Los talibanes han recuperado hace el control de Afganistán tras veinte años de ocupación por parte de Occidente. Algo que estaba cantado y todos esperaban, aunque la rapidez del desenlace final parece haber cogido a todos con el pie cambiado.

Lo que hemos visto es una repetición casi exacta de lo que sucedió tras la invasión soviética de 1979, sólo que ha durado veinte años en vez de diez. También los soviéticos quisieron modernizar Afganistán, a su manera naturalmente. El gobierno comunista afgano y los rusos construyeron infraestructuras, escolarizaron a las niñas, empezaron a formar una élite de técnicos y profesores. Pero es que la modernidad no la quieren ni en pintura los afganos, menos aún si viene impuesta por una potencia extranjera. Lo demostraron con la invasión soviética que duró diez años, y lo han demostrado otra vez con la invasión occidental que ha durado veinte.

Nos podemos preguntar si los talibanes han tenido apoyos extranjeros durante estos veinte años. No sé si Rusia o China les han apoyado aunque me parece dudoso. Pero sí es cierto que los talibanes sí han recibido una importante ayuda internacional: la de Estados Unidos y Occidente. De manera involuntaria se entiende. No se han escatimado recursos, dinero, armas para apoyar al gobierno filo-occidental y para intentar redimir a los afganos de sí mismos. Sin embargo parece claro que una parte importante de ese dinero y esas armas han terminado en las manos de los insurgentes.

Los talibanes no han vencido militarmente a Occidente, desde luego; pero tampoco los insurgentes islámicos en los años 1979-1989 vencieron militarmente a los soviéticos. Simplemente estos últimos no pudieron vencerles y controlar el territorio; como tampoco los ejércitos occidentales profesionales y tecnológicos, muy superiores en cualquier sentido al ejército soviético de hace cuarenta años, han podido vencerles y controlar el territorio. Los rusos decidieron que no valía la pena seguir derrochando recursos en una empresa destinada al fracaso, como han decidido los occidentales aunque tardando el doble de tiempo, más lentos en comprender y más fanáticos que los rusos en su obstinación de salvar a los otros de sí mismos.

Los talibanes no han ganado militarmente la guerra, pero la coalición occidental tampoco ha podido ganarla. En cambio los talibanes sí han vencido la guerra política y cultural; el fracaso del mundo moderno en entrar en Afganistán y modelar la sociedad afgana ha sido tan estrepitoso como el de los soviéticos, menos costoso en vidas humanas pero mucho más en términos de dinero.

Ni siquiera podemos decir que haya habido una guerra civil entre afganos sino una guerra de liberación contra un ocupante extranjero. Lo cual queda más que demostrados por la disolución completa del así llamado ejército afgano que sobre el papel, leemos en la prensa, tenía 300.000 hombres bien armados y entrenados. Un ejército que se ha disuelto como nieve al sol en cuanto han llegado los talibanes de sus montañas.

El gobierno comunista que dejaron los soviéticos tras la marcha de sus tropas duró tres años, pero el gobierno apoyado por Occidente ha caído incluso antes de que las tropas de la OTAN terminen de retirarse.

Ignoramos cómo será la sociedad afgana, o cómo evolucionará, tras el triunfo de los talibanes; también lo ignoran quienes creen saberlo a través de lo que dicen los periodistas y los medios. Pero lo cierto es que la percepción de los talibanes y de su régimen casi como el demonio, como el mal absoluto, viene del hecho de que, para nosotros, el previsible régimen talibán representa radicalmente el Otro; lo inasimilable e incompatible de manera absoluta.

Dejemos de lado la legitimidad o menos de imponer una modernidad o un modelo de civilización por la fuerza (algo que nadie ha sido capaz de hacer con los afganos) y también lo detestable que nos pueda parecer su nuevo orden. Lo que nos debería interesar son las posibles amenazas que puedan derivar para nosotros y el significado de la guerra afgana en el mundo de hoy.

Acerca de los refugiados verdaderos o presuntos con que quieren inundar Europa, seguramente van a utilizar lo que ha sucedido como excusa para justificar más invasión migratoria de Europa. Pero en realidad en sí misma la victoria de los talibanes no tiene porqué aumentar este flujo. El problema no está en Asia Central sino aquí, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor amenaza reside en la bomba demográfica de los países africanos.

En cuanto al peligro del terrorismo, la llamada guerra al terrorismo ha sido siempre un montaje para justificar agendas geopolíticas e intereses ocultos. En cuanto al terrorismo de “lobos solitarios” dentro de nuestras fronteras, tiene muy poco que ver con ocupar Afganistán, pero mucho con controlar nuestras fronteras y ser los dueños en nuestra propia casa.

Ahora bien, esto último es exactamente lo mismo que quieren los talibanes y por lo que han combatido durante veinte años contra el brazo armado del globalismo que quiere redimirles de sí mismos. El globalismo que utiliza a los soldados europeos para impedir a los afganos ser los dueños en su casa, imponiéndoles una modernidad que no quieren o no están preparados para asumir ahora, es el mismo globalismo que nos niega a nosotros ser dueños en nuestra propia casa.

Esto nos debería llevar a preguntarnos no sólo qué pintaban nuestros soldados en Afganistán (cuyo sacrificio merece respeto, lo que no significa avalar el motivo por el que estaban allí) sino algo mucho más indigesto: que nuestros soldados estaban allí luchando, en última instancia, a las órdenes de nuestros propios enemigos, no los talibanes sino los globalistas enemigos de todas las patrias y por tanto también la nuestra.

Hoy la amenaza para los pueblos es el globalismo o el mundialismo como ha sido también llamado. Vivimos en el mundo de la finanza global, las telecomunicaciones y la información, la presión a favor de una homologación planetaria y un gobierno mundial.

En este contexto el desenlace de la guerra afgana es una victoria contra el mundialismo y es la misma lucha que deben combatir los europeos para seguir siendo sí mismos y permanecer como civilización; aunque esté en nuestra zona de sombra, aunque sean ese Otro que no querríamos jamás como aliado o compañero.

El mismo poder que quiere imponer a los afganos una modernidad que no aceptan, es el que quiere llenar Europa de no-europeos, la sustitución étnica y el fin de Europa. El enemigo es el mismo, la única respuesta realmente válida al enemigo globalista la siguiente: cada uno manda en su casa, decide quién entra y quién no, dejando en paz la casa de los demás aunque para nosotros su orden sea brutal, primitivo, injusto.

Porque los poderes que quieren “redimir” a los talibanes de su atraso y su primitivismo son exactamente los mismos que nos quieren “redimir” a nosotros de nuestra identidad y nuestra tradición, los que quieren reducirlo todo a un enorme mercado global, los territorios y las naciones a coordenadas en un mapa.

Los talibanes serán si queremos feos, sucios y malos. Pero nos enseñan al menos tres lecciones. Independientemente de lo que pensemos de ellos, de su cultura, sus comportamientos y su forma de vida.

La primera es que no todos se dejan comprar. El río de dinero que Occidente ha dedicado a su causa afgana ha sido, esencialmente, un intento fracasado de comprar su conformidad y sus mentes con dinero.

La segunda es que tiene derecho a mantener su forma quien tiene la voluntad de defenderla, pagando el precio y asumiendo los sacrificios que ello conlleva. No sabemos cuántos drones y misiles y bombas inteligentes o estúpidas les han machacado, pero han sido capaces de resistir durante veinte años de guerrilla sin darse por vencidos.

La tercera es quizá la más importante. Frente a un enemigo inmensamente superior tecnológicamente, que hace la guerra a distancia con las máquinas en vez de con los hombres, los talibanes han seguido combatiendo, aunque cada soldado enemigo abatido les haya costado a ellos diez, veinte o cincuenta bajas, no lo sabremos nunca. Su victoria final ha demostrado algo de una importancia simbólica inmensa: que incluso en el mundo de hoy, el hombre vale más que la máquina.

La voluntad es el destino, el hombre vale más que el oro y también vale más que la máquina. Estas antiguas lecciones también nosotros las sabíamos perfectamente, pero alguien ha hecho que las olvidáramos. Es lamentable que hayamos llegado a tal punto de degeneración, que nos las tengan que enseñar otra vez los talibanes.