El mutilado de guerra establece como principios en su jerarquía de valores a la amistad y a la buena palabra como pautas para seguir viviendo sus últimos días. Y como de bien nacidos es ser agradecidos, muestra su inmensa gratitud al variado abanico de amigos que le visitan: hombres de armas y letras, empresarios, médicos, artistas, religiosos, poetas, historiadores, etc., Gracias a ellos -me dice- que puede pensar y vivir la paz que nunca pudo conocer. Al final la vida suele guardar una grata sorpresa.

La vida, que es un juego peligroso de niños, o un juego de niños peligrosos, nos regala al concluir de tanto bregar este paréntesis postrero en el que todo se puede ver sereno, con meridiana claridad, ya que las cosas dejan de preocupar y se tornan más amables. Mientras no se pierda la cabeza, que también. Al perder la memoria la experiencia ya no sirve para nada. Se acaba el entendimiento y la voluntad. Porque la que se pierde es la palabra; el verbo, que es el principio y fin de todas las cosas. Pues los años que dan raciocinio y sensibilidad, también pueden traer fragilidad, impotencia y desdicha, que son lidiadas de otra manera.

Todo tiene una mancha en medio de su brillo y por eso la perfección no puede ser de este mundo. Y bien es cierto que no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla. Así la historia no es más que una lucha de unos hombres para dominar a los otros, adonde todos se matan por tener la razón que no es de nadie, si no el espejismo que unos se arrogan en el hormiguero del mundo tras arrojar sobre el incendio una bidón de gasolina para apagarlo. El sueño de la razón produce monstruos. El veterano piensa que lo que pasó en París, como pasa en cualquier otra parte del orbe, vendrá para Madrid, pasará en España, pero esta sospecha sólo la comenta con los íntimos amigos. Pues de hecho los mismos ataques yihadistas, se repitieron después en Barcelona, y precisamente hoy, 17 de agosto, hace cuatro años, cometieron el último atentado, el mayor crimen terrorista desde el de Hipercor, de ETA, en los años ochenta.

Con los íntimos amigos se habla de lo que no se puede hablar con nadie, porque ni lo entendería. Lo inexpresable viene a ser inentendible, porque es lo inefable. Hay una brecha grande entre todas las personas, un gran desgarro humano entre las generaciones, los pueblos, y las familias. Entre los padres y los hijos, y estos con sus maestros, entre los esposos, y todo lo que represente un principio del bien y la fraternidad; de autoridad, orden y respeto. Todo lo que sea diferente no es admitido, bajo esta filosofía tiránica del pensamiento único, que mata la libertad en nombre de la libertad, que está impuesta por los mayores enemigos de la humanidad. Es la utopía destructora en la que meten a mucha gente, y en la que caen como moscas en la miel. Así vino lo que tenemos con esas falsas doctrinas. Vino la crisis en todos los órdenes. Hoy todo está en crisis, hasta la amistad. Es una brecha insalvable que se potencia con el antifaz de la pandemia del virus comunista, de cuyo origen nada se habla. Del fenómeno del comunismo jamás se habla nada, pero se acepta a pié juntilla. Se está rompiendo a pasos agigantados la consistencia y el sentido común, y su coherencia con la vida, llevándose a familiares y amigos, a cualquier ser, con lo que nos quedamos pasmados al recibir la noticia; encogidos de hombros, sin capacidad de reaccionar. Recibes un tortazo en seco sin saber de dónde te vino. Nadie te avisó que te lo iban a dar y te cae por sorpresa, como una puñalada trapera. Se mueren de miedo y soledad por el virus letal. La sociedad en su estado de descomposición sigue su marcha hacia la autodestrucción. Nadie la critica y menos la para, y encima, le dicen, los que viven de ello, que eso es lo bueno. Que eso es el progresismo y el feminismo que conduce al paraíso.  Y sigue su progreso que ya vemos cual es, y que nos espanta. Nos causa estupor la atrocidad de tanta barbarie. Eso es exactamente la destrucción y el fin del mundo.

Sólo la mejor confesión se puede hacer en la íntima amistad. Es el único reducto donde pueden entenderte. La paz que tuvimos, hoy se fue, llevándose todos los valores, razones y sentidos de vivir. Los principios y virtudes, y en su hueco pusieron todos los vicios y estupideces. Quitaron a Dios, y en su lugar, pusieron a Barrabás. Pusieron la traición, el odio y la división fratricida entre españoles. Asesinaron la Patria que era lo contrario a eso y mucho más. Aún vemos el rastro que ha dejado otra vida mejor, más decente y honorable; aquella estela luminosa que nos guiaba. El anhelo de la paz es lo único que nos queda.