viril. Todos estamos llamados a esa sagrada misión, que es conservar la dignidad de la persona humana sabiendo que no hay interés superior, todos estamos llamados a la defensa los ideales cristianos, y además es la deuda que tenemos con nuestros antepasados, porque vivimos enamorados de las costumbres que queremos preservar contra aquellos que incapaces de amar solo quieren destruir. 

 

Pero… ¿como se hace una revolución pacífica?¿como se produce el giro conceptual? 

 

Esta clase de revolución es responsabilidad común pero como nuestro axioma filosófico se basa en la individualidad. Cada uno debe hacer todo aquello de lo que buenamente sea capaz, pero es primordial despertar a la sociedad civil. La política no es una herramienta capaz, esta implica aceptar el uso de la coacción y la violencia, implica utilizar el poder, y del poder de lo que es vital huir, su ejercicio supone el eterno retorno a lo mismo: a más violencia, a más legislación. Son las asociaciones civiles las que deben crear espacios seguros para que el ciudadano pueda protegerse de las garras del político. Asociaciones donde se eduque, se sostengan y difundan valores propios del humanismo, asociaciones que deben ser el baluarte de preservación de nuestros ideales, de manera que podamos tener espacios donde respirar aire libre, academias propias, medios de comunicación propios, editoriales, redes sociales… tejiendo una red espontanea de solidaridad patriota que terminará por dejar obsoleta el totalitarismo global que priva a las personas de soberanía. Cada uno debe actuar como señor de si mismo, todo lo que quiebre ese imperativo no es moral.

 

Pero… ¿como se despierta a la sociedad civil?

 

A mi modo de ver el despertar es un hecho que se produce por si mismo, está gobernado por la contingencia temporal, cada uno despertará cuando se despierte pero más tarde o más temprano muchos se levantarán, es un proceso que no se puede forzar, sencillamente se produce cuando le toca como el comercio o la comunidad. Hay que recordar que no estamos si no al principio de ese despertar y que por ahora solo nos vemos los madrugadores, está nueva epocalidad no ha hecho más que empezar y la historia no esta escrita.

 

De acuerdo con las circunstancias de hoy ninguna manifestación ciudadana en vía pública logrará parar el proceso de globalización, como nada logró la más multitudinaria manifestación en la historia de España contra el aborto, como tampoco la paralización de tramitación de ley en nuestra hermana y cada vez más comparable Argentina. Lo único que puede para este proceso es un esfuerzo moral como nunca se ha hecho en la historia, porque si convencemos a un médico que no practique un aborto este no se practicará, sin convencemos a un profesor este no adoctrinará, si convencemos a un político este no tiranizará, y si convencemos a un poder fáctico este no financiará proyectos contra la libertad. 

 

Todo empieza por aceptar donde nos encontramos y asumir las posibilidades reales que tenemos. Nada de ensoñaciones románticas ni periodos históricos idealizados, ahora nos toca a nosotros escribir nuestra propia historia, desempolvar la librea con la cruz en el pecho y vivir lo mejor que podamos en este tiempo de cruzada ad maiorem Dei gloriam.