Por supuesto, memento, mi admirado vate Gil de Biedma. De todas las historias de la Historia, la más triste sin duda es la de España, porque siempre termina mal. Muy mal, agrego, en tantas ocasiones. En esta sazón, no será menos.

Ser español, dura carga del destino

España, tierra de mis amados padres, tierra de mis improbables hijos. Ser español, una de las cargas más duras e ininteligibles que me puso el destino. Soy español indolente, desganado, vagabundo. El difuso y eterno dolor, aquí, del lado de la patria. España obscena y luctuosa, en la que siempre regenteó la canalla. Hoy, más. No ha tanto, también, obstinada pesadilla de cruzados falsarios, circunspecta procesión, con restituidos galones y reliquias, a la que daban escolta hábitos y uniformes.

España, encadenada, encadena pesadillas

Mutan, en apariencia, hábitos y uniformes, pero la pesadilla no cesa. Un pueblo amante de las cadenas, tantas veces, adorador de ellas, ese culto obsceno le trae otra vez adonde hoy le vemos. Otra vez en cadenas. Contados resistentes, como siempre. Una España que se muere, una España cuarteada. Una España que tal vez nunca llegó a ser. España es un nombre, España ha muerto. España, tu proverbial cainismo, patrimonio histórico de la humanidad. La unamuniana triste España de Caín, la roja de sangre hermana y por la bilis gualda. También, la ceciliana de las santas siestas.

Vivir para ver esto

España, amarga tierra sin ventura, país de todos los demonios. España, la machadiana de charanga y pandereta, cerrado y sacristía. La aciaga gusanera, de ella y su ruina irremediable, trepan, prosperan, progresan. Vivir para ver esto. Vivir para ver un país agotado. Y agotador. Eres español porque no puedes ser otra cosa. Lloraremos, patéticos, eso sí, lo que dejamos perder como mujeres frágiles. Boabdil, mucho más noble que nosotros. ¿Nación henchida e hinchada de enemigos? Nuestro primer enemigo, siempre, nosotros mismos. En fin.