Los grupos independentistas ERC, Junts, CUP, PdeCat, EH Bildu y BNG, esa gentuza que vive a costa de España, pese a que se la quieran cargar,  piden modificar la Ley de Amnistía. Lo que a primera vista parece algo propio de la estupidez mental de esta chusma, por cuanto de modificarse dicha ley algunos de ellos y muchos de sus amigos tendrían que ingresar inmediatamente en la cárcel.

Ahora bien, la estupidez de esta chusma, muy propia del estado de completa putrefacción de sus mentes, en modo alguno quita para que no esté crecida, porque motivos tienen y muy suficientes. Han conseguido bastante, y están a un paso de conseguirlo todo. Me dirán si no es para estar crecidos.  

Ahora bien, qué se ha hecho para remediar que esta gentuza dejase las alcantarillas. Pongamos que Rufián estuviese recogiendo cartones por calles y plaza, mientras esperaba una plaza en el cuerpo de limpieza en el Ayuntamiento de Madrid. Pues nada. Más aún, es tal el grado de estulticia que se ha mantenido, que hoy las concentraciones en favor de la dignidad y la memoria apenas congregan gente, y los actos se hacen por separado. Lo que indudablemente induce a que seamos motivo de risa y estemos a un instante de lo que les ha ocurrido a los patriotas de Blanquerna.

Que esto iba en serio lo supieron fundamentalmente tres hombres, don Luis Carrero Blanco, que desde un puesto de excepción trató de impedir el deterioro del Sistema, y que de no haber sido asesinado tras el fallecimiento de Franco hubiera pilotado una reforma perfectiva del Régimen; don Blas Piñar, que tuvo como virtud la lealtad a los ideales de la Cruzada y al Estado nacional, a pesar del acoso y derribo al que fue sometido. Y don José Ignacio Dallo, sacerdote, que a través de la obra periodística del quincenal Siempre P´alante, con 852 números publicados, ha defendido contra viento y marea la confesionalidad católica del Estado español: en primer lugar, porque así lo exige la gloria de Dios; en segundo lugar, por el carácter instrumental que la Unidad Católica tiene para la salvación de las almas, una a una, y en tercer lugar, por los beneficios, lícitos, que puede proporcionar al bien común de cualquier sociedad.