Una sociedad que no es capaz de honrar a sus héroes no es otra cosa que una masa de hombres y mujeres que camina, aborregada, hacia ninguna parte, sin un horizonte que la convierta en una unidad de destino en lo universal.

Muchos tenemos grabados en la retina de nuestros recuerdos aquellos impresionantes y emotivos recibimientos dispensados, en otros países, a sus soldados al regreso de una peligrosa misión en el exterior. Estados Unidos, Canadá..., incluso aquel homenaje espontáneo que los chilenos dispensaron a efectivos de nuestra Unidad Militar de Emergencias (UME), cuando abandonaron aquel país hermano, tras haber colaborado activamente en la extinción de unos graves incendios declarados en 2017. Gestos que reconfortan y justifican las penalidades sufridas a lo largo de la misión ejecutada, lejos de casa y de los seres queridos.

Incluso, algunas veces, vistiendo, tanto el uniforme de mi querida Policía Nacional, como el de la gloriosa Infantería de Marina, me han sorprendido estos gestos de agradecimiento de los que son protagonistas muchos ciudadanos anónimos que se acercan a ti para agradecerte simplemente el hecho de que estés ahí, a sabiendas de que en lo que representas, en tu uniforme, ellos tienen depositada su seguridad y protección.

Gestos como estos justifican muchas horas de penalidades, muchas noches sin dormir, incluso los peligros, a veces inciertos, que has tenido que arrostrar en el fiel cumplimiento de tu deber. No hace falta que nadie te ponga medallas, ni siquiera que el político de turno venga a agradecerte nada pues de sobra sabes que no lo hace por ti, que lo hace por él para sacar pecho mientras permanece sentado en su cómoda poltrona, rodeado de lujos y protegido por otros, como tú, que alejan de él cualquier peligro.

Sin embargo, el aplauso, es igual que sea silencioso o clamoroso; una palmada en el hombro o simplemente una sonrisa de compatriotas anónimos con los que te cruzas por la calle o que te encuentras en un aeropuerto, eso sí que justifica los esfuerzos y las penalidades sufridas para dar cumplimiento a la misión por muy dura y ardua que haya sido.

Estos días, están regresando a casa los policías y soldados que han sabido mantener el tipo y la dignidad de España en Afganistán y lo han hecho casi por la puerta de atrás, algo parecido a lo que sucedía cuando nos obligaban a celebrar los funerales y entierros de nuestros caídos, asesinados vilmente por el terrorismo marxista etarra, por la noche y a escondidas o el cura o el obispo de turno no permitía que la gloriosa Bandera de España, la razón por la que entregó la vida, cubriese su ataúd.

No se ha visto que nadie, salvo las comisiones oficiales, si las hubo, acudiesen a recibir a ninguno de los retornados a los aeropuertos, simplemente para testimoniarles su gratitud por el hecho de haber arrostrado riesgos enormes para defender los intereses de España y de los españoles. Faltaron aplausos, sonrisas, abrazos que son las mejores condecoraciones que puede recibir quien es capaz de arriesgarse a perder la vida en defensa de los demás. Pues que nadie se equivoque si piensa que los que tenemos la sagrada misión de asumir la defensa de España, tanto de enemigos interiores como exteriores, lo hacemos por un sueldo ya que, de ser así, no habría dinero capaz de resarcirnos de las penalidades y sufrimientos a los que tenemos que enfrentarnos cada día, con la incertidumbre de saber si habrá un mañana.

El otro día al aeropuerto de La Coruña regresó, procedente de Afganistán, el Policía Nacional Víctor Bellón, destinado en la VIII Unidad de Intervención Policial con base en la ciudad. Eran muy pocos los que acudieron a recibirlo, a darle públicamente las gracias por haber arriesgado su vida por todos nosotros. Simplemente, un puñado de amigos y alguno de sus mandos, nadie más. Incluso la gente, poca o mucha, que transitaba por el aeropuerto, al percatarse de la presencia de los medios de comunicación, lo miraban como tontos preguntándose, seguramente, si sería un nuevo fichaje del R.C. Deportivo.

Algo similar sucedió cuando efectivos de la misma Unidad en la que sirve Víctor Bellón, regresaron, tanto de la operación “Copérnico”, como de la “Icaro”, aquellas que se desarrollaron en Cataluña para poner la proa a los golpistas catalanes y en las que muchos resultaron gravemente heridos, tampoco nadie acudió a recibirlos, a testimoniarles su gratitud por defender la sagrada unidad de España.

Sí, ya sabemos que luego vendrán las condecoraciones, pero también sabemos que no se trata de eso, que se trata del respaldo moral y afectivo que te debe dar el pueblo al que sirves sin regatear esfuerzos, eso es lo que realmente todos esperamos y deseamos.

Víctor Bellón, un héroe que arriesgó su vida por España, llegó por la puerta de atrás y eso resulta decepcionante, pocos te fueron a recibir como te merecías, pero que sepas que todos los españoles de bien, que somos muchos, te estamos agradecidos.

Puede que aquella estúpida ignorante, tuviese razón al referirse a la “matria”, ya que, una nación, una sociedad, que no es capaz de homenajear a sus héroes, tal vez no merezca llamarse “Patria”.