Un abismo imposible de llenar: esa Zona Cero imborrable que da sentido a una pérdida carente de sentido. “La Zona Cero ya no es un lugar de terror y desgracia, sino un lugar conmemorativo en el que recordar a quienes ya no están. Donde antes estaban las Torres Gemelas del World Trade Center, hoy están el National 9/11 Memorial y el World Trade Center” (Fuente: Loving New York). Todos tenemos una Zona Cero en nuestro ser: espacio de ausencia que anuncia la presencia del no-ser. Una pérdida por la que nos sentimos culpables, que nos ha determinado como una marca de nacimiento —una mancha única— nos caracteriza, que nos ha forjado y cuyo ojo vacío conforma el eje de nuestro sentido diario. De nuestra ceguera irrenunciable. O de nuestro sinsentido: dado que cuesta años, décadas incluso, puede que toda una vida, aprender a abrazarlo como aquello que realmente somos más que ninguna otra cosa.

Ninguna vida carece de una Zona Cero. Todos las tenemos y todos la tendremos llegado el momento, sencillamente vivimos en una sociedad que conspira para que todo ese dolor inconsolable quede enterrado antes incluso de haberse producido. Podemos diferenciar, entonces, entre quienes le dan la espalda a su Zona Cero —¿negacionistas de su propio dolor?— y quienes viven de cara a ella —¿afirmadores de su propia destrucción?—. Unos prefieren reconstruir los edificios previamente pulverizados con la esperanza de que nadie note la diferencia; incluso muchas veces se opta por una construcción más aparatosa y espectacular que trate de borrar todo recuerdo de lo que una vez se alzó bien erigido. Otros, una minoría, prefieren dejar el hueco de lo que una vez fue para reclamar constantemente la presencia de aquello que se ha perdido y que no podrá volver jamás. En ambos casos, a pesar de la respuesta despareja, la consecuencia lógica es semejante: una vida determinada por aquello que tiempo atrás quedó calcinado.

The Leftovers tiene lugar tres años después de un evento mundial en el que muchas personas desaparecieron, conocido como la Ascensión, que causó la inexplicable desaparición de 140 millones de personas, el 2% de la población mundial. La historia se centra principalmente en la familia Garvey y sus conocidos en la ciudad ficticia de Mapleton, Nueva York. Kevin Garvey es el Jefe de Policía. Su mujer, Laurie, se ha unido a una secta llamada Remanente Culpable. Su hijo, Tommy, se fue de casa para ir a la universidad, la abandonó para vincularse a un gurú al que llaman Santo Wayne, mientras su hija, Jill, está actuando de forma impulsiva” (Fuente: Wikipedia). The Leftovers (2014-2017) es una de las mejores series de televisión de todos los tiempos; en ella aparece el Remanente Culpable, un culto donde las personas hacen voto de silencio, visten de blanco y fuman compulsivamente para recordar al resto de habitantes de la tierra la repentina e inexplicable desaparición súbita de millones de personas a lo largo y ancho del mundo. Individuos que han elegido libremente recordar en vez de vivir; posicionarse en un silencio que es pura denuncia antes de caer en la cháchara y el bla-bla-bla del olvido voluntario, cobarde y socialmente aceptado. El mejor personaje de la serie, Nora Durst (Carrie Coon), es una mujer que ha perdido a su marido y a sus dos hijos, y que se enfrenta a diario a ese vacío a pesar de que el amor que desarrolla por el protagonista de la serie, Kevin Garvey (Justin Theroux), le ofrece la posibilidad de seguir viviendo como algo más que una mera superviviente. Como en toda buena ficción, el enigma de si algo así se puede conseguir o no nunca queda aclarado del todo más allá de la respuesta personal de cada espectador.

Un cráter marcado a fuego en la piel de nuestro rostro interior por el dolor y la pérdida. Mi Zona Cero se llamaba María, aunque todos la apodábamos Cuervo. Se suicidó hace cinco años arrojándose por la ventana de su habitación. Yo había estado enamorado de ella los últimos dos años de mi vida y todavía lo estuve al menos otro año más después de su muerte. Contar su historia en profundidad merecería un libro entero y realizar esa labor no me corresponde a mí: por eso únicamente me centraré en el vacío que supuso su muerte. Fue todo tan súbito que mi forma de proyectar la pérdida —de mantenerla viva para mí— fue investigar las razones que le habían llevado a esa decisión: entrevisté a sus compañeros, a sus amigos, a sus parejas y a todo aquel con el que pude hablar para ampliar mi base de datos. Mi conclusión, a pesar de que conseguí desenterrar el grueso de la historia, es que nunca nadie se suicida por una razón completa y única, dado que siempre podremos encontrar a otra persona que en una situación similar o con unas circunstancias semejantes decide no hacerlo. Uno se suicida porque ha perdido el sentido, se siente aislado y no tiene esperanza alguna en el futuro. La náusea, la angustia, el absurdo del “para qué” que asalta todas las mañanas al depresivo y que le consume en un fuego lento de desesperación: eso le pasó a ella, y por ese motivo apagó una luz que era capaz de deslumbrarnos de forma extraordinaria a todos a su alrededor. También se llevó, aunque sea egoísta por mi parte recalcar esa parte ínfima de la historia tomada en su conjunto, una parte de mí, de mis recuerdos y de mi ser. Perdí a una albacea importante de mi memoria y de mi ser. La geografía de las calles por las que una vez paseamos, de los locales a los que en tantas ocasiones acudimos o del cine al que íbamos con frecuencia se ha convertido en un espacio de luz, sí, y también de dolor; como la vida misma cuando se la despoja de toda esencia superflua. En ese sentido, el aprendizaje —constante— que me proporciona ahondar día tras día en mi Zona Cero —inasumible, en un principio; ligeramente comprensible, con el paso del tiempo— desde hace años es que hay que aprender a amar la vida tal y como es porque hemos sido llamados a ella para realizar una labor que no conocemos pero de la que tenemos la certeza de que nos trascenderá cuando hayamos desaparecido.

Cuando nos enfrentamos a la Zona Cero de otra persona por primera vez en nuestra vida, lo peor que podemos hacer es juzgar como haríamos al posicionarnos fuera o directamente por encima de sus decisiones, fracasos y errores. Como el narrador de una gran novela, en nuestra relación con los demás —personajes o personas, en el fondo es igual para quién tiene una imaginación fecunda—, debe primar la comprensión y el deseo de entender. De conocer un mundo que debemos estar dispuestos a amar hasta donde podamos llegar y, también, hasta donde queramos profundizar. Las circunstancias del otro, su reacción ante la pérdida, ante la soledad, ante el vacío, ante la ruptura o ante el desgarro son un misterio tan profundo como el más antiguo y oculto secreto. Y debemos internarnos en él como un peregrino que avanza por un camino sagrado: asombrados pero temerosos; inmersos pero alejados. Porque ese dolor podrá llegar a resultarnos cercano si finalmente esa persona se convierte en alguien en verdad familiar, pero siempre estará como al otro lado de una mampara —similar a la de una Cámara Gesell— que nos puede devolver imágenes que jamás habríamos imaginado. La condición humana es capaz de lo mejor y de lo peor, a veces de ambas facetas en un breve lapso de tiempo, sobre todo cuando ha sido sometida a una zozobra inexpresable y en cierta medida incomprensible para quién no la ha vivido.

La única verdad con la que contamos en vida es la muerte: la nuestra y la de otros, incluidos aquellos a quienes amamos; sobre todo la de ellos, cuando menos la esperamos. La literatura siempre ha enmarcado dicha certeza con un cerco de palabras rectamente trazadas; así, Coetzee escribe: “Vivo, he vivido, viví”. En palabras de Quevedo: “Soy un fue, y un será, y un es cansado”. De Góngora: “En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”. De Hobbes: “Una vida solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. De Shakespeare: “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”. De Cervantes: “Y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada”. Y de Pascal: “Imaginemos un grupo de hombres encadenados, todos ellos, condenados a muerte, algunos de los cuales son decapitados cada día en presencia de los demás, quienes aguardan, perdida toda esperanza, que les llegue su turno: tal es la imagen de la condición humana”.

Cada ser es único e intransferible, y vaciar el nuestro para dejar entrar el de otro jamás puede conllevar enajenar el propio o el de otros para seguir avanzando. La incomunicación es una realidad y la soledad es otra con la que uno se acaba topando siempre en el conocimiento del otro; igual que le ocurre al mar con las rocas una noche de tormenta. Estamos aislados pero no podemos vivir desgajados: algo que supo representar con maestría Schopenhauer con su “parábola del erizo”. En su obra Parerga y Paralipomena (1851) escribe: “En un día muy helado, un grupo de erizos que se encuentran cerca sienten simultáneamente la necesidad de juntarse para darse calor y no morir congelados. Cuando se aproximan mucho, sienten el dolor que les causan las púas de los otros erizos, lo que les impulsa a alejarse de nuevo. Sin embargo, como el hecho de alejarse va acompañado de un frío insoportable, se ven en el dilema de elegir: herirse con la cercanía de los otros o morir. Por ello, van cambiando la distancia que les separa hasta que encuentran una óptima, en la que no se hacen demasiado daño ni mueren de frío”. Cuando los hombres nos acercamos demasiado nos herimos pero cuando nos alejamos quedamos ateridos por la gélida realidad del mundo reducido a pura relación mercantil; solo en el amor encontramos una vía para salir de esa dicotomía autodestructiva.

¿Qué es el amor? Esa pregunta se la han hecho filósofos como Platón y poetas como Dante; yo resumiría que el amor es aquello por lo que merece vivir después de haber sufrido la extinción de una parte del ser que nos compone. El amor es la única forma de trascendencia posible en un mundo que se ha entregado al ruido y la furia de la técnica continuamente retroalimentada, donde las personas se han reducido a máquinas las unas a las otras en sus aproximaciones. Y el amor es, sobre todo, un ser —propio— que se vacía y se deja impregnar hasta lo más profundo de su intimidad —incluyendo, por supuesto, la Zona Cero— por otro ser que solo puede ser conocido de esa manera despojada y descarnada por igual. Gracias al amor podemos seguir afirmando a Dios y al absoluto mediante esa lejana huella de la creación que somos cada uno de nosotros; mediante la (re)creación de algo nuevo que religue un saber tradicional perenne con la novedad de un tiempo convulso como el que actualmente vivimos. El sentido nunca puede estar en el exterior sino que brota siempre del interior de uno mismo: de aquel instante de dolor eterno —puesto que su huella se repite y se reproduce a través de otros hombres— incesantemente desencadenado que supone nuestra particular Zona Cero. Es gracias al vértigo y al abismo de nuestra insignificancia y de la herida abierta por la que brota un sangrado constante —somos un animal temporal cuyo pensamiento se compone de símbolos atemporales a los que llamamos mitos y por los que comprendemos la vida valiéndonos de metáforas y parábolas—, por lo que podemos llegar a entender nuestro papel en la vida.

Javier Gomá Lanzón postula en su excepcional Tetralogía de la experiencia que hay tres posturas claramente éticas —dignas, por ello, de imitación— ante la existencia humana: la de Cristo al sacrificarse en la Cruz; la de Sócrates al beber la cicuta tras haber sido condenado y la de Aquiles al marchar a una muerte segura en la mayor batalla de todos los tiempos en Troya. Los tres podrían haber elegido la vida eterna o la vida plena a secas. Jesús duda en el Monte de los Olivos al internarse en la noche y le pide a Dios que aparte ese cáliz; finalmente abrazará su destino y ascenderá el Calvario con la Cruz. A Sócrates le propone escapar su amigo Critón, que ha puesto en marcha una operación de fuga; finalmente se quedará, tras una conversación de lógica aplastante y morirá para dar sentido y coherencia a una vida de pensamiento. A Aquiles se le anunció la muerte en Troya desde el día de su nacimiento; por esa razón, su madre le ocultó en el Gineceo como a una mujer más, pero finalmente acudió a la guerra y eligió morir como un mortal cualquiera, a pesar de tener sangre divina corriendo en su venas. Los tres podrían haber vivido más tiempo negando su ser, pero la vida no es una cuestión de cantidad sino de autenticidad; una búsqueda de quién es uno en realidad, de a qué ha sido llamado cada cual a esta vida y de cómo es más allá de la simple apariencia el mundo circundante en el que estamos inmersos; no una vida entregada a la producción, el consumo, el entretenimiento y el placer efímero; sino al silencio, la contemplación, la trascendencia y la entrega desinteresada al otro.

En Los siete contra Tebas de Esquilo, Antígona hace valer la necesidad del duelo al poner en riesgo su vida —como hará Príamo en La Ilíada— yendo a enterrar a sus hermanos caídos en combate. Nuestro mundo insano ya no habla de la muerte —ni de la pérdida—, e incluso la niega al declararla una simple enfermedad que alguna vez podrá ser curada; no hay más que mirar nuestro trayecto conjunto más reciente como sociedad: hemos pasado una pandemia pero no tenemos imágenes de lo que ocurrió en los hospitales. Mandamos corresponsales a grabar impúdicamente la desgracia ajena y llenamos nuestras portadas de refugiados tristemente ahogados en las playas pero no somos capaces de emitir las imágenes que capturan la muerte de nuestros abuelos a consecuencia de un virus porque ni siquiera hemos tenido el valor de ir a filmarlas. Somos cobardes y vivimos de espaldas a lo verdaderamente esencial: hablar de la muerte es hablar de la vida y abrazar la Zona Cero es empezar a vivir con sentido.

Escribir es siempre conjurar aquello irrecuperable: el pasado, un ser querido, una ilusión perdida. Lo que fuimos y ya no seremos; lo que pudimos ser y elegimos no representar jamás. Jorge Semrpún supo conjurarlo con lucidez en una fórmula certera: la escritura o la vida. La palabra mata la vida y por eso todo lector de textos extraídos de la verdad ínsita a la vida y a la literatura vive rodeado de muerte. De sombra: cristalización de lo lóbrego. La escritura es un círculo de obscuridad cuyo umbral, una vez traspasado, es irreversible: el que cae enfermo de esa forma de conocimiento de la realidad a la que llamamos literatura no puede regresar indemne a la vida. La necesidad de una escritura —un lenguaje opuesto al lenguaje con el que los burócratas emborronan sus documentos oficiales y oficiosos— distinta, por entero, a lo que se puede decir mediante el habla cotidianamente, nace del intento de comprensión y de comunicación de aquello que según los parámetros habituales y convencionales de la existencia carece de entidad. Se escribe siempre para Dios, como ese Franz Kafka —cuya obra completa habla del silencio divino ante el sufrimiento humano—, que antes de morir quiso entregar todo su trabajo al fuego, dejando claro que el destinatario de su escritura era solamente Dios y no ningún hombre cuya comprensión esté sujeta de manera ínsita a lo contingente. El arte debe ser concebido por el creador y también por el afortunado receptor de turno como un diálogo entre el hombre y el absoluto donde la obra ejerce de vehículo entre ambas realidades igualmente existentes.

Mirar el vacío y articular el impacto opresivo de su pérdida en nosotros: todos tenemos un Paraíso Perdido del que hemos sido arrojados tras habernos sido arrebatada la inocencia y la pureza iniciales; suponiendo, eso sí, que alguna vez existieron. Desde entonces se hace inevitable vivir a la intemperie, como moradores del desierto expuestos a un agudo dolor constante y reconociendo que no tenemos nada que perder porque en el fondo hace tiempo que perdimos ya todo lo que era importante. Porque aquello que nos llena no tardará en vaciarnos y lo que hoy nos consuela mañana comenzará a desgarrarnos. ¿Dónde está la salvación, entonces? En la dignidad de quien respeta la verdad de lo ocurrido y de lo sentido por encima de todo, y que sabe transmitirlo o, sencillamente, vivir en consonancia y desde la coherencia con ello. Cuando miro desaparecer la luz en el atardecer del otoñal cielo madrileño estos días —antes de que una preciosa luna casi llena traiga la noche consigo—, solo puedo sentirme agradecido por vivir ese instante donde el morado, el naranja e incluso algunas tenues líneas de verde resplandecen sobre el fondo raso y azul. Un abismo imposible de llenar: esa Zona Cero imborrable que da sentido a una pérdida carente de sentido.