¿Cuál es el sentido de que un reportero que se encuentra absolutamente solo, sin nadie a su alrededor en una playa desierta, salga en directo por el telediario con la mascarilla puesta informando acerca de la oferta hostelera para el fin de semana?

¿Por qué motivo un periodista desde la redacción, donde está solo y sin nadie a la vista, informa acerca de la situación del sistema sanitario, los beneficios de decretar el estado de alarma impuesto por el gobierno, los peligros del avance de la extrema derecha, o la fatídica perspectiva económica que tenemos por delante, también aparece en la cámara con la mascarilla?

¿Cuál es el sentido de que un conductor solitario en su coche vaya con la mascarilla perfectamente colocada? Ejemplos como estos hay de sobra, acerca de su uso indiscriminado y obligatorio.

Las respuestas oficiales a estas preguntas pueden ser varias, pero nunca son del todo convincentes. La memoria suele ser cada día más frágil, los días se suceden uno tras otro de manera rutinaria y repetida. La jornada que pasa se parece a la anterior y la anterior a la anterior, y el mundo pre pandémico queda cada vez más lejano, se convierte en histórico, en un film, en una foto antigua. Y de ese mundo pre Covid solo pasaron unos pocos meses.

Recordemos que las mascarillas eran innecesarias, una exageración, una ofensa alarmista de conspiranoicos. Los entretenedores oficiales de la televisión se burlaban y reían de su uso, con un estilo de humor obsceno y de mal gusto, soberbio e insultante. Los expertos sanitarios ante el avance del virus y el colapso hospitalario después de la manifestación feminista del 8M, nos advertían de que no era conveniente su utilización, luego que sí, después que solo en caso de estar contagiado, más tarde que solo en los medios de transportes, pero que solo eran “un complemento” (cuando escaseaban en el mercado recuerdo que llegaron a pagarse en farmacia 15 euros una mascarilla de un solo uso), y de ahí pasamos a la obligatoriedad en todos los casos, en todo momento y en todo lugar.

Más tarde aparecieron las multi coloridas en los escaparates de las tiendas de moda. Hoy todo el mundo las lleva puesta sobre su rostro por las indicaciones de los anónimos y misteriosos comités de expertos que amablemente obligan su uso. Hoy no se concibe la vida sin la mascarilla tapando boca y nariz.

Más allá está la discusión de su efectividad, dudosa por cierto, para protegerse y evitar el contagio de un virus que aún no tiene cura ni tratamiento efectivo, y del que personalmente no dudo de su existencia. Pero la mascarilla es mucho más que todo lo que parece, se ha convertido ya en un símbolo, una representación de una idea, una convención socialmente aceptada, una herramienta hermenéutica del Nuevo Orden Sanitario Mundial.

Detrás de la mascarilla se esconde -nunca mejor dicho- la intencionalidad de la igualación de las diferencias del individuo y de la subjetividad de su identidad ante los demás, y que lo diferencia del otro: su rostro. La privación obligada del mismo y el ocultamiento del gesto, del acompañamiento visual de la palabra al ver mover los labios de un interlocutor, elimina una parte esencial de la comunicación no verbal que sumerge al sujeto en la angustia y alienación.

Trump_Mascarilla

La mascarilla más usada y curiosamente conocida como quirúrgica, pasó del aséptico quirófano a la calle, a la terraza, al patio del colegio, a las instalaciones deportivas, al templo, a la reunión familiar, donde sea, en todo momento y lugar. La intervención quirúrgica de la ingeniería social que padecemos en la vida cotidiana se ha impuesto sin rechistar en la nueva normalidad sanitaria del totalitarismo pandémico global. Se ha instalado lo que se dio en llamar “el relato”, palabra odiosa y ambigua, la narración de un discurso hegemónico acerca de la aceptación de una realidad distópica en la que parece que viviremos de ahora en adelante.

Esta nueva normalidad carece de fecha de caducidad, no existe universidad, laboratorio, comité de científicos, ni nadie que diga cuándo acabará esto, cuándo volveremos a la normalidad anterior a la pandemia, con vacuna, terapia descubierta o no, y cuándo podremos acercarnos a otro ser humano en un metro, autobús, concierto, fiesta, boda o funeral y abrazarnos y besarnos como hasta hace prácticamente nada.

La mascarilla hoy ya es el símbolo de la sumisión, de los alineados con el Nuevo Orden Global, de los sometidos y obedientes, que mascarilla de por medio se conforman con lo que el nuevo estado de bienestar de supervivencia subvencionado brinda a sus súbditos, siempre y cuando se tenga Netflix, conexión a internet, datos ilimitados en el móvil y un cómodo sillón donde pasar el tiempo.

La mascarilla y la obligatoriedad de su uso por el bien de la salud ciudadana, no importa si científicamente tiene sentido o no. Se ha convertido en una señal de reconocimiento de los orgánicos al sistema, de los obedientes con las directivas de los que dictan las normas internacionales de estricto cumplimiento. Quienes cuestionen parcial o totalmente las mismas son señalados como en los regímenes mas totalitarios del pasado. Quienes no la exhiban en publico se convierten inmediatamente en sospechosos, en peligrosos disidentes tachados con los adjetivos descalificativos al uso en la actualidad, que los anulan e invalidan socialmente. Por eso los reporteros en los telediarios la llevan puesta y la publicidad de las multinacionales las normalizan en sus anuncios.

El rostro es una parte esencial de nuestra especificidad, única e irrepetible. Privarnos de ella es una escala más en la pérdida de la libertad, la identidad comunitaria, nacional y cultural de los pueblos.

La mascarilla dejó de ser sanitaria y se convirtió en un símbolo y los símbolos importan. Por eso el gesto de Donald Trump en el balcón de la Casa Blanca es criticado sin piedad por los telediarios, justamente porque quitarse la mascarilla de manera casi teatral es también un símbolo, en este caso de disidencia. Trump después de hacerlo dijo “No tengáis miedo al virus, no dejéis que domine vuestra vida”. No dijo que no exista el coronavirus, sino que no debemos temerle. Curiosamente viene a mi memoria una frase muy parecida: “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!”, pronunciada también desde un balcón allá por 1978, en este caso por Juan Pablo II.

Ante la inquietante imposición del terror y la privación del rostro y la identidad como símbolo, opongamos también otros que muestren la disidencia, si no nos gusta la servidumbre y la esclavitud del falso bienestar del relato mundialista. Símbolos disidentes sobran. No estamos solos y somos muchos. No tengamos miedo.