Llegó un día que al mundo nadie lo reconocía. Estaba al revés. Hasta la esfera o globo terráqueo representativo, se notaba perfectamente. Los que dudaban de si ellos eran los que andaban cabeza abajo, no estaban errados. Permanecían con los pies en el suelo. La locura colectiva no les afectaba mucho. Habían sabido controlarla a tiempo y librarse de ella a fuerza de intentar ser normales. Pero los otros, los invertidos y neuróticos, defensores de la demagogia e inventores de la malevolencia, les ponían en medio de la diana, y rodeaban con un cordón sanitario. Cualquier persona con un gramo de conciencia y cordura, frente a la esquizofrenia mundana, se reputaba perdido. Le señalarían los revoltosos, por su singularidad, acusándole de ser el chivo expiatorio. Una vez sentenciado, autor de los siete males del mundo, y elemento pernicioso para la ciudadanía, su vida pendía de un frágil hilo, que podrían cortar las tijeras del primer desaprensivo.

Las mentes andaban muy mal, desde que iban los cuerpos cabeza abajo. Los viejos decían que se les iba la olla, porque cuando querían recordar una cosa se les resbalaba de la cabeza como se desliza de entre las manos una anguila, o sea que, cuando habían adquirido la experiencia de la vida, y la querían aplicar, se les iba; perdían la memoria, y detrás iban, el entendimiento y la voluntad. Sabe Dios. Y así como desalmados, al perder la memoria, lo aprendido ya no les servía de nada, ni podrían transmitir algo útil a los jóvenes; unos jóvenes que, por otra parte, de tan sabihondos, no solo no les escuchaban, sino que despreciaban. No querían a los viejos, ni a nadie más que a sus propios egos y caprichos. Ciegos por el mal, gruñían  desencantados, achacando el desengaño a todos menos a sí mismos. Incoherentes, abúlicos, así como sin vida, ni fe, esperanza ni caridad, los niñatos del botellón, deambulan cual parásitos por su irresponsabilidad, sin nadie que los encarrilara en su soberbia, y rematadamente locos, eran una peligrosa plaga para una sociedad tambaleante. Se reían mucho de los viejos que no podían ver ni en pintura del asco que les daban. En realidad nadie sabe por qué se reían tanto, sin sentido, y decían que andaban colocados, o sea, drogados crónicos. Esto sí se sabía de buena tinta, al verles echarse al cuerpo toda suerte de sustancias alucinógenas. Se hundían en su propia miseria. Desde niños, los pequeños monstruos -nada más que crecían un palmo- galopaban dispuestos a romper el mundo en mil pedazos igual que si fuera el juguete más deseado, misterioso y odiado, o amado para sacarle las tripas al sol, en cuanto "pintara calva la ocasión"; para satisfacer sus bajos instintos, y seguir riéndose de sus fechorías sin gracia. Preveíamos con aparente certeza ese remoto día en lontananza, tal como si se mantuviera apalancado en la lejanía, hasta que dejó de notarse en la raya del monte, porque ese día, ya llegó y está aquí entre nosotros, haciendo de las suyas.

En todo este contubernio judeo-masónico, el reloj tomó las de Villadiego. Una velocidad vertiginosa, incontrolable. Tanto el contubernio como la celeridad del tiempo, y el resto del cotarro, o elementos del sistema operativo, andan desquiciados, histéricos, igual que el manojo de feministras del gobierno feminista; al borde de un ataque de nervios. Con este Apocalipsis, el eje del mundo, a semejante rapidez, y ya medio quebrado, por los golpes inconcretos, amenaza seriamente con romperse en cualquier giro copernicano a modo de traspiés. A ver quién no ha visto a alguien morir a consecuencia de un mal paso. Si anda en malos pasos... ocurre que el que mal anda, mal acaba. Quien ama el peligro perecerá en él. Todos los días sucede algo así. Casi a diario se ve morir a alguien en la calle, o levantarlo los servicios sociales y llevárselo a toda pastilla. Los que llegan con vida al hospital, son apestados y nadie puede acompañarles por el virus letal comunista chino de Xi Jinping, el "Gran Hermano" que domina el mundo; mueren de soledad, apartados, mueren de miedo, terror  y desesperación, ignorándose hasta el número de óbitos.  ¿Se puede quedar uno como si nada? Sólo se queda con la impotencia. Si se está mucho por las calles y plazas concurridas, se verá caer y morir a algún penitente. La naturaleza de todo ser cumple su fin con la muerte y termina su ciclo temporal en esta vida terrenal y desgarrada. Es lo que hay. Y puede ser lo menos malo. Si la muerte se cruzase de brazos en huelga permanente, no moriría nadie y aun sería mucho peor. Nadie podría volver con Dios. Así que, todo buen parroquiano que se precie, si se va... sea bien ido. D.E.P., reciba los santos sacramentos, y la misericordia de Dios. "La muerte no es final". Que nos espere allá muchos años, que dicen algunos viejos. Aunque suena así como a cierta impiedad e insolencia. Lo mejor es callar la boca y solo abrirla para hablar en serio con el Altísimo, y las palabras con los mortales no son convenientes porque la muerte no entiende de palabras.

El vértigo del tiempo ya no es patrimonio de nadie. Escapó como el tío los mistos. Huye de los humanos, como alma que lleva el diablo, dejándolos solos, abandonados en completa soledad. Muertos, semidifuntos, o tocados por las garras de la muerte. Como queda el campo otoñal, despoblado, vacío, cubierto de silencio y soledad, pintado de tristeza, cuando acabe este mes de septiembre que vino muy cortés. Y los jóvenes continúan a lo suyo, riéndose de todo a lo bobo; sin sentido común, a mandíbula batiente. Pero los viejos, no se ríen de nada, casi nunca. Los perroflautas de Podemos, con tal poderío del número de votos, dijeron los niñatos de mal agüero, que a los mayores de 65 años había que sacrificarlos y quitarlos del medio. Creo que ya están en ello con la eutanasia. Que los viejos no producen nada -dicen- pero estorban mucho, arguyeron estos monstruos crecidos y mal enseñados, esclavos de todo vicio que jamás trabajaron ni dieron un palo al agua. Hostigan con su empeño, fácil de conseguir. Sobre todo a la óptica del mal mundo actual que padecemos. Todo sigue convulso, enrarecido que no hay gitano que lo entienda. ¿Y cómo no, si todo está al revés?