Todo parece indicar que hay por delante un gran desierto y una larga travesía. Quienes tienen la convicción de que es posible un mundo mejor que el conocido y se resisten a aceptar y asimilar los postulados de los poderes de la élite financiera globalista, ven en la actualidad una situación más que difícil. Suena pesimista e inquietante pero las evidencias son objetivas y evidentes y ante ellas solo queda afrontarlas para intentar, al menos, salir lo menos maltrechos posible.

Después del proceso electoral en los Estados Unidos, el panorama mundial parece encaminarse hacia un cambio de paradigma histórico. Sucesos nunca vistos hasta ahora permiten prever el advenimiento de un mundo con un discurso único buenista que enmascara la peor de las tiranías, las de rostro amable que son aceptadas con gusto y sin resistencia.

Una muestra simbólica de ese cambio de escenario ha sido el corte de la transmisión en directo, por parte de las principales cadenas televisivas, al Presidente norteamericano en el mismo momento en que denunciaba un fraude electoral. Adujeron que sus palabras eran una falsedad y esa fue justificación suficiente.  Más grave aún es que esa censura fuera vista como algo positivo y efectuada por el bien de toda la ciudadanía, sentando así un peligroso precedente, una aberración antidemocrática asumida como algo normal.

Otro ejemplo del cambio de paradigma ha sido la proclamación por parte de las cadenas de televisión, de Biden como ganador de las elecciones, en medio de las denuncias de fraude y del suspenso en el recuento de votos. La prensa, cuya finalidad es informar, ha dejado de hacerlo para pasar a controlar la opinión pública y a decidir quién y qué es lo que puede decir y quién o qué no, inclusive al mismo Presidente de la primera potencia mundial.

En este nuevo contexto vemos que los medios y las redes sociales han remplazado a la Justicia y los Tribunales acabando finalmente con el espejismo de las libertades y la democracia. La formalidad de las conocidas hasta ahora como “democracias liberales”, con la división de poderes y libertades ciudadanas, ha desaparecido. La democracia está muerta. La opinión libre y disidente quedó demonizada y es acusada de conspiranoica, extremista, negacionista y antidemocrática.

La retórica buenista del discurso globalista se impuso finalmente en todos los medios de comunicación persiguiendo a las llamadas “fake news”, es decir, cualquier opinión, pensamiento o idea que se oponga al globalmente difundido por el Estado Profundo Planetario omnipotente.

La mayor parte de los líderes políticos mundiales, en realidad peones de la Agenda 2030 de la ONU, no han esperado para felicitar al “nuevo presidente virtual” norteamericano y alinearse al “reseteo” mundial del poder de la elite tecnológica, mediática y financiera. La ingeniería social que tiene como objetivo acabar con la identidad de los pueblos y estados nacionales soberanos, con sus particularidades y culturas herederas de lo mejor de la tradición de la Cultura Occidental y Cristiana, tiene hoy campo libre para acabar con ella.

El llamado progresismo con sus postulados multiculturales de un mundo sin trascendencia religiosa ni metafísica, sin fronteras ni raíces, y su modelo cultural, social y económico de sustitución y remplazo por una religión de buenismo laicista, no acepta cuestionamiento ni puede ser discutido. Quienes se atrevan a ello serán expulsados de manera implacable de la sociedad. Solo basta escuchar los discursos mediáticos, políticos, educativos y de entretenimiento para verlo con claridad.

Lamentablemente esta situación no es nueva, se viene anunciando desde hace décadas y no hemos sabido o querido verlo con toda claridad. Hoy este modelo lleva la delantera y ha tomado velocidad de crucero. Estamos a las puertas tal vez del inicio de una de las más largas hegemonías históricas y culturales más totalitarias que hayamos conocido, cuyos efectos pueden ser irreversibles. Su implantación ha sido posible gracias a las nuevas tecnologías de control y vigilancia y a la llamada biopolítica, como un instrumento en este mundo pandémico que ha asimilado la anormalidad y la sumisión del terror. El reseteo y el Nuevo Orden Mundial es aceptado voluntariamente y quien no lo haga deberá hacerlo para poder sobrevivir en él.

Lo que parece apocalíptico y distópico es posible comprobarlo simplemente entrando en la página web de Naciones Unidas y viendo los objetivos de su promocionada e impuesta Agenda 2030 (https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/development-agenda/), o los del Foro Económico Mundial, su Gran Reseteo y sus “predicciones para el mundo en 2030 (https://youtu.be/ZzdCTyMWQBshttps://www.weforum.org/agenda/2016/11/8-predictions-for-the-world-in-2030). Nada nuevo, ya que tanto uno como otro, llevan más de un lustro anunciándolo: el fin de la propiedad privada, gobierno mundial, transhumanismo, veganismo obligatorio, remplazo poblacional y asimilación cultural impuesta, estandarización de precios para la desaparición del combustible supuestamente contaminante, viajes a Marte con “estancia saludable en el espacio” (¿?), y finalmente los valores occidentales serán puestos a prueba, reconsiderando los principios que sustentan nuestras democracias. Ese es el mundo en el que quieren que vivan nuestros hijos dentro de tan solo nueve años. Ni Orwell ni  Huxley se hubiesen atrevido a tanto, una distópica dictadura planetaria sin lugar a disidentes.

A pesar de la grave situación y la desventaja, la partida aún no está acabada. Los hombres libres deben cambiar de estrategia. La que nos trajo hasta este punto no ha servido ¿Cómo resistir, recuperar fuerzas y terreno para evitar el colapso? ¿Aún se está a tiempo? La disputa actual de poderes continúa siendo la del identitarismo, el patriotismo y el soberanismo frente al globalismo homogeneizador totalitario. Estamos ante la disputa de un nuevo bloque histórico muy poderoso formado por las elites financieras internacionales y el “maocapitalismo” chino que comparten intereses y tecnologías para la transformación planetaria.

La identidad de los hombres y sus comunidades, las raíces de los pueblos, sus tradiciones y la Religión Verdadera, que amalgama pasado, presente y futuro, es lo que está en juego. Lo que quede en pie de los movimientos soberanistas será la alternativa al nuevo dogma globalista, a la religión laica del panteísmo ecológico santificado en Greta Thunberg. El sentido común y la Ley Natural son el dique de contención de las mayorías silenciosas ante la nueva religión monitorizada por el Estado materialista que encarna la hegemonía gramsciana y distópica en marcha a nivel global.

Son tiempos oscuros y hace falta coraje para asumir la defensa de los valores tradicionales y crear un bloque geopolítico histórico alternativo. La aparición, ascenso, triunfo electoral y presidencia de Donald Trump en los Estados unidos ha sido hasta ahora una línea de resistencia ante los poderes globalistas y un sostén para los movimientos soberanistas identitarios.

En el mapa político europeo, figuras como Marine Le Pen, Matteo Salvini, Viktor Orban, Andrzej Duda, Giorgia Meloni o incluso Santiago Abascal, encabezan partidos y movimientos diferentes e incluso contradictorios en muchos aspectos por la lógica de los diferentes recorridos históricos y culturales que identifican a sus pueblos. Frente a un poderoso enemigo común, que, en caso de vencer, no tendrían lugar alguno en ese mundo totalitario que están construyendo, los lideres soberanistas estarían obligados a la unión de fuerzas en común.  Si esa mayoría social que encabezó Donald Trump es finalmente derrotada, sería un duro golpe, probablemente definitivo, para todos los movimientos que hoy resisten el embiste globalista.

La última línea de resistencia aún está en pie y es la última fuerza frente al globalismo. Recordemos que después de una larga travesía en el desierto se encuentra la Tierra Prometida y que la Verdad prevalecerá, aunque en algún momento haya que pasar por las catacumbas.