Tristemente, el miedo, el terror sabiamente inoculado durante meses, ha servido para finalmente derrotar a España, convirtiendo a los españoles en una especie de macabra procesión de muertos vivientes que caminan, con semblante triste, ocultos tras las antiestéticas mascarillas, hacia ninguna parte.

La Nación, otrora altiva y orgullosa, se ha tornado en amedrantada y temerosa vencida por un virus fabricado en un oscuro laboratorio chino que se ha propagado de acuerdo con la conveniencia y los bastardos intereses del siniestro poder globalista cuyas zarpas agarrotan a esta pléyade políticos miserables y canallas que nos están gobernando que cumplen, fielmente y al pie de la letra, sus dictados.

Ahora, cuando ya las mascarillas no son obligatorias, la inmensa mayoría de los españoles, sin distinción de edad ni de sexo, siguen ocultos tras ellas, sin importarles las consecuencias que su dilatado uso pueda provocar.

Hemos visto personas de toda edad, niños, adultos, ancianos, paseando, incluso en solitario, con su rostro cubierto, ocultándose de la vista de los demás, y ahora ya no se puede aducir la posible sanción administrativa caso de no utilizar las hasta ahora obligatorias mascarillas.

Lo sospechábamos, muchos y muchas -aquí he de ser políticamente correcto- se sienten a gusto ocultos y ocultas tras esa tela que tapa sus caras, haciéndoles prácticamente irreconocibles y evitando así manifestar su temor y su tristeza o sabe Dios qué y, encima, mirando de mala forma a quien, como yo, no la usamos.

El terror nos ha derrotado y los objetivos de este poder global y miserable del que es fiel y servil esclavo este gobierno de indocumentados ha logrado sus objetivos.

Entretanto, los golpistas catalanes y los separatistas en general, todos ellos socios del miserable del pantalón del pitillo y andares chulescos, le hacen pagar su peaje a costa de la unidad de España y de su integridad territorial con el fin último de perseverarse en su poltrona. Sin embargo, aquí, nadie dice nada ya que el terror inoculado es el mejor antídoto contra cualquier protesta.

No solo se trata ya de conceder indultos a unos delincuentes que, de forma consciente, intencionada y manifiesta, atentaron contra la sagrada unidad de España, sino que encima, ahora habrá que condonarles la deuda que tienen con el Estado tras haber robado el dinero a manos llenas.

En un gesto de canallesca y vergonzosa sumisión a los dictados separatistas, este perverso individuo con andares de chulo barato de barrio chino cutre, ha permitido que el gobierno de España se siente, de igual a igual, con el formado por los golpistas catalanes, hasta el punto de tolerar que las Banderas se coloquen en oblicuo, con el fin de que la catalana quede al mismo nivel que la de todos los españoles. Un detalle este que, a lo mejor, ha pasado inadvertido para muchos, por eso hay que fijarse en este tipo de puestas en escena para comprender muchas cosas de las que, si no lo evitamos, están por venir.

Sin ir más lejos, el otro día, con motivo de la visita de S.M. el Rey a Cataluña para inaugurar el Congreso de móviles en Barcelona, las banderas de España, Cataluña y la CEE, estaban colocadas, a la derecha del monarca, en oblicuo, de tal forma que la más relevante era la cuatribarrada pues era la situada en un primer plano. Algo similar sucedió en la Moncloa cuando ese tipo deleznable que preside la Generalidad visitó al moncloita. Busquen imágenes y lo verán.

Pero la cosa no queda ahí, incluso la canalla etarra, unos criminales asesinos que mataron, de forma artera y traidora, sin recato, ahora son poco menos que unos héroes que se hacen acreedores a cualquier beneficio penitenciario, sin tan siquiera haber mostrado un mínimo de arrepentimiento.

Tal parece que la vida de los cientos de asesinados carece de valor y su sagrada memoria no nos exige reaccionar ante la canallada que se está perpetrando contra ellos.

Entretanto, España sigue callada, oculta tras las mascarillas, anhelando como único objetivo lograr que, por fin le inoculen la segunda dosis de tal o cual vacuna, sin siquiera molestarse en conocer sus efectos secundarios, para finalmente poder salir de “finde” a la “playita”, para tomar una “cañita” en una “terracita”. Esto es, realmente, lo único importante.

De igual modo, esa tipa que habita en su palacio de Galapagar sigue perseverando en su maliciosa intención de subvertir los esquemas más elementales y básicos de nuestra sociedad por medio de leyes a cada cual más descabellada y sectaria y aquí nadie alza la voz y, con una sumisión que apabulla, se acepta todo lo que nace en la cabeza de esta indocumentada y de sus adláteres de la maldita podemia, no sea que alguien pueda tacharlos de “fachas”.

Poco a poco, las minorías animalistas, ecologistas y lgtbijk y no sé cuántas letras más, todas ellas próximas a la canalla podemita, están ganando la batalla para lograr imponernos sus pautas de conducta y encima vamos a tener que pedirles perdón y arrodillarnos a su paso. ¡Ya está bien!

Hemos permitido que limiten nuestros derechos de circulación, de reunión, de manifestación; hemos permitido que digan que nuestros hijos no son nuestros, que son del Estado; hemos permitido que digan que el dinero público no es de nadie y así se lo puedan repartir entre los chiringuitos de los amiguetes; permitimos que se trate de dinamitar la separación de poderes para que todos confluyan en el gobierno y así pueda manejarlos a su antojo; estamos permitiendo que España se convierta en una dictadura al más rancio estilo bolchevique y aquí, todo el mundo sigue callado, sin levantar la voz.

España está gobernada por 35 individuos e individuas, a cada cual más inculto, más sectario y más miserable, representantes de un partido que está en franco descenso en cuanto a intención de voto y que cuenta con el apoyo fiel y servil de la bancada de palmeros socialistas, capaces de cualquier bellaquería con tal de mantener su poltrona bien remunerada.

Aquí ya no caben medias tintas. El único culpable de lo que aquí sucede es el partido socialista ya que, unos por acción y otros por omisión, están coadyubando a la destrucción de España sin que tal operación les preocupe lo más mínimo.

Aquí ya no cabe hablar de disciplina de partido, ni de lealtad ideológica, solo cabe hablar de dignidad y de patriotismo más allá del interés económico derivado de la percepción de las “treinta monedas” con que se paga la traición permanente de los socialistas que aplauden, sumisos, desde las bancadas, tanto nacionales, como autonómicas, provinciales o municipales, las decisiones de este siniestro tipo del pantalón de pitillo y andares chulescos que está acabando con España y del que son sus cómplices necesarios.

Es más, incluso ya no sirve solo esto. Si todavía queda algún socialista que tenga un mínimo de dignidad, por muy poca que sea, debería de inmediato romper el carné y desvincularse de ese partido tóxico en el que milita. No hablo de renunciar a conceptos ideológicos, hablo de no prestarse a ser cómplice de la canallada que se está cometiendo con España.

Algo similar sucede con el resto de los españoles que siguen sumisos y entregados, ocultos tras los bozales, más preocupados por el “veranito” que por el futuro que le espera a España, una Nación que, por cierto, cada día pesa menos en concierto internacional, convirtiéndose en el hazmerreír del mundo.

Ojalá algún día despertemos y perdiendo el miedo, arranquemos las mascarillas, para exigir voz en grito que estos canallas que nos gobiernan se vayan para casa o para la cárcel, ya se verá.