A los jueces que deliberaban sobre su vida, Sócrates les dijo que no era por testarudez ni por desprecio el que no les suplicara ni despertara en ellos la piedad; que echar mano a tan cobardes arbitrios, aparte de avergonzar a la ciudad y mancillar su reputación de prudente, sería tratar de torcer el deber de quienes lo juzgaban, pues no correspondía a sus súplicas el persuadirlos sino a las razones puras y legítimas de la justicia. Que así es como habían jurado permanecer ante los dioses.

Esta manera de argumentar, sencilla y vehemente, fue despreciada por los jueces. Los jueces, por supuesto, formando parte de la oligarquía o instigados por ésta, lejos de dictar una sentencia útil y justa, renegaron de su juramento y de su conciencia y condenaron a muerte a aquella naturaleza sabia y poderosa. Indirectamente, gracias a tal escandalosa decisión, el mundo ganó una enseñanza y un ejemplo. Y como nada hay en la justicia tan justo como lo que el azar ordena para su recomendación, los atenienses abominaron de tal manera a aquellos prevaricadores que, tras considerar infestado todo lo que les rodeaba, los sometieron a un vacío social tan estricto que no pudiendo soportar por más tiempo el odio público, se ahorcaron voluntariamente.

 

Contemplando ustedes, amables lectores, al actual pueblo español, ¿lo ven capacitado para actuar con el mismo sentido cívico que la ciudadanía ateniense del siglo IV-V a. C? Los españoles están ya tan inmunizados a los escándalos, tan cínicamente atrincherados en su desvergüenza, que una reacción así es impensable, porque aquí no pasa nada. Todo un Estado en entredicho, del rey abajo, pero aquí no pasa nada. Aquí, ahora, a Sócrates le hubieran condenado a muerte y al día siguiente las redes sociales se habrían plagado de chascarrillos. Porque en las humoradas, chirigotas y comicidad de feria hemos depositado todo nuestro civismo.

Porque el caso es que en esta tesitura actual en que se nos fuerza a renunciar a nuestras costumbres, de suerte que para vivir dejamos de vivir, debemos preguntarnos: ¿permitiremos que nos tasen nuestra vida a tan alto precio? Porque, ciertamente, en esta encrucijada estamos atrapados bajo la bota de una bestia, pero la multitud no acaba de identificarla. Y si no identificamos el mal nunca podremos combatirlo. Sólo unos pocos conocen y se resisten con más o menos habilidad a ese ente irracional y monstruoso, con más o menos empuje y convicción, con más o menos poder, con mayor o menor conciencia. Y sólo unos pocos saben que esa batalla contra el mal no está ganada nunca.

Pero esos pocos son insuficientes. Ítem más, sólo unos pocos saben o sospechan que la bestia no son sólo los jefes; que la bestia es también esa plebe que los elige o acepta como amos. Sólo unos pocos saben o sospechan que resistir al abominable acecho de esa bestia bifronte -popular y política- resulta, al fin, la única apuesta decente. Una apuesta que siempre tiene premio, aunque a veces, por retrasarse más de lo deseado, no lo disfruten muchos de esos luchadores empeñados en defender el bien.

Las pompas de estos pomposos siempre dan más impresión de vulgaridad que de esplendor. No tienen ideas, sino consignas. Si destripamos sus ocurrencias, tan ostentosas como hipócritas, comprobaremos que no contienen más que viento engañoso, turbulencia pestilente. Tenemos un Gobierno compuesto por los muy malos, los malísimos y los peores; con su infinita recua de asesores, todos ellos sabandijas de retrete de burdel. Es decir, por la hez de la hez. Gentes que mienten y mienten por necesidad, porque si hablaran con la verdad se acusarían a sí mismos, algo insoportable. La verdad los retrata, es su gran enemigo, por eso tienen que destruirla.

Si las últimas generaciones de españoles fueran mínimamente críticas, verían que las izquierdas ya se han quitado la máscara, porque a punto de llegar a su objetivo, se saben poderosas y a salvo de la justicia. Y sabrían que el enemigo también está dentro, en el mismo autobús en el que acuden al trabajo o al estudio; como sabrían que la democracia que todos ellos propugnan engendra el odio y el horror. Que su propaganda y sus promesas son un vil engaño, consistente en alimentar la sucesión y vicisitud de sus obras, dirigidas a la degradación y depredación del pueblo, permanente afán éste que han convertido en un negocio para el enriquecimiento personal. Y que se trata de mantenerse alerta para no sucumbir ante la absoluta falsedad de sus mensajes.

Pero las izquierdas resentidas son hábiles, porque son la maldad en ejercicio. Poseedoras de capacidad intimidatoria, gracias a su plantel de delincuentes a sueldo, vocacionales y violentos, y gracias a su clientelismo agresivo y fanático, obran muy sabiamente y de acuerdo a sí mismas al no dejar de corromper un estilo de vida corruptible, con lo cual subrayan año tras año su desprestigio en el poder, sin traicionar nunca la inmortal memoria de un fin miserable y diabólico. Deudoras como son sus obras, incluso sus vidas, no sólo de su dañino instinto, sino también del ejemplo de sus amos, para unos y otros resulta lamentable desperdiciar la existencia sin hacer el mal, pasando sus días de manera abnegada y virtuosa.

Este abyecto panorama de políticos y magistrados refocilándose en el cenagal de la corrupción; de desleales jefes de Estado y militares sin coraje para defender a la patria; esta estupidez suicida de cenáculos y de tertulianos con pruritos intelectuales y tiznes de derechas que no han aprendido nada de la Historia, que dicen conocer; este repugnante contubernio, tiene la definitiva ventaja de tener enfrente a una sociedad que prefiere el sosiego a la justicia, y la estabilidad consumista al derecho personal; una sociedad que no tiene sentido de la libertad ni puede tenerlo de la solidaridad ni de la verdadera igualdad.

La indiferencia ignorante de esta sociedad incapaz de enfrentarse a los gánsteres sociales y políticos y de indignarse al imponérsele unas leyes injustas, es el gran problema y no puede justificar nada, ni justificarse con nada, sino que por el contrario hace más rápida la caída, puesto que ningún grito se alza en las almas de la muchedumbre para advertírsela. Sin la primacía de la nobleza sobre la utilidad, la sociedad está vacía de honor, de contenido, a expensas de los saqueadores.

Las decepciones que producen los jefes corruptos pueden paralizar momentáneamente las esperanzas que no brotan de la pasión del poder. Pero las personas honorables siempre encuentran campo donde sembrar y hacer germinar algún ideal. Al aire libre, no en los chiringuitos donde los espíritus clientelares afanan sus ambiciones y oportunismos. 

A veces la historia nos regala ejemplares humanos perfectos por sus grandes cualidades. Desconsuela saber que casi siempre son sacrificados, por la insidia o por el hacha de los malvados, en aras del bien común. Pero la naturaleza, o la Providencia, aunque por caminos torcidos, acaba siendo justa con los hombres y mujeres leales a un código de principios, enamorados de la verdad y de la belleza.

Con firme voluntad y en la medida de nuestras fuerzas, hay que seguir combatiendo contra el mal, con esperanza.