Desde que allá por octubre de 2004 José Mª Aznar abandonara la presidencia del Partido Popular (PP) lo cierto es que dicha formación ha dado muestras constantes de una indolencia ideológica que le ha llevado a aceptar resignadamente el discurso de lo políticamente correcto dictado por la izquierda radical, asumiendo así su supuesta superioridad moral, lo cual sería insostenible si se estableciera un debate racional sin prejuicios apriorísticos.

De hecho, olvidando la máxima cristiana que nos enseña que “no solo de pan vive el hombre”, la derecha española representada por el PP se ha centrado exclusivamente en la economía, abandonando por completo la batalla cultural. Así, en una clara demostración de los expuesto, durante el mandato con mayoría absoluta de Mariano Rajoy, el gobierno del PP no fue tan siquiera capaz de derogar dos leyes promulgadas por la izquierda populista, como son la Ley de Memoria Histórica y la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, ambas anticonstitucionales por discriminatorias, así como rupturistas por frentistas. Igualmente, contraviniendo sus promesas electorales y pactando con la oposición, fue también incapaz de modificar la Ley Orgánica del Poder Judicial para que los miembros del Consejo General del Poder Judicial fueran elegidos no por el Congreso y el Senado en función de cuotas partidistas, sino directamente por los propios jueces, impidiendo de esta forma la separación de poderes, elemento indispensable de todo Estado de Derecho.

 

Con la desaparición forzosa de M. Rajoy de la escena política -debido a la pérdida de apoyo electoral, a las corruptelas en la financiación del partido y a una maquiavélica moción de censura por parte del PSOE- subió a la presidencia del PP Pablo Casado, el cual dejó claro al presentar su candidatura para tal cargo que su intención era reflotar el partido, para lo cual prometió emprender un rearme ideológico que permitiera recuperar las señas de identidad del centro-derecha español.

La elección de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz del grupo parlamentario parecía ir en esa dirección, pues si por algo destacaba la elegida era por un férreo compromiso con la defensa de los valores ilustrados, es decir, de los valores emanados de las luces de la razón y el conocimiento, acompañado de un libérrimo e indómito carácter.

 

Dotada de una inteligencia privilegiada, una vasta cultura derivada de su doctorado en Historia por la Universidad de Oxford, una profunda capacidad de análisis de la realidad sociopolítica y una oratoria serena e incisiva, cada uno de sus discursos en el Congreso de los Diputados constituían afilados dardos argumentales dirigidos a las entrañas mismas del populismo liberticida que caracteriza al entramado político de la coalición de gobierno social-comunista.

 

Pero este enfrentamiento, sin matices ni componendas, con el radicalismo de izquierdas era demasiado fuerte para un partido como el PP que lleva marcado en su ADN la sumisión y el entreguismo. Así, P. Casado, demostrando su escasa talla política, su limitado bagaje intelectual y su ligero equipaje moral, no fue capaz de aguantar la presión de los barones del partido que se supone dirige ni tampoco la algarabía de la izquierda mediática, de tal forma que, para contentar a tirios y troyanos, decidió en este agosto pandémico destituir a Cayetana de su puesto de portavoz.

 

La reacción de la diputada popular no se hizo esperar y convocó una rueda de prensa en la que, lejos de amilanarse, procedió a dar un magistral curso de ética política. Así, frente a la necesidad de respetar su autoridad para preservar la unidad del partido esgrimida por P. Casado como causa principal de su cese, Cayetana se posicionó a favor de la cultura de la ciudadanía y de la libertad individual, arguyendo “que la discrepancia no es sinónimo de deslealtad, que la libertad no es indisciplina y que el pensamiento propio nunca es un ataque a la autoridad”. A su vez, frente a la moderación ideológica planteada por P. Casado como otro de los motivos de su destitución, Cayetana defendió que el posicionamiento ideológico nunca puede ser radical cuando procede del análisis crítico de la realidad, mientras que la uniformidad de criterio en torno a “fórmulas poco imaginativas (…) fabricadas por las sedes centrales de los partidos políticos” no solo imposibilita la libre expresión del pensamiento propio, sino que también degrada a los partidos hasta convertirlos en sectas. Por lo tanto, frente al uniformismo reivindicado por P. Casado, lo que Cayetana vino a ensalzar fue el valor de la diversidad, la autonomía de criterio, la confianza mutua dentro del partido, la deliberación desde la libertad y, como corolario de todo ello, la unidad de acción.

 

En definitiva, Cayetana sostuvo en su intervención ante los medios la absoluta necesidad que tiene el centro-derecha español de emprender de una vez por todas la batalla cultural, defendiendo con convicción y firmeza los principios y valores propios de las democracias liberales frente a los postulados neomarxistas, abogando, de esta forma, por abandonar la sumisión ideológica ante el paradigma social-comunista en la que está instalado el PP desde hace ya demasiado tiempo.

 

Por todo lo expuesto entiendo que la destitución de Cayetana ha supuesto para el constitucionalismo  democrático la pérdida de uno de sus más grandes adalides, viniendo esta decisión a demostrar, una vez más, la falta de coraje del PP y, por ello, su incapacidad para liderar la reconstrucción moral de la nación española.