Posiblemente, una de las novelas que trata con más hondura una del puñado de cosas por las que merece la pena seguir viviendo. La amistad. Recuerden, en ese sentido, las imperecederas palabras que le dedica el estagirita a su vástago Nicómaco. Hogaño, cuando nos quieren arrebatar la humanidad, más amistad que nunca. Amistad de la buena, obvio.

Hacer el bien es no robar

Culpa, perdón, expiación. Al final, el pasado regresa feraz y feroz. Abriéndose paso a desgarrones, como escribe Khaled Hosseini, autor de nuestra novela. Veintiséis años sobrevolando un oscuro y solitario callejón desierto. La culpa, como catalizador de toda la historia. Culpa baldeada del todo, puede. Leemos: "Sé que al final Dios perdonará. Perdonará a tu padre, a mí, y a ti también. Espero que puedas hacer tú lo mismo. Perdonar a tu padre. Perdonarme a mí. Y lo más importante, perdonarte a ti mismo". Perdonarse a sí mismo, meollo crucial. El padre, la gran referencia. Su norte.

El padre recordándole que el único pecado plausible es el robo. Cuando mientes, le robas al otro el derecho a la verdad, afirma. Una hermosa (re)interpretación del Decálogo mosaico. No robar la mujer al prójimo, no robar la vida. No robar el derecho a la verdad. Un islam sensatamente juicioso. Si existe un Dios, espero que tenga cosas más importantes que hacer que ocuparse de que yo beba whisky o coma cerdo, genial Baba. Pero el mal suele vencer. Momento luminoso del libro: Pero lo que intento explicarte, Sohrab jan, es que en este mundo hay gente mala, y hay personas malas que nunca dejan de serlo. Y a veces no queda más remedio que enfrentarse a ellas”. Tanta maldad, tanta maldad persistente, tan a menudo, “las malas hierbas del desierto siguen con vida, pero la flor de primavera florece y se marchita". Qué gracia, qué dignidad, qué tragedia, apostilla irónicamente nuestro autor.

Cometas abatidos

La culpa, la atrición, el remordimiento. El perdón, la gratitud, la redención. El autoengaño. Es mejor resultar magullado por la verdad que confortarse con una mentira. Amir, perseguido y atormentado por la culpa. Todo, por una trivial cuestión de celos. Tal vez de vanidad. Una difusa culpa para comenzar. Ser responsable de la muerte de su madre durante el parto. Amir deviene inseguro, cobarde, por lo tanto, sobreactuado. Su herida hiere a los demás. La relación con su padre, su engrandecido Baba, determina toda su vida, sus actos, su mal.

El origen es el destino.  La competición de cometas, metáfora y espoleta. Competición como síntesis de un estilo moral, de dioses y héroes. Éxito y fracaso, finas y sutiles capas y fronteras, cometas derribados, otro impresionante poro abierto. Su (desigual) amistad con Hassan, los sultanes de Kabul, abismo insondable. Dos púberes que se habían criado del mismo pecho de la misma nodriza. De ahí surgían lazos de hermandad que ni el cruel transcurrir del tiempo podía despedazar. En principio.

Funestos callejones existenciales

Hassan se encuentra con quien no debe. Aciago callejón. Amir, mientras, observa detrás de un muro escondido la brutal sodomía. Cobardea, el miedo le convierte en un esclavo, no se atreve, en ese momento, él " tenía una última oportunidad para tomar una decisión. Una oportunidad final para decidir quién iba a ser yo. Podía irrumpir en ese callejón, dar la cara por Hassan igual que él había hecho por mí tantas veces en el pasado y aceptar lo que pudiera sucederme. O podía correr. Al final corrí”. Real, veraz, o que sucede en unos días, incluso en un único día, puede modificar absolutamente el discurrir y caudal de una existencia. En fin.