Tenía razón Blas Piñar cuando dijo que hay más de doscientas definiciones sobre lo qué es la democracia. Por tanto, que no nos vengan diciendo que la Monarquía sólo puede vivir en un sistema de democracia liberal.

Partiendo de esta afirmación que hemos compartido muchos desde muy temprana edad por provenir de familias tradicionalistas, me centro y concentro en lo que para mí es lo fundamental: seguir manteniendo nuestra actual forma de Estado o definitivamente liquidarla. Siendo que toda Jefatura tiene que tener, por su propia naturaleza, unidad de poder y ejercicio de mando. Que fue el caso de nuestra Monarquía auténtica y el caso del Régimen del 18 de Julio frente al abuso de poder que trajo a España la dinastía Borbón: “El Estado soy yo” (Luis XIV).

Abuso que intentó solucionar la ya clásica separación de poderes de Montesquieu (“El espíritu de las leyes”), que, fragmentando la unidad de poder que está en la naturaleza de toda jefatura, puso en marcha el dispositivo corrector del abuso a través de los tres poderes conocidos: ejecutivo, legislativo y judicial -que nuestra democracia liberal tampoco respeta-, y que es de donde parte la Monarquía parlamentaria, un absurdo, por cuanto la Monarquía no es tanto una forma de designar al que ejerce el poder -que sería el caso actual de España y de otros países- como por el hecho de que en ella existe unidad de poder. 

Así pues, como dijo Blas Piñar, “si la Monarquía absoluta es una herejía maximalista por ilimitación del poder, la Monarquía liberal es, en el polo contrario, una herejía minimalista por dispersión del mismo”. De lo que se infiere, que el fallo de la Monarquía absoluta radica en la ausencia de límites, y en la Monarquía liberal porque el poder se divide. De esta forma, como dijo Blas Piñar, “el liberalismo conduce así, antes o después, a la anarquía”. Que es, sin ningún género de duda, en lo que ya estamos. Siendo, por tanto, que la solución está, o en volver a la Monarquía tradicional, que no destruye la unidad de poder, pero que sabe limitarlo. O ir hacia la República Nacional al servicio de la Unidad, Grandeza y Libertad de España, por cuanto el Presidente de la misma sí tendría esa unidad de poder al que nos estamos refiriendo.  

¿Qué poder tiene la Monarquía parlamentaria? O para ser más preciso, ¿qué poder tiene el Rey en un régimen liberal? Esto es, ¿qué poder tiene Felipe VI en España? Pues no otro que el de moderador o árbitro. Con lo que resulta que el papel-poder del Jefe del Estado, de Felipe VI, no sirve más que para dirimir disparidades políticas (si además se le escucha) y a las que (además) tiene que estar ajeno. Y ello, aunque esté en juego la misma existencia de la nación a la que representa, incluso la propia liquidación de la Monarquía que su persona encarna. Sinceramente esto no hay quien lo entienda. No hay quien entienda que el Rey reine pero no gobierna por más disquisiciones teóricas que se nos hagan.  

En la Monarquía liberal (esto es, en la nuestra), el gobierno de la nación le corresponde al Gobierno y, por tanto, a cada uno de sus ministros. Un contrasentido como nos aclara Blas Piñar cuando haciendo referencia a la liquidación de la Monarquía en la persona de Alfonso XIII, dice una verdad meridiana. A saber, “que fue Alfonso XIII quien se hizo responsable de todo, respondiendo por todos, teniendo que marcharse al exilio”. ¿Encontramos alguna comparación, salvadas las diferencias, con el caso del rey Emérito?

La Monarquía liberal, esto es, la que encarna y representa Felipe VI, no tiene de monarquía -como dijo Blas Piñar- “más que el nombre”, porque en realidad es, un “liberalismo coronado”, sujeto a plebiscito como ha ocurrido en otros países que han liquidado la Monarquía. Siendo el caso de Grecia el más cercano, y el que pudo habernos servido de guía la noche del 23-F si una de las intentonas militares hubiese triunfado. Lo que para muchos fue una ocasión frustrada.

En definitiva, en la Monarquía, la sucesión dinástica, por más que sea lo que esté proyectando Felipe VI en la Niña, no es lo más importante frente a la unidad de poder y al ejercicio del mismo. Y esa unidad de poder es conveniente y necesaria porque entre la persona y el Estado hay una sucesión de cuerpos intermedios, y lo que amalgama todo ese entramado social no es otra cosa que la Autoridad, porque no puede haber colectividad sin autoridad; siendo que el hombre que la ejerce, bien sea por sucesión, destino o aclamación, la ejerce individualmente, tanto como esfera de acción propia, como en la esfera social, dentro del marco jurídico de la comunidad política a la que sirve y representa.