Se sabe quién es Mario Draghi. También se recuerda, para bien o para mal, su trayectoria y resultados profesionales y los justos rechazos o simpatías que puede provocar su figura. Lo que está claro y es ineludible es que hoy se ha desatado una tormenta política frente a su designación como presidente encargado de la formación de gobierno y de llevar adelante un desafío histórico para Italia. Tal vez lo positivo y más importante sea que marca el final del peor gobierno en el peor momento para Italia. Afortunadamente, el segundo gobierno de Conte, la alianza de los bufones incapaces de la política y la izquierda amante de los sillones del poder, se ha terminado.

Los gestores de la pandemia que han llevado a una catástrofe social al pueblo italiano, al menos no dispondrán a su capricho de los deseados fondos europeos, ni seguirán en la senda de la inoperancia, el absurdo y la vergüenza de una gestión surrealista. Todo parece indicarlo ya que, después de la primera rueda de consultas de Draghi con las fuerzas políticas parlamentarias, la reedición de un nuevo gobierno “giallorosso” con cambio de rostro se presume inviable. Ya está abierta y en curso una nueva etapa política tras la elección del ex gobernador del BCE formando un nuevo gobierno que será de emergencia nacional.

Italia sobrevive en una auténtica situación de anomalía. Ese es hoy el hecho concreto en un escenario político y social excepcional. A partir de aquí se pueden suceder todos los análisis, especulaciones y posibilidades ante la urgencia sanitaria, económica y política por resolver en el corto, mediano y largo plazo. La situación es más que compleja pero no es la primera vez que esto sucede, sino que se repite una vez más, casi como una marca característica de la idiosincrasia de los legítimos herederos de Roma. Ya lo decía Obélix, el galo fortachón y compañero del bravo Astérix: “Están locos estos romanos” (“Sono Pazzi Questi Romani”, SPQR…).

Draghi, es justo reconocerlo, posee formación, experiencia e incluso es una autoridad en el mundo de las finanzas, la banca y en las instituciones europeas. Eso es indiscutible. Sin duda muchos italianos hubieran preferido otra situación que, en tiempos de normalidad, fuese resuelta mediante elecciones democráticas, o que el encargado fuese otro candidato con otro perfil. Pero una cosa es el deseo y otra la realidad. Ante la imposibilidad de elecciones anticipadas, el escenario es el que hoy tenemos y no el ideal.  El Presidente de la República, Sergio Mattarella, es el garante del Estado y de la unidad nacional y como tal, en la situación actual, tiene la facultad para proponer la formación de un ejecutivo de “salvación nacional”. Y Mario Draghi ha sido el encargado para formarlo. 

El ex Gobernador del BCE no es un político sino un economista que se enfrenta a un panorama crítico en un marco político fragmentado y enfrentado quizás como nunca antes, agravado por la pandemia y por el avance de proyectos de corte antidemocráticos y totalitarios en fase de expansión. Italia no es fácil de dirigir y todos los saben.

Matteo Salvini, líder de Lega y el centro-derecha, afirmó que defiende “la vía maestra del voto” pero que escucharía la propuesta del Premier encargado. Después de la primera reunión, “il Capitano”, manifestó la intención de sostener un nuevo gobierno, ya que las propuestas básicas planteadas, estaban en sintonía con las de su partido. Este apoyo descolocó al frente de la izquierda provocando desconcierto y división, ya que el Partito Democratico, Movimento 5 stelle, Italia Viva y Liberi e Uguali (LeU) pretendían instrumentalizar y condicionar al Presidente del nuevo gobierno desde dentro pare reeditar un gobierno “Conte Tres” y con la derecha fuera.  Buscaban un nuevo gobierno con un retoque de imagen y continuista, pero Salvini sorpresivamente los neutralizó. 

La decisión de Lega de aceptar la partida y no quedar fuera, desactivó el peligro de reeditar un gobierno tan patético como el dimitido. Forza Italia de Silvio Berluconi también apoyará, Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni ha dicho “No”. La jugada evidentemente también generó discusión en la derecha. La táctica y tacticismo político siempre están presentes. Veinticuatro ex parlamentarios de Alleanza Nazionale, mediante una carta, solicitaron a Meloni el apoyo conjunto con aliados del centro-derecha. A pesar de la firmeza de la decisión, ya comienzan a oírse rumores de abstención en lugar del “No” contundente.

Matteo Salvini, tras la entrevista con Mario Draghi, declaró: “No hemos puesto condiciones, hay una sensibilidad común”. En esencia, la Lega ha expresado su voluntad de formar parte del ejecutivo de salvación nacional, anteponiendo el bien del país a las legítimas ambiciones del partido que habría obtenido beneficios electorales en unas nuevas elecciones. “No podemos aceptar los vetos de otros, menos el de los de partidos pequeños del dos por ciento. Cada uno debe ceder un trozo de prioridad para hacer juntos un tramo de camino, que no será largo, agregó el “leghista”.

Ante la única posibilidad de consensuar un nuevo gobierno discutiendo programas y acordando directrices, la derecha, Draghi mediante, cuenta con “carta de veto” y la posibilidad de convocatoria de elecciones. Aunque el apoyo de Salvini genere dudas, su táctica ha marginado y dividido a la izquierda y sus aliados. Visto desde esa óptica, la jugada política cobra otra lectura y dimensión. El “Sí” en clave soberanista no implica la “beatificación” del hombre de Goldman Sach que llegó para “salvar Italia”, sino la posibilidad real de avanzar en la dirección deseada desde una posición de responsabilidad de gestión (Lega gobierna en las Regiones que son el motor económico de la Península y en cientos de ayuntamientos de todo el país). 

Lega es un partido de gobierno y como tal tiene sobrada experiencia y responsabilidad para llevar adelante sus principios de defensa de la identidad, la familia, la seguridad, el crecimiento económico, las pensiones, entre sus principales objetivos. Lo ha demostrado durante su paso por el gobierno nacional.

Aún todo está por verse y sin duda es un pulso de riesgo que la primera fuerza política de Italia está obligada a afrontar. El testimonialismo será vistoso, pero es estéril. Cuando la necesidad apremia y la supervivencia y el futuro de la vida de millones de italianos está en juego, son necesarias acciones arriesgadas y extraordinarias, y el centro-derecha italiano está en condiciones de asumir el desafío. 

Italia se encuentra al borde de un tsunami social, y la política debe evitar la catástrofe, sino no sirve para nada. El éxito o el fracaso estará en la inteligencia y la capacidad de sus referentes para asumir una situación límite.  Lo demás es postureo y payasadas, como lamentablemente Italia ha sufrido ya bastante y en carne propia.  La derecha debe imponer su peso político y pasar de las palabras a los hechos demostrando estar a la altura de los acontecimientos. El alentar a Meloni contra Salvini y viceversa no solo es estúpido sino peligroso. La alianza de centro derecha debe permanecer unida preservando cada fuerza su identidad. El enemigo es otro y es muy poderoso. Dos de los tres partidos de la alianza de centro derecha, identitaria, conservadora y patriótica decidieron intentarlo, uno no. Aún queda mucho por andar y el tiempo pondrá las cosas en su lugar.

La Lega y Salvini ya tienen experiencia en navegar en aguas turbulentas, sino recordemos la inédita formación del primer gobierno Conte con el Movimento 5 stelle. Las políticas de defensa de fronteras, de la familia, la identidad y la seguridad aplicadas por los soberanistas han hecho historia no solo en Italia sino en toda Europa. 

El número uno del Carroccio afirmó “Es un momento en que, por el bien del país, se deben superar los intereses personales y de partido” (…)  “Nos reconfortó absolutamente oír hablar de trabajo, fondos europeos y no de dádivas” (…) “Hay necesidad de volver a vivir. Estos meses de cierres, miedos, distancias llevan a la alienación, la depresión, el consumo de drogas. El gobierno que nacerá, si lo hace, será el gobierno de la puesta en marcha, del renacimiento, y reapertura”.

La historia todavía se está escribiendo y la política italiana siempre da sorpresas. Los soberanistas no dan un apoyo acrítico a un gobierno Draghi sin más y porque sí. Si los acuerdos no se cumplen, el futuro gobierno, si sale adelante, tendrá los días contados. También sabemos quién es Draghi y que Draghi no es Monti y mucho menos Conte, afortunadamente. 

Hoy Obélix, menhir en mano, y viendo la situación en la península diría: “están locos estos italianos”. Y no le faltaría algo de razón.