Las elecciones autonómicas andaluzas han sido un clamoroso éxito para el PP. Una arrolladora mayoría absoluta vuelve a convertir al PP en la locomotora de la partitocracia, y es un espaldarazo para Núñez Feijoo de cara a unos próximos comicios generales y a una reinstauración del centrista PP en la hegemonía del bipartidismo.

Las esperanzas de los afiliados, simpatizantes y líderes de Vox en un ascenso fulgurante de su partido en Andalucía, región que vio nacer con 12 escaños al “milagro Vox” el 2 de diciembre de 2018, se han visto defraudadas.

Durante la campaña electoral Vox ha ofrecido combate cultural e ideológico: ideología de género, mundo de la caza, la inmigración masiva e ilegal, la okupación, el adoctrinamiento sexual en las aulas andaluzas, el injusto sistema autonómico, o la destrucción del campo y la industria a manos de la competencia desleal extranjera.

Cualquiera que haya visto mítines de Abascal y Olona ha contemplado esta batalla ideológica en la que Vox, además, ha exigido la españolidad de Gibraltar o resaltado el anti patriotismo de un PP que aceptó el Estatuto autonómico que reconocía a Andalucía como “realidad nacional”.

¿Qué ha sucedido entonces para que un Vox, el de 2018, al que en España no conocía casi nadie, pasase de 0 a 12 escaños en los comicios autonómicos andaluces de ese año y el de 2022, un Vox en apogeo, con medios, con dinero y con miles de afiliados, haya marcado sólo 14 escaños?  ¿Qué ha sucedido para que haya perdido en las elecciones autonómicas del 19-J y respecto a las pasadas elecciones generales de 2019 un total de 398.000 votos?

Podemos establecer análisis e hipótesis de diferente tipo. Hay quiénes achacan el avance limitado de Vox, que es avance pero limitado, a la enorme dificultad de combatir la densa atmósfera española de 40 años de ideología progre, de aceptación social y cultural de lacras como el aborto, el adoctrinamiento infantil, el lobby LGTB o la inmigración desatada.
En este avance limitado de Vox, áspero, duro, contra un sistema ideológico dominante que se ha apoderado de amplias masas sociales, también tiene que lidiar con la hostilidad declarada de todos los medios de comunicación de masas, de los poderes fácticos y de los oligarcas financieros y mediáticos que nunca permitirán que Vox toque el poder y amenace sus privilegios.
No falta razón a este punto de vista, que yo comparto en gran medida.

Hay análisis más críticos: que ven en Vox a un partido que no habría roto el cordón umbilical del PP. Un Vox con demasiadas semejanzas respecto al globalismo y al PP. Un Vox que no habría defendido posiciones antiglobalistas coherentes. Por un lado ataca la Agenda 2030 y las grandes élites internacionales, y por otro ha defendido por boca de Juan Luis Steegman o de la propia Olona, la necesidad imperiosa de la polémica vacuna Covid: un medicamento experimental fomentado por las grandes farmacéuticas y no sujeto a consentimiento informado del paciente ni a ninguna garantía de responsabilidad de los Estados.

Del mismo modo, y siguiente con este análisis crítico, Vox reclama la soberanía plena de España criticando las instancias supranacionales que la sustraen, pero se alinea abiertamente con la OTAN: brazo armado de la política exterior norteamericana aliada de nuestro principal enemigo internacional, el expansionista y criminal Reino de Marruecos. Además, el grupo de Abascal aplaudió en el Congreso al presidente ucraniano Zelensky, que insultó a empresas españolas, y defiende las sanciones europeas a Rusia que todos los europeos pagaremos en términos de pobreza como consecuencia de una guerra dónde nada se le ha perdido a España. Dadas estas incoherencias Vox habría  desengañado a muchos de sus antiguos votantes y desencantado a otros tantos.

Otros analistas apuntan con lógica sobrada cómo Moreno Bonilla se habría beneficiado en las urnas de la telaraña socialista de chiringuitos, enchufes, subsidios y PER que no ha desmontado, que alimenta a miles de andaluces colocados por el PSOE durante 37 años y que vieron cómo el PP les mantenía el carguito y no era una amenaza. Estos miles y miles de andaluces habrían apostado por el PP ante el desprestigio y desgaste del PSOE regional y nacional y ante el miedo a la “tijera de podar” con que Olona anunciaba el fin del parasitismo del sistema andaluz.

Sea como fuere Bonilla se ha alzado con el poder absoluto en su región y Santiago Abascal ha afirmado tras conocer los resultados que eso es una “buena noticia para España” y por tanto “una buena noticia para Vox”. Y yo me pregunto: ¿una buena noticia para España y para Vox es que haya ganado en Andalucía el partido que firmó la Agenda 2030, el proabortista, adoctrinador de menores, proinmigracionista,  excarcelador de etarras, y pilotado por un nacionalista como Feijoo que no cree en la unidad nacional española?

El camino de Vox en estos comicios electorales, como en todos a los que se enfrenta, se topa con obstáculos gigantescos de los que ya he hablado y que son inherentes a 40 años de hegemonía progre labrada por el PSOE y el PP. Su tarea de combate ideológico y cultural ha sido y es loable al abrir temas cerrados por el consenso progre y políticamente correcto, hegemónico hasta la llegada de Vox.

Pero Vox ha de hacer autocrítica y darse cuenta de que el PP es tan enemigo de España como el PSOE; que Vox es antiglobalista y soberanista para todo o no lo es para nada; que ya está bien de dar palmaditas en la espalda al partido del nacionalista Núñez Feijoo y decir que le dará apoyo cuando lo necesite, mientras el PP ni siquiera da la mano en los debates.
Vox debe destruir sus complejos e incoherencias y evitar el camino que le convertirá en un “PP bis” si sigue haciendo caso a esos popes radiofónicos que insultan a sus votantes cuando les llaman “bebelejías”.