Ni por qué llamas mi tierra a aquello que no defiendes, ni mi llamas mi gente a aquellos que consientes que le casquen un bozal. No sabemos cuándo podría estallar todo, no sabemos si será por algo más sutil, o no, que la falsa pandemia, o por un acontecimiento más destacable, inesperado tal vez, o por agotamiento de la población. La supervivencia en las ciudades está siendo una acre y amargo combate cotidiano, demostrándose en el ser humano la increíble capacidad de adaptarse a cambios y situaciones nuevas. Está en nuestra naturaleza.

¿Esto es vida?

Podemos vivir en un piso de 25 metros cuadrados si nos lo imponen, podemos pagar 400 euros por una habitación, podemos trabajar catorce horas o podemos cobrar 700 euros por una jornada de dieciocho. También podemos ser desahuciados y buscar refugio en albergues o en los "colchones" familiares todavía existentes (para aquellos que los tienen). Podemos seguir pagando incrementos de gasolina, billetes de metro y parquímetros en nuestros barrios. Podemos no quejarnos y asumir multas sin sentido - por ejemplo, por no llevar una puta mordaza- que solo ayudan a recaudar y especular a gobiernos expoliadores y administraciones saqueadoras.

También podemos sobrellevar la histeria colectiva presente, las psicosis del manicomio en que se ha transformado nuestro mundo  y que esta perra vida de abismo nos hace tener y temer. Podemos compaginar nuestra vida de trabajo-familia-casa, cuando todavía era posible, a través de absurdas  e inagotables jornadas con devastadoras consecuencias físicas y mentales, acumulándose éstas durante años y más años. Podemos normalizar el estrés, los suicidios y el ridículo frenesí de esta vida impuesta bajo la amenaza de no encajar, de no tener, de no ser.

Esto no es vida

Y es que, tras la extraordinaria capacidad del ser humano de sobrevivir y de no morirse de frío y hambre, de guarecerse bajo una techumbre, existe una delgada línea, finísima capa, que nos conduce directa y raudamente hacia la sumisión. Que nos busquemos la vida para seguir adelante y no morir en el intento, jamás fue subterfugio para no sublevarnos contra aquello que nos estaba y está oprimiendo. Y, hoy, de forma brutal. Esperemos que se contagien el asco, el hastío, la rabia infinita, la revuelta, que el sometimiento a una vida de miseria -sobre todo, moral- concluya y sobrevuelen la rabia y las ganas de construir una nueva forma de entender la vida. Porque esto que nos han impuesto no es vivir. En fin.