No es novedad que Occidente vive una prolongada y acusada decadencia desde hace tiempo. Sociedades abandonadas en la opulencia que se dejan morir en un rápido suicidio demográfico mientras estiran su infancia mucho más allá de la mayoría de edad legal. Hechos incómodos íntimamente relacionados para los que nunca queda tiempo en nuestra loca y hedonista carrera hacia la nada.

El derrumbe en público de la gimnasta estadounidense Simone Biles puso de relieve, una vez más, el espíritu derrotista de muchos españoles, animados a exhibir públicamente su adhesión a la humana debilidad de la atleta. Por supuesto, inducidos por las televisiones, las radios y los periódicos que, exudando solidaridad a raudales en homogénea comunión, elevaron el hundimiento psicológico de la campeona olímpica y del mundo a la categoría de símbolo y modelo.

Dicho lo anterior, tampoco es de extrañar que apenas quince días después todo Occidente asumiera la vergonzosa derrota y huida de Afganistán con idéntica “naturalidad” indolente…

Pero volvamos al caso Biles y a la subsiguiente exaltación de la sinceridad como fortaleza, aun referida a un gesto claudicante. Por supuesto, no nos sorprende que una abrumadora mayoría de tertulianos y articulistas aprovecharan tan pintiparada ocasión para situarse una vez más en el lado “correcto” de la historia. Porque hace ya muchos años que la emoción arrumbó la razón al rincón de los parias, impregnando por completo el periodismo, la educación y la política. Recordemos aquella ola de cretinismo lacrimógeno popularizada por los medios en los años noventa del siglo pasado que alentaba el lloro en público como honroso rasgo de “humanidad”. Moda ridícula o manía por la que los futbolistas, políticos y casi cualquier bicho viviente hacían pucheros por todo y con cualquier excusa para mostrar su “sensibilidad”.

Ahora bien, asumiendo la sensiblería y estulticia reinantes y la dificultad para encontrar razonamientos lógicos en la prensa, hay casos sintomáticos que merecen atención y una crítica exhaustiva. No sólo por el interés que suscita que compendien en breve espacio y de forma casi artística un buen número de falacias y estupideces, sino por el espacio de privilegio que se les concede en sus medios. Auténticos monumentos al desorden mental que moverían a risa si no abordasen cuestiones importantes, reservadas hoy, al parecer, a personajes de poco fuste o, como se dice popularmente, chisgarabises de medio pelo.

Muy recientemente, a propósito de la exótica ocurrencia de ubicar un cuadro de Picasso en el Museo del Prado, un pájaro juntaletras –apellidado Lucas, como el pato– del segundo panfleto escrito de tirada nacional “razonaba”: “Alguna gente recela de que Picasso tenga sitio permanente en el Museo del Prado. Otros tomamos esa noticia como algo fabuloso. […] El Guernica, que pintó para denunciar el crimen de la Legión Cóndor (nazi) cuando el apoyo a Franco y su soldadesca, se convirtió en el retablo laico ante el que dos generaciones de demócratas iban a tomar las aguas. Lo recuerdo de niño […] y también conservo en la memoria la atmósfera de devoción y silencio de aquellos adultos que se hacía sitio en la sala grande para adorarlo. […] (el Prado) es la única institución que ha logrado un pacto parlamentario para ser excluida del barro político. […] Y como el Prado está tan al margen (de la política) y tan vivo suma un picasso a su escudería. Ya son muy pocos los que sospechan, los que se enfadan, incluso los que se sienten defraudados”.

Alucinante documento coherente únicamente por el sectarismo que lo impregna y digno de análisis, precisamente, por reunir en sí todos los puntos que definen el fanatismo.

Perdóneseme que proceda a la disección de tan rico muestrario de insensateces bajo la fórmula informal de tutear al autor.

Vamos a ver, si lo primero que haces es una lectura política de Picasso asociándolo automáticamente al Guernica, y con razón hablas de retablo laico, de devoción y de adoración, previa arremetida cargada de desprecio contra media España contenida en la injuria “Franco y su soldadesca”, no pretendas luego que Picasso quede al margen de la política. No sólo es idiota. Es ilógico.

Por otro lado, es falso que el Prado esté “excluido del barro político”: el presidente del Patronato del Museo es Javier Solana, ministro del corruptísimo PSOE de los años ochenta y noventa. Y te recuerdo que ese mismo Patronato respaldó hace muy poco el cambio de nombre de muchas pinturas en pos de una resignificación política de la obra expuesta. Siempre está mal intentar engañar al lector, pero es infantil querer hacerlo cuando se tienen ejemplos tan recientes de contraste.

También es absurdo que después de demostrar que no puedes hablar de Picasso sin vincularlo a la política, digas elogiar que el Prado quede aparte de la lucha política; para a continuación simular que introducir un picasso en el Prado no altera, precisamente, su festejado estatus de neutralidad. Vamos, que se puede ser rematadamente necio, tonto de capirote y, finalmente, Lucas.

Por último, echar mano del burdo truco del presunto número de los que comparten tu postura es tan pueril como ridículo. ¿Qué es eso de que “ya son muy pocos” los que opinan lo contrario que tú? ¿Acaso el número de los opinadores en uno u otro sentido añade o quita valor a la verdad? ¿O es que ese “ya” no encierra el oscuro y totalitario deseo de erradicar por completo a los discrepantes?

No parece ser éste el mejor ejemplo de demócrata, pero menos aún de pensador. Todo un epítome, eso sí, en muy corto espacio, de burda manipulación periodística para un público de altura intelectual similar.