En el actual panorama político español -aunque llevamos así casi medio siglo-, resulta desconcertante hacer referencia a izquierdas y derechas, porque la política, que sólo es respetable cuando se halla orientada por un orden moral, es hoy, mayoritariamente, puro sectarismo, un nido inmenso de delincuentes y parásitos.

 

No es razonable ni comprensible, pues, hablar en términos de izquierdas y derechas, meros significantes que han perdido su inicial acepción. Lo adecuado, en nuestro presente, es utilizar para la coyuntura otros términos más explícitos; por ejemplo, corrupción-honradez, o antiespañoles-españoles.

 

La ciudadanía no elige hoy entre izquierda y derecha, una disyuntiva que ha quedado obsoleta, sino entre corruptos y honrados, entre antiespañoles o patriotas. Lo que está en juego es si la mayoría decide seguir inmersa en la abyección, es decir, dando prórrogas a los políticos y gobiernos traidores e hispanófobos u opta por el inicio de un proceso regenerativo para eliminar los virus que cuatro décadas largas de antifranquismo sociológico han inoculado en el cuerpo social y en las instituciones.

 

Agonizan ya las muestras de tertulianos de derechas que, mirándose con frecuencia el ombligo, nos cuentan, una y otra vez, lo perversas que son estas renovadas generaciones de bolcheviques que, con su vieja e incendiaria doctrina, proliferan por las instituciones y esterilizan con sus lóbis la riqueza nacional y el progreso social. Las tertulias de audiencia minoritaria, si se quedan en meros testimonios y no aportan soluciones, resultan un espectáculo onanista y trivial.

 

Agonizan, digo, porque a los gorrones, resentidos y criminales los conocemos y sufrimos a diario. Y no sólo los sufrimos a ellos, también a sus cómplices más o menos emboscados, esos falsos españoles que alevosamente se aúnan con los conspiradores sin principios, con los poderes globalistas, capaces de cualquier aberración para satisfacer su sed de poder, su índole maquinadora.

 

Lo que necesita España en esta hora son propuestas inteligentes y prácticas que constituyan una alternativa política. Lo que requiere nuestra patria es un programa electoral que responda a los múltiples problemas cruciales de la realidad española y que se apoye en planteamientos factibles para salir de la actual crisis sociopolítica y económica.

 

Es preciso tomar la iniciativa y unir los programas, decisiones y actividades de tantas asociaciones, fundaciones, partidos extraparlamentarios y movimientos bienintencionados que abundan esparcidos por nuestras provincias. Esta unión es indispensable, sobre todo con vistas a transformar la tibieza suicida de la masa y convertirla en tendencia constructiva. Y para ello resulta elemental que se pongan en marcha las buenas voluntades con prestigio y con poder ejecutivo y financiero (mediático).

 

Los nuevos frentepopulistas que nos aherrojan han perdido toda credibilidad cuando nos hablan de igualdad, ley, progreso, democracia, diálogo, concordia, tolerancia… Sus hechos y, sobre todo, los resultados de sus hechos, así lo subrayan y atestiguan. En sus bocas, la mentira perenne ha vaciado de contenido estos vocablos a lo largo de todos estos años. Pero es necesario despojarlos de sus máscaras y desnudarlos eficaz e inexorablemente ante los ojos de la muchedumbre. Retratarlos en su monstruosa realidad para que la ciudadanía, civil y moralmente amorfa, vea por fin el riesgo que corre, si no su alma, que eso sería pedir peras al olmo, sí su supervivencia. 

 

Ese es el primer paso -el gran reto-: volver a formar el ánimo informe de la multitud, impulsándola a participar incluso en el proyecto financiero de la regeneración. Y lo que hay que hacer a continuación es bien sabido. Desde reformar la Ley Fundamental para limpiarla de equívocos y minas legalistas, empezando por la centrífuga organización territorial, hasta corregir el sistema electoral con el fin de dotarlo de cauces más representativos.

 

Desde cambiar el sistema de financiación de los partidos, revisar las prerrogativas de los políticos -su impunidad delictiva, de facto-, hasta evaluar nuestro papel en las instituciones europeas, replantear nuestra posición diplomática y militar en el mundo, o restringir drásticamente el nefando espectáculo de debilidad que mostramos en la defensa de nuestras fronteras.

 

Desde transformar la educación, basándonos en el Derecho, en el humanismo cristiano y en el conocimiento entrañable y exhaustivo de nuestra historia y de la Historia, hasta proteger a la familia y a la vida, o reorientar a una juventud confundida y confusa. Desde rehabilitar a la justicia, otorgándole su absoluta independencia, hasta reestructurar las administraciones públicas, la política fiscal o las medidas económicas sectoriales, asentando de manera concluyente, por otra parte, la autonomía de los tres poderes.

 

Sin olvidar, por supuesto, la derogación de las leyes liberticidas, así como todo lo relacionado con la política de Interior o de Defensa, dejando de participar en misiones militares serviles, peligrosas y ajenas a nuestros intereses. Y sin olvidar tampoco dos asuntos imprescindibles en nuestro tiempo, como son acabar con los ataques al idioma común y con las prácticas oligopólicas en los medios de comunicación. Hoy, más que nunca, la defensa del español y lo español, y del pluralismo informativo son primordiales.

 

Pero como la experiencia nos dice que en el desempeño de esta labor no van a colaborar ni la Corona, ni las FFAA, a pesar de que la Ley Fundamental se lo demanda, ni tampoco -salvo excepciones loables- va a hacerlo la Justicia, la sociedad civil -con el apoyo político de VOX- está obligada a buscarse la vida. Y considerando que la plebe, como sus más amados políticos, siempre ha alentado un fondo oportunista y tabernario, cuando a lo largo de la Historia se han dado circunstancias similares, la iniciativa regeneradora ha partido de una elite patriota y éticamente aristocrática.

 

Una selección de intelectuales genuinos, espíritus libres y prohombres cívicos y dinámicos que han tenido habilidad para coordinar un movimiento de rebeldía civil, de ilusión y de progreso mediante la puesta en marcha, llegado el caso, de manifestaciones sociales y denuncias jurídicas contra la destrucción. Contra la mafia de pervertidos e infractores que, en el caso de nuestra patria, representa hoy ese afán destructor y agrupa a la antiespaña.

 

Esta es ahora, y ha sido siempre, la apuesta de los hombres de bien, que nunca renuncian a combatir en defensa de los principios fundamentales y de los valores de la libertad. Y es este empuje y este sacrificio, aparte de los súbitos e inextricables designios de la Providencia, lo que, con España al borde del abismo, nos queda.