En la última centuria, o poco menos, la sociedad española ha oscilado, hasta morderse la cola, desde el Frente Popular de los años 30 del pasado siglo hasta este neofrentepopulismo actual, pasando por dos paréntesis: el franquista, restaurador y fructuoso, y el supuestamente democrático, involutivo, partidocrático y neoguerracivilista. Expuesto esto, los resultados de las sucesivas elecciones nos dicen que existe un extenso y variopinto sector social que ha ido formándose a lo largo de la llamada transición democrática, la cual, en vista de los resultados y ante el nuevo Frente Popular en el Gobierno, debiera llamarse, como apunto, paréntesis partidocrático.

Se trata de unos cuantos millones de españoles que, adaptándose a las circunstancias para extraer de ellas lo mejor del momento, complacidos con su nivel de vida, hábiles para beneficiarse de todo lo que se mueve alrededor, absolutamente insolidarios a pesar del hipócrita buenismo que seguramente pregonan al hilo del viento corredor y de lo políticamente correcto, e indiferentes o ajenos a la participación política, tiemblan ante cualquier posibilidad de cambio que pueda poner en peligro su supuesta seguridad social y económica, sin percatarse de que el cambio ya está aquí, y que se llevará por delante el poco arbitrio y la escasa dignidad que les quedan, además de su icónico bienestar.

En este sentido, la irrupción de VOX, partido permanentemente demonizado por la omnipresente propaganda frentepopulista, ha movilizado a los sacralizadores del poder, pragmáticos como son, y también a los electores del común -no a una minoría anti VOX que va por libre y expone sus prejuicios-, temerosos de que el nuevo partido -la ultraderecha de hoy y el dóberman de ayer-, arrample con sus privilegios, sabiendo como saben, por maliciosa intuición, que las izquierdas resentidas y sus cómplices -la casta partidocrática- no van a permitir pacíficamente que les bajen del burro dorado en el que montan.

Estos votantes al uso constituyen un sector social heterogéneo, unido por el cemento de su aridez cultural, de su desconocimiento histórico, de sus carencias cívicas, de su egoísmo feroz, de su espíritu depredador, de su absoluto materialismo. Basados en una visión existencial ventajista, son indulgentes con la corrupción de sus políticos, con sus trampas y fraudes, porque ellos en su mundo actúan del mismo modo, siempre dispuestos a aprovecharse de lo contingente, cogiendo no sólo lo que les viene a mano, sino picardeando y abusando para obtener cualquier tipo de canonjía.

La esencia de lo comunitario, la vida ordenada y reglada en común les trae al pairo, escapa de la órbita de sus intereses. Sólo se activan cuando entienden que sus privilegios, sus migajillas, sus miserables regalías corren peligro. Y entonces, por supuesto, apuestan por el más fuerte, que suele ser el más ladrón, y también porque saben que es más fácil robar con un ladrón al mando que con un dirigente honrado.

A este sector habría que añadir el de los indecisos, gente habitualmente con poca voluntad y nulas convicciones, a expensas asimismo del aire corredor que les trae y les lleva como el viento a las hojas muertas; ciudadanos dubitativos, venales también, y por lo mismo más atraídos por el ruido de la propaganda, por el temor de los incendiarios, que por las nueces de los programas.

Más de dos tercios de la ciudadanía tienen un precio. Y la habilidad de las izquierdas resentidas, su agitprop, conoce innumerables maneras de tener atada a la plebe. A veces, cuando todo va según sus previsiones, lo hace con cursis promesas, afectadas apelaciones a lo ñoño, a los nuevos amaneceres rojos, al diálogo, a la concordia, a la libertad, a la democracia y todo eso; o bien, si las cosas no marchan conforme a sus intereses totalitarios y comprueban que entre los electores son más los discrepantes, se emplea con desnudas amenazas y directos chantajes.

En todas las elecciones, pero más aún desde la irrupción de VOX, la anti España siempre saca a pasear algún fantasma intimidante, siempre se inventa algún espectro conminatorio para contraponerlo a la seguridad que ellos, los verdaderos ogros, supuestamente ofrecen. Saben que en realidad las masas no votan por los valores contenidos en los distintos programas políticos, no votan tras sesudos razonamientos, tras detallados análisis ni comparaciones entre tales programas, sino por los mensajes subliminales que se les inoculan desde los poderes mediáticos. En este caso se ha difundido hasta la saciedad el estigma ultraderechista -en línea con lo facha- atribuido a VOX, y el riesgo que entrañaría el triunfo de tal maldición. 

Y existe finalmente otro voto tan perverso o más que el de los anteriores que también beneficia al odio frentepopulista: el correspondiente a aquel sector de lo que yo llamo escorpiones sociales. El perfil de estos electores poco tiene que ver con el de los anteriores, porque en ellos no priva primordialmente indecisión alguna, ni ignorancia, ni ventajismo material. Su pulsión es debida exclusivamente a su naturaleza. Una índole malvada que en las urnas no deposita una papeleta, sino la vocación de maldad en estado puro. Sus elegidos siempre serán los más dañinos para el orden social, para la comunidad. El escorpión social tiene un objetivo: exterminar. Y las izquierdas resentidas saben que en ellos están sus más fieles seguidores, porque cumplen idóneamente sus afanes destructivos.

Es evidente que en estas últimas décadas ha venido ganando una vez más la manipulación y se ha impuesto por enésima vez la facción destructora, porque su propaganda es más eficaz que la de sus supuestos contrarios, cómplices o indiferentes ante sus tropelías. Y han manipulado obviamente a unos grupos sociales propensos, a los que llevan polinizando en este sentido a través del antifranquismo sociológico y ante el silencio culpable de las más altas instituciones; unos sectores de la población permeables a las consignas o a la vileza, bien sea por ignorancia, por interés mezquino o por ambas cosas a la vez, pero en definitiva por falta de civismo.

Y todo ello ha podido y puede llevarse a cabo con éxito y con impunidad porque obviamente no hemos vivido ni vivimos en una democracia. Ni se respeta la ética, ni se respetan las normas constitucionales, ni se respeta la neutralidad con que todo Gobierno debe afrontar una gestión y sobre todo unas elecciones; ni, por supuesto, se tiene empacho en violentar las conciencias individuales.

Todos los recursos -especialmente los mediáticos- del poder hispanicida, amparado por esas sombrías instituciones que nada tienen que decir ante los tremendos abusos de aquél, se han utilizado y se vienen utilizando con los únicos reparos de aislados francotiradores. Y se ha hecho ésto no sólo para oponerse desde el poder a otras alternativas, sino para imponer la agenda hispanófoba pergeñada por sus amos, de la que ellos son adictos, más aún que aventajados partidarios.

En este sentido, España, por desgracia, es en la actualidad -aunque viene de lejos- un caso social y políticamente curioso en Europa, digno de conspicuos análisis de sociología política: instituciones, gobernantes y ciudadanía empeñados en destruir no sólo aquello de lo que viven y codiciosamente parasitan, sino también lo que les engendra y fecunda, sus propios orígenes. Ver para creer, pues hasta esos límites llega su fanatismo.