“Si una mujer blanca o un hombre blanco viniese a esta reunión…  no les prohibiríamos entrar pero podemos pedir a la gente blanca que guarde silencio, que sea un ... espectador silencioso”. Esto decía Audrey Pulvar, vicealcaldesa del ayuntamiento de París y candidata socialista a la presidencia de la región Ile-de-France, durante una entrevista realizada el pasado fin de semana en el canal BFM. Con estas palabras, la candidata socialista apoyaba a Mélanie Luce, presidente de la Unión Nacional de Estudiantes de Francia (UNEF), el mayor sindicato estudiantil y por el que han pasado la mayoría de los dirigentes socialistas, que reconocía que su organización celebraba reuniones en las que los estudiantes blancos estaban excluidos. Algo que quizá explique porque la mayoría de sus dirigentes son no blancos y musulmanes.

 

Las declaraciones de la candidata socialista han recibido las críticas del gobierno y de los partidos de la derecha. La más dura ha sido Marine Le Pen, que ha pedido a la fiscalía que tome medidas judiciales contra Pulvar por “discriminación racial”, pero el partido de la vicealcaldesa, el socialista, ha mantenido un vergonzoso silencio. La extrema izquierda de La Francia Insumisa y los verdes de Europa Ecológica – Los Verdes  han apoyado con entusiasmo el racismo antiblanco de la candidata.

Estas declaraciones no son nada nuevo, la discriminación hacia los blancos es cada vez mayor y más flagrante. Primero hablan de discriminación positiva, que no deja de ser una discriminación, y poco a poco se llega al racismo declarado. Libby Schaaf, alcaldesa blanca del Partido Demócrata en Oakland (una ciudad de casi medio millón de habitantes), ha implementado un programa de ayudas para familias pobres. Según informa el New York Post, el programa “Oakland Resilient Families” ha sido financiado con donaciones privadas y proporcionará cheques de 500 dólares durante 18 meses a familias cuyos ingresos anuales sean menores a 59,000 dólares (si tienen al menos un hijo) o menores de 30.000 en caso de adultos solteros. Pero estas ayudas no son para todos los pobres. Los blancos han sido excluidos del programa porque, según la alcaldesa, un Informe de Indicadores de Equidad de la ciudad de Oakland afirma que los hogares blancos ganan alrededor del triple que los afroamericanos. Sin embargo, ese mismo informe señala que casi uno de cada diez residentes blancos de la ciudad, unas 10.000 personas, viven en la pobreza y ganan menos de 12.880 dólares al año. ¿Se imaginan el escándalo si se hubiese privado de las ayudas a cualquier otro grupo racial?

Bajo la guía de lo políticamente correcto no sólo se discrimina a las personas por ser blancas y ser depositarias de ese pecado original, también se examina minuciosamente toda la historia y la cultura de la civilización occidental. En el año en el que se celebra el 700º aniversario de la muerte de Dante Alighieri, su obra maestra, La Divina Comedia, ha sufrido la censura en su nueva traducción en neerlandés. En el Infierno se ha eliminado el pasaje en el que aparece el profeta Mahoma “para no herir susceptibilidades innecesariamente”. Dante se encuentra a Mahoma en el noveno recinto del octavo círculo, custodiado por demonios con espadas y castigado “porque al difundir su religión habría sembrado la discordia en la Tierra”. Algo inaceptable para el progresismo porque el infierno es sólo para los blancos.

Esta locura, porque eso es lo que es, no conoce límites y se extiende a todos los ámbitos, incluida la música. La antaño prestigiosa universidad de Oxford se plantea cambiar el currículum de sus estudios musicales porque el repertorio clásico es “cómplice de la supremacía blanca”. Los profesores consideran que las obras de los compositores clásicos, como Mozart y Beethoven, se centran demasiado en la “música blanca europea de la época del esclavo” y que eso causa una gran angustia a los estudiantes de raza negra”. Según cuentan en The Telegraph, para conseguir una enseñanza más inclusiva estos comisarios políticos proponen sustituir las composiciones de Guillaume de Machaut, el compositor más celebre del siglo XIV y que encima era un clérigo, y de Schubert por “músicas africanas, globales y populares” y por un nuevo enfoque de la música pop, que permita estudiar a los artistas que exigieron al expresidente estadounidense Donald Trump que dejase de usar sus canciones. Unos héroes. Llegará el día en el que el concierto de año nuevo veamos una performance de Yoko Ono y no tengamos que sufrir la música de la blanquísima familia Strauss.

Libby Schaaf se arrodilla en un acto por George Floyd

Es imposible no reírse cuando uno lee semejantes majaderías, pero todo esto no son más que los síntomas de una enfermedad de autodesprecio y autoodio que se extiende bajo las ideas de la corrección política. Todo lo que nos hace ser lo que somos es puesto bajo la lupa de los comisarios y juzgado como “inadecuado”. La pintura, la literatura, la música, la belleza, incluso las matemáticas, todas son culpables, son demasiado “blancas” y deben ser revisadas en consecuencia. Y como toda la cultura occidental es culpable, nosotros, sus herederos, lo somos también. Por eso tenemos que permanecer callados en una reunión sindical o quedarnos directamente en la calle para no oprimir al resto, o, si tenemos la desgracia de ser pobres en Oakland, no recibir ayudas sociales. Pero no desesperemos, podemos salvarnos y hacer cursos para ser “menos blancos”, como el que realizó este año Coca Cola con sus empleados para construir un lugar de trabajo inclusivo. El curso nos explica que ser menos blanco es ser menos opresor, menos arrogante, menos seguro, menos ignorante, más humilde, escuchar, creer y romper con la solidaridad blanca. La comentarista conservadora Candace Owens señalaba que si una gran empresa instruyera a sus empleados negros a ser “menos negros”, el mundo explotaría y se iniciarían demandas judiciales. Es cierto, pero no pasa nada porque por más que nos repitan una y otra vez la palabra igualdad, no podemos ser iguales cuando se aplaude la discriminación. La igualdad que defiende el progresismo es la de la granja de animales de George Orwell, donde, después de que los cerdos instaurasen el régimen más “igualitario” del mundo, el comunismo, unos animales eran más iguales que otros. Y nosotros no somos los cerdos, somos los otros.