El liberalismo político, entendido éste como una filosofía política basada en la limitación del poder del Estado y la defensa de la libertad individual, trajo consigo el establecimiento de la democracia parlamentaria y el Estado de Derecho en todas aquellas naciones que se acogieron a su credo. De esta forma, el triunfo del liberalismo supuso la disminución del poder de la élite gobernante mediante la separación de poderes, la elevación del individuo a la categoría de sujeto soberano con el derecho de elegir a sus representantes políticos y la garantía de la igualdad ante la ley de todos los individuos independientemente de su sexo, raza, origen o condición social.

Asimismo, en el ámbito económico, el liberalismo trajo consigo el desarrollo de un mercado libre y competitivo que venía a permitir que cada individuo, en función de su esfuerzo, su talento y sus anhelos pudiera desarrollar su propio proyecto vital, todo ello dentro del marco legal establecido, pero, a la vez, sin interferencias arbitrarias por parte del Estado u otras instancias de poder. Evidentemente, como de manera acertada señala Friedrich A. Hayek en su obra Camino de Servidumbre, “Nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias, sobre todo el principio del laissez-faire. (…) En ningún sistema que pueda ser defendido racionalmente el Estado carecerá de todo quehacer. Un eficaz sistema de competencia necesita, tanto como cualquier otro, una estructura legal inteligentemente trazada y ajustada continuamente”. En definitiva, el liberalismo posibilitó que por primera vez en la historia de la humanidad el individuo se constituyera como el elemento central del entramado institucional y social, eliminando el muro social que separaba de manera infranqueable a las distintas clases sociales mediante lo que se ha dado en llamar el “ascensor social”, sin por ello desestimar el papel del Estado en aras de favorecer la cohesión social mediante la implantación de servicios públicos esenciales y la implementación de programas de ayuda a los más vulnerables.

De esta manera, en los países Occidentales se fue forjando progresivamente una sociedad de seres libres, con capacidad de elección y, por ello, con la posibilidad de decidir el camino a seguir a lo largo de su periplo vital. El resultado de todo ello no ha sido otro que la consecución de unas cotas de libertad individual y bienestar general jamás alcanzadas por la humanidad.

Por su parte, el socialcomunismo clásico, de la mano de la dictadura del proletariado, que en realidad es la tiranía del Partido Comunista, solo ha traído, como demuestra la historia de forma fehaciente, un estatalismo omnímodo y asfixiante, el enriquecimiento de unas élites gubernamentales cada vez más corruptas debido a la impunidad que les concedía el poder absoluto que ostentaban, la supresión de la libertad individual por medio de la represión policial y el establecimiento del pensamiento único a partir del adoctrinamiento y la coerción.

Acompañando a todo ello, el socialcomunismo procedió a la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción y a la implantación de una economía planificada, consistente en eliminar la competencia y la ley de la oferta y la demanda a la hora de orientar la producción y fijar los precios de bienes y servicios, quedando el conjunto de la economía en manos del Estado, el cual, por imposibilidad operativa dada la inmensa cantidad de input y output existentes en todo sistema económico, es incapaz de realizar una correcta gestión de los recursos, tanto humanos como materiales.

Nadie como León Trotsky, uno de los más conspicuos comunistas, ha definido mejor la premisa sobre la que se asienta todo régimen colectivista, al señalar que “En un país donde el único patrono es el Estado, la oposición significa la muerte por consunción lenta. El viejo principio <<el que no trabaje no comerá>> ha sido reemplazado por uno nuevo <<el que no obedezca no comerá>>”. En consecuencia, solo cabe concluir diciendo que el socialcomunismo lo que realmente ha conseguido es, mediante la opresión sistemática, convertir a pueblos y ciudades en zoológicos humanos para, a continuación, dada la manifiesta ineficacia de la economía planificada y su consecuente incapacidad para generar riqueza, redistribuir equitativamente la miseria producida entre el conjunto de una población permanentemente sometida y humillada.

El evidente éxito del liberalismo, así como el fracaso del socialcomunismo, llevó a que, en el Congreso celebrado en 1959 en la localidad de Bad Godesberg, el Partido Socialista de Alemania renunciara al marxismo y aceptara el libre mercado, si bien permaneciendo el sistema económico bajo la tutela del Estado. El rumbo que a partir de entonces siguió el socialismo se puede sintetizar con el lema “Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario”, manteniéndose así al menos las formas y dando un cierto margen de maniobra a todos aquellos amantes del colectivismo inasequibles al desaliento.

Este proceso de reformulación teórica se aceleró considerablemente con la caída del Muro de Berlín (1989) y el desmoronamiento de la Unión Soviética (1991), dejando a la izquierda en su conjunto en una situación de confusión absoluta, al verse obligada por la fuerza de los acontecimientos a aceptar contra natura los principios básicos del liberalismo, tanto político como económico. Sin embargo y a pesar de todo, cada vez que los socialistas llegan al poder, incapaces de refrenar su espíritu colectivista, no hacen otra cosa que aumentar el Gasto Público, situándolo muy por encima del PIB, lo cual lleva directamente a endeudarse más allá de lo recomendable mediante la emisión de Deuda Pública, dejando con todo ello las cuentas del Estado en una situación tan precaria que solo puede resolverse mediante la subida de impuestos. Se establece así una fiscalidad de carácter confiscatorio que, lejos de dinamizar la economía, lo que realmente trae consigo es la contracción del consumo, la disminución de la inversión privada y, como resultado de todo ello, el aumento de la tasa de desempleo, entrando así la economía en un círculo vicioso. Paralelamente a todo ello se comienzan a repartir subsidios cuya asignación va a parar no solo a personas en situación de vulnerabilidad y exclusión social sino también en gran medida a colectivos organizados con una gran capacidad de influencia en la opinión pública. El objetivo de todo ello es generar redes clientelares bien de voto cautivo, mediante el mantenimiento de un gran número de personas en un estado de miseria sostenible, o bien de voto interesado, dando satisfacción y recursos a determinados grupos de presión afines.

En resumen, mientras la economía entra en recesión y todos los indicadores económicos encienden las luces de alarma, el Gobierno socialista se dedica a intentar mantenerse a toda costa en el poder, hasta que por la fuerza de la gravedad de los hechos son enviados a la oposición, a pesar de sus denodados intentos de demonizar al centroderecha en su totalidad.

Precisamente para evitar ser descabalgados del poder, surge, fundamentalmente en Latinoamérica, el llamado socialismo del siglo XXI, el cual no es otra cosa que una deriva populista del socialismo, que lo único que pretende es implantar allí donde se establece regímenes totalitarios bajo un disfraz democrático.

Así, para alcanzar el poder desarrollan un discurso el cual, ajeno a cualquier atisbo de racionalidad y permanentemente instalado en la perversión del lenguaje, viene a caracterizarse por un hilo argumental sentimentaloide, pueril y lleno de cínicas promesas, por ser unas inequívocamente ineficaces y otras de imposible cumplimiento, sazonando todo ello con un supremacismo moral que resulta grotesco. El objetivo de todo ello es captar para la causa a menesterosos, fracasados, resentidos y tontos útiles acomodados, para así conformar una base social que posibilite su éxito electoral.

A su vez, una vez alcanzado el poder estos socialistas de nuevo cuño y viejo equipaje emprenden su tenebroso viaje, básicamente consistente en la subversión de la democracia mediante la eliminación de los partidos de la oposición, la represión de toda disidencia ciudadana y el control de las instituciones del Estado, la economía, la enseñanza y los medios de comunicación. De esta forma, tras unos pocos años en el poder, el Estado de Derecho se ve sustituido por lo que se ha dado en llamar “Estado democrático iliberal”, caracterizado por la celebración de simulacros electorales mediatizados por el Gobierno y la ausencia total de derechos y libertades civiles, mientras que en el ámbito socioeconómico se produce un empobrecimiento absoluto de la mayor parte de la población.

España se encuentra en este momento en un periodo de transición hacia el socialismo latinoamericano, con un presidente del Gobierno como Pedro Sánchez cuya personalidad se caracteriza por la triada oscura, esto es, por la psicopatía, el maquiavelismo y el narcisismo, mientras que su socios podemitas son la viva imagen del comunismo bolivariano. A este respecto es importante entender, como señaló F. A. Hayek, que “Solo si reconocemos a tiempo el peligro podemos tener la esperanza de conjurarlo”, ya que no cabe duda de que en el momento actual el futuro de España, que a la postre es el futuro de todos los españoles, es cuando menos tenebroso y, por ello, la esperanza necesaria. Sin embargo, lo cierto es que para enfrentarse con posibilidades de éxito a la amenaza que para la democracia y la libertad supone la alianza socialcomunista no basta con una mera declaración de intenciones, sino que es también y sobre todo necesario actuar con la inteligencia y determinación que tal empresa requiere.