Recuerdo la historia de España reflejada en los cuadernos escolares de mis mayores, en el vivo colorido de pinturas y flamear de banderas clamorosas al viento azul de la mañana. En las batallas ganadas ya iba la proyección de una Patria inmensa, que era la nuestra. Fui descubriendo las cosas poco a poco. Lo más contundente serían las cartas aún humeantes de la guerra. Las cartas que circulaban por la llamada zona nacional, incluso por zona roja, en plena contienda; sobre todo las más fehacientes y vivos exponentes, las cartas familiares de mis tíos desde el frente nacional a sus gentes. Se notaba en ellas el palpitar de la batalla, el fragor del combate. Olían a pólvora de parapeto, a la trinchera en que fueron escritas bajo el fuego enemigo, al valor necesario para vencer o morir. Olían a España por la que se luchaba. Estaban cargadas de futuro, de patriotismo, de utopía, ilusión y sentimiento, con sus postales alusivas a la batalla del Ebro; a la lucha en el avance hacia el Mare Nostrum. Y con retratos de héroes y mártires de España. Ignoro qué hacer con tan valioso material que, menos a mí, a nadie parece importarle un comino.

No hallé documentos más impresionantes que estas cartas; ni encontré a gente más convencida que a sus autores y receptores. Sirva la del párroco don Deogracias, batallando de capellán castrense por los frentes de Teruel, cuando pedía a sus feligreses que rezaran mucho para que él llegara a ser santo. La fe mueve montañas. Y gana guerras. Y ayuda a vivir y a morir.

Con todo esto nos educaron y fue lo que vimos al arribar en este Valle de Lágrimas. Con ese don de santidad que Dios concede a los humildes y limpios de corazón. Se abrazaba el bien y la verdad; toda la esperanza del mundo perfecto en construcción que se estaba fraguando con la dureza de hierro del yunque. Éramos vencedores del mal y esto tenía un largo significado. "España era una unidad de destino en lo universal". Bastaba leer el libro de "Los forjadores de la nueva España". Aprendí a leer en el Quijote, de pie. Era signo de respeto, se oía mejor e identificaba al relator. No existía la maldad. Todo se ofrecía en aras de lo mejor de sí mismo. El arte mostraba la verdad, y aquellos versos de años antes, cuando aún no había acabado la guerra; aquellos versos conmemorativos de la toma de cualquier ciudad o victoria, que mi madre, entonces casi niña, dedicaba a sus hermanos luchando por el Ebro y que decían: "...los hombres abandonaban / preso en el surco el arado / las mujeres, a sus hijos, gritaban: !Ya llego Franco...! / Se oyó un murmullo de besos / y laureles en los campos / y hambrientos de primavera, / todos tras él se marcharon / a buscar por los caminos / la estrella del visionario". "... se estremecieron los montes / dolor de Monte Calvario, / sonaron gritos de imperio / rotos de angustia en los labios, / y por los vientos del mundo / con temblor de meridiano, / desde la América virgen, hasta el oriente lejano, / retumbó el nombre del César: !Franco...!" (...) "En el reloj han sonado las doce: me avergüenzo / de tener varias mantas en mi cama / y estar tranquilamente bajo techo / mientras en las entrañas lívidas de esta noche / están luchando ellos... Ellos, mis hermanos. / Mis heroicos hermanos / mis nobles guerrilleros. / Estas ropas calientes me resultan sudarios y no es bastante el rezo / para saberme absuelta del pecado de un dulce bienestar que no merezco. / Y así que me levante a la mañana / marchita del insomnio consejero / he de hacer un paquete bien repleto con mantas para ellos. / Y así cuando me acueste y haga frío / y llueva como ahora está lloviendo, / diré que soy humana, y he cumplido un deber que nos grita el sentimiento / Mis queridos hermanos; mis nobles guerrilleros..."

 

Somos hijos de la guerra y esto imprime carácter; marca nuestra piel con el hierro candente del destino, como a las reses que van al matadero. Aquella educación de victoria era una extensión de guerra para conseguir la paz. Más tarde fui al campamento del Frente de Juventudes, a "La Solana y el Cueto", un campamento joseantoniano, de Falange Española y de las JONS; de la Falange Tradicionalista de la Junta Ofensiva Nacional-Sindicalista. Entre canciones de guerra y laureles del triunfo, respire el ambiente enaltecido de posguerra. En la cabeza gravitaba la idea marcial de España. Porque España éramos nosotros. Como aún lo seguimos siendo sin apartar o dividir a nadie, como hacen hoy con nosotros. Con el emblema del yugo y las flechas, símbolos de los Reyes Católicos, sobre la "camisa nueva" azul, y la boina roja, tras la bandera rojinegra, entonábamos, "Un flecha en un campamento...", o "Montañas nevadas, banderas al viento..." desfilando alegres, ardientes y dichosos por las márgenes frescas del río Porma en la villa de Boñar.

Pasado el tiempo la Guerra Civil me avergüenza y produce un pudor soterrado. Nadie que estuvo en la parte vencedora quiere recordarla. Al menos tienen vergüenza. No la he vivido, y no la olvido, para no estar condenado a repetirla. Desde luego nunca me avergonzaría de los que la ganaron sin haberla empezado como hoy falsamente les atribuyen. La guerra nunca la empezó Franco, como les dicen a los jóvenes, con una historia manipulada. La guerra la empezó la extrema izquierda, el Frente Popular, Francisco Largo Caballero, Indalecio Prieto, cuya escolta asesinó hasta el jefe de la oposición, Calvo Sotelo; la empezó el ladrón mayor de España, Negrín, que robó hasta el oro nacional del Banco de España. La historia que hoy reescriben los que están en el poder es tan falsa como ellos. Está manipulada, pervertida, falseada y omiten todo lo que hicieron ellos. ¿Dónde están las víctimas de los rojos? Hoy lo primero fue dividir a los españoles, para reeditar otra guerra civil, poniéndolo todo patas arriba. Así siguen hasta conseguir la desesperación, el hambre, la ruina, el miedo y el terror, lo siguiente ya es la guerra fratricida. Si aquella vez, la España decente, no se defiende, hubiera sido borrada del mapa por la España auto bautizada, roja. Hubiera sido quemada con conventos, iglesias y todo lo que arrasaban las hordas rojas. Invadían los pueblos, se los apropiaban y asesinaban a todo el que les dio por llamarlo Fascista. Y por menos. Y por nada. Y así empezó la guerra, hasta que el tan esperado ejército nacional pudo reaccionar. Y consiguió liberar a España de la barbarie roja, comunista, marxista... La que presume hoy de "progresista" y su estupidez.

Mi relato de la guerra cambió radical desde la transición que eliminó ZP y la extrema izquierda. Diluida ya mucho antes la Sombra del Movimiento, desde el 11 M, (2004) de cuyo atentado desconocemos autores y orígenes, pero no quién se benefició y lo ocultó rápidamente para que nada se descubriera. La izquierda tomó el poder y ya no lo soltó. Las elecciones aunque las pierda le da lo mismo. Perdió también la vergüenza, para conseguir lo que le da la gana, saltándose la ley. Es fácil inferir quién está detrás de todo y se oculta. ¿Dónde está la superioridad moral de la que les gusta tanto presumir? Y ¿la dignidad? Al igual que quieren esta guerra que inician, empezaron aquella. Quedan bien retratados. De hecho, hasta la transición que se portaron normal, nunca pidieron perdón. Sólo pedían dinero y se lo dieron a espuertas, y aún no se hartaron. Escondían en la bocamanga el as de la revancha y del odio que hoy a sus hijos les revienta por los poros de la piel. Hoy sólo les asiste la superioridad en la maldad. Nadie podía imaginarse que nos iban hacer llegar hasta esta situación prebélica. Nadie podía imaginarse lo que son capaces de esconder y mentir. La guerra civil la empezaron ellos y no contentos con la destrucción de España, hoy se mantienen en la misma línea. Mi relato cambió -decía- desde la transición y mi primera novela realista, Frente Norte... que tardé más de 20 años en sacarla a la luz. No tenía tiempo de publicarla, ni tampoco prisa por ello, persuadido de que la impaciencia es madre de toda extravagancia.

La conmiseración por el vencido, saltó por los aires, resultó ser el mayor desengaño. Eran monstruos con piel de cordero. Reciban pues todo nuestro desprecio que no llega al que se han ganado. Reciban nuestra indiferencia. Nunca participaremos en el sucio juego de su diabólico campo de exterminio. Nos defenderemos de su personalidad satánica de hijos del mal, con mano firme, como la otra vez. Nunca van a ganar, estos necios que no escarmientan, ni curan su soberbia, odio y estupidez que tanto asco dan. Que se queden retozando en su perversidad que es lo suyo.

Fin