Pensaba titular este artículo “Democracia sin patria”, porque tal me parece el ideal de gobierno de este presidente, capaz de todo con tal de seguir siéndolo… o pareciéndolo. Y cobrando, claro. Pero me pareció demasiado pretencioso para el articulista y para el articulado, personaje éste que merecería un tratado si no fuera por lo chusco de su calaña. Entonces empecé a darle vueltas al pretexto que ha utilizado esta vez para vender de nuevo a la Patria por parcelas, que es su método de mando. En una cabriola de las suyas —hay que reconocer que se supera— le ha devuelto la pelota a sus socios del desgobierno, los golpistas catalanes, revelando in extremis y con un año de retraso su condición de espiado por Pegasus. A Sánchez le encanta la mitología. Ello sería muy saludable si supiera algo de ella, pero como Pegaso es anterior a 1812 y además suena a marca de autobuses del franquismo, ha decidido presentarse, junto a la antigua secretaria de estado de Justicia de Felipe González (¿coetánea de Pegaso?) como víctima de complot. Ser espiado en la aldea global es lo más natural del mundo. A la hija de un archiconocido fabricante de móviles chino la metieron en la cárcel estando en Canadá por ello. Por cierto, que nunca más se supo del asunto, siendo China la clave para la esperemos que eternamente literaria III Guerra Mundial.

Y cavilando, di con el título, que exactamente no es mío, porque viene de una película punto menos que genial en la que la magia de aquella pareja “brutalmente” (como se dice ahora) encantadora que eran (ay, el tiempo verbal) Audrey Hepburn y Cary Grant construía un entramado de espionajes de lo más laberíntico, a lo muñecas rusas, en el que a uno le daba igual perderse si era con aquella cara de ángel cerca. “Charada” era como un bello contrapunto de “Pegasus” en el universo noble de las historias épicas que han dado sentido a la vida de los artistas. En realidad, se trataba de sociedad de la información, de nuevas y viejísimas tecnologías —por ejemplo, la seducción—, de secretos que encierran humo aunque el rango dinámico deje entrever allá al fondo un maletín tentador. En fin, una historia de amor que resulta ser de espías que resultan ser un cazador cazado y una ingenua enamorada que sufre horrores con cada decepción y sobre todo cuando su galán introduce la mano en la boca del ídolo solar. Escena ésta que fue una broma improvisada por Grant.

El Pegasus monclovita es como una charada de chánchez, que diría un cachondo como Santiago Segura. La boca del ídolo es lo malo, porque ésta sí muerde. Y es que, como en el otro título que barajé, con tal de salvar el pacto con los separatistas durante este año largo larguísimo que queda de legislatura pura y dura, no duda en revelar secretos de estado y en invitar a los proetarras a la comisión que controla a los servicios encargados de ellos. Incluso se expone al mundo como pringao en una operación que tuvo lugar en medio de la mayor crisis de seguridad que hemos tenido por el flanco Sur desde la Marcha Verde, aquel chantaje con escudos humanos que inventó el anterior sultán. Ahora es cuando Pegasus ha alcanzado sus últimos objetivos: desarmar a los servicios secretos españoles en el Parlamento ante los herederos de ETA; desnudar a la Presidencia del Gobierno y al Ministerio de la Defensa y vaciar de contenido al Centro Nacional de Inteligencia al desproteger a su directora del rango de “secretaria de estado” y destituirla acto seguido en una las mayores bajadas de pantalones de la democracia española.