La Ideología de Género emerge como una consideración de análisis de la realidad social y política a finales del siglo XX y principios del XXI. Podríamos decir que considera que lo femenino y lo masculino son dimensiones de origen cultural en el ser humano, eliminando toda relevancia en el plano biológico. De esta forma la Ideología de Género pretende discernir y denunciar los condicionamientos culturales que oprimen a la mujer a la vez que promueve iniciativas para liberarla de estos condicionamientos. No es nada nuevo que aparezcan ideologías cuyo motor es el odio. A lo largo del pasado siglo XX surgió el marxismo, que se basaba en el odio entre clases; el nazismo cuyo pilar era el odio entre razas y hoy en día tenemos la ideología de género, que pretende fomentar el odio entre sexos.

El Feminismo es una doctrina y movimiento social que pide para la mujer el reconocimiento de unas capacidades y unos derechos que tradicionalmente han estado reservados para los hombres.

Respeto es la consideración de que algo es digno y debe de ser considerado y tolerado.

Hechas estas aclaraciones, podemos comprobar cómo el feminismo y la ideología de género se han ensamblado en una a la perfección, utilizando cualquier clase de mecanismo para generar desigualdades e inequidad con el fin de generar violencia y promover enfrentamientos sociales. El arma más diabólica y destructiva es la mal llamada Ley Integral contra la Violencia de Género, que permite a la mujer hacer uso y abuso no solo de la ley sino de toda la infraestructura que está construida a su alrededor en forma de juzgados especiales para ella, servicios sociales y sanitarios así como ayudas y trabajos específicos para ella. De tal manera que, cualquier mujer que denuncie o simplemente alegue que ha sido maltratada por un hombre, generalmente pareja o ex pareja, tiene derecho absolutamente a todo, como si de una nueva clase social se tratara.

La desfachatez llega a extremos de odio hacia el hombre, pero también hacia las mujeres que no pensemos igual que ellas. Cualquier persona que alegue que lucha por una igualdad real y efectiva entre personas pero que a la vez, critique la ideología de género y defienda a los hombres, automáticamente es tildada de machista, término que actualmente se utiliza junto al de patriarcado y heteropatriarcado con una ligereza verdaderamente bochornosa.

Si a la política de turno se la acusa de haber falsificado sus estudios, automáticamente la autodefensa perfecta es que quien ha hecho semejante acusación es machista.

Si a otra política se le ocurre la brillante idea de exiliarse o llorar en público nadie puede osar a recriminar semejante conducta, puesto que automáticamente se le tildará de machista.

Si a una mujer se le ocurre decir que esta ideología no la representa, obviamente se trata de una mujer machista.

Si una mujer dice no querer hacer huelga el 8 de marzo porque no se considera feminista y no está de acuerdo con los postulados que ese día defiende, ¿de qué será acusada? Obviamente, de machista.

Si una mujer rehace su vida en una familia reconstituida y defiende a su pareja y a la familia, será tildada de ultraderechista, de pertenencia al Opus Dei y de….. machista. Lo mismo que si es madre de familia numerosa.

Y ya no digamos de la que se dedica a cuidar a sus hijos, de ser capaz de dejar un trabajo por dedicarse a su educación….. Eso ya está muy mal visto y, por supuesto, es machista.

Una de las cosas que también me llama la atención de este feminismo rancio es el hecho de que el cuidado y la educación de los hijos habidos en el matrimonio recaiga en la madre en exclusividad en caso de separación o divorcio, salvo que haya acuerdo mutuo. Y sin embargo no lo tildan de machista.

Si se dice que las mujeres también matan, es machismo en grado máximo, porque según el feminismo de género las mujeres somos más buenas, honradas, estudiosas e inteligentes que el hombre y además no somos violentas. Y quien diga lo contrario…. ¡Es machista!

La igualdad real y efectiva significa que se nos trate a hombres y mujeres como personas que somos, no por nuestros sexos.

Significa tener los mismos derechos y oportunidades.

Significa no pedir privilegios ni ventajas para intentar superar al otro.

Significa jugar en igualdad de condiciones.

Significa optar a un puesto de trabajo por nuestras capacidades físicas e intelectuales, no por nuestra inclinación sexual ni por nuestro sexo biológico.

Y sobre todo, significa tener capacidad de opinar, pensar y actuar en libertad.

En resumen, significa respetar a la persona que tenemos enfrente, aceptarla como es, porque todos, absolutamente todos tenemos virtudes y defectos inherentes a nuestra condición sexual.

Para convivir en igualdad antes que nada tenemos que ser libres.