Resulta a todas luces evidente que el escenario mundial ha cambiado de forma radical, del que existía hace un año atrás. Ese mundo ya no existe y trajo aparejado el reflujo del soberanismo identitario en sus versiones más o menos populistas. Con la nueva situación ha llegado la restauración, consolidación y la aceleración del proyecto globalista.

Pandemia, propaganda ideológica e instalación del miedo mediante, hemos visto la caída de la incómoda gestión de Donald Trump, la limitación de las libertades individuales y comunitarias en Europa y Occidente, y el fracaso de las gestiones políticas tradicionales. Si esta situación será permanente y definitiva aún está por verse, pero los elementos objetivos de análisis actuales indican al menos que esa es la dirección que han tomado los acontecimientos: el advenimiento de la nueva sociedad global y abierta propugnada por los magnates de la corrección política.

La Casa Blanca ha sido desalojada y ocupada nuevamente por la elite político-financiera histórica dominante. El Estado Profundo emergió y se hizo nuevamente presente en los organismos supranacionales y en el discurso único globalmente aceptado y difundido por su entramado tecno-mediático. La ONU, el FEC y las ONG filantrópoliticas marcan el paso de los Estados nacionales ante la “excepcionalidad” de la nueva situación internacional. Han diseñado y aplicado en período de pruebas, un mundo postpandémico distópico que parece ser aceptado con resignación y hasta con alegría. El gigante del maocapitalismo chino es socio primordial y el modelo a seguir. La democracia formal -con todos sus vicios y defectos- parece haber quedado tocada de muerte en Occidente.

Lo que hemos considerado como soberanismo identitario, en sus distintas variantes y lógicas diferencias nacionales y regionales, ha sido una alternativa viable con sus propuestas y tácticas hasta antes de la pandemia. En algunos países lo han demostrado al frente de gobiernos nacionales, en otros casos en gobiernos regionales y locales, y también en la oposición. El mantenimiento, crecimiento y expansión del sector ha sido frenado, sobre todo a partir de los sucesos norteamericanos después de las últimas elecciones. Tal vez sea el momento de repensar una nueva táctica para la supervivencia, recomposición, recuperación y avance de los principios y valores de la identidad y la tradición de Occidente, Europa y sus pueblos.

Más allá de las etiquetas -que sirven para reconocer sectores, tendencias e identidades culturales- cada nación debe determinar su rumbo y decidir las tácticas que considere oportunas en la defensa de sus intereses comunitarios. Justamente esto es lo que busca neutralizar y finalmente diluir el poder globalista hoy dominante.

El soberanismo nació para gobernar, resolver los problemas urgentes, necesarios y concretos de la gente, bajar al terreno y dar la batalla política y cultural. Ello implica entrar en el campo, acertar y también equivocarse, errar y cambiar cuando es necesario. Los grandes líderes políticos de la Historia han aceptado los desafíos que les impuso el destino. Han acertado conservando las ideas primordiales y los objetivos, pero también han tenido que adaptar tácticas o cambiarlas por necesidad. Han encontrado soluciones y han errado también, pero han tomado decisiones, han actuado y se han movido en el mapa de la política real cuando sus pueblos los empujaron a ello en momentos de crisis de supervivencia. Tal vez hoy estemos viviendo una situación similar.

¿Es posible un soberanismo identitario que pelee en terreno hostil, asuma responsabilidades de gestión sin perder sus principios? Sí, es posible. La experiencia italiana lo ha demostrado durante el primer gobierno Conte con Matteo Salvini como vicepresidente y ministro del Interior dedicándose de lleno a políticas migratorias, de defensa de las fronteras y la seguridad ciudadana, sin romper la alianza del centro-derecha con Meloni y Berlusconi, que se mantuvieron fuera del acuerdo. Con el actual Gobierno Draghi está sucediendo algo parecido, ya que Lega aceptó el desafío de apoyar desde dentro con tres ministros. El gobierno de emergencia nacional cuenta así con una voz identitaria que tácticamente desarticuló, confundió y dividió a la izquierda italiana clásica del Partito Democratico y a los tragicómicos del Movimento 5 Stelle de Beppe Grillo, que han sido los primeros en salir derrotados políticamente frente a la actual situación.

Salvini ha hecho nuevamente una arriesgada apuesta de confianza en propios y ajenos. Públicamente explicó su apoyo al nuevo gobierno debido a la necesidad frente a la emergencia, de controlar el uso de los fondos europeos priorizando la resolución de los problemas de los italianos: la salud, el trabajo, la educación y el retorno a una vida normal. Advirtió también que, una vez superada la crisis, se volvería a la confrontación política. Frente a la “sintonía” de lo hablado con el presidente encargado, ha recibido críticas de algunos sectores, siendo acusado de moderado y de cambio de rumbo europeísta. Como respuesta a ello, en el Senado, Salvini dijo: “Europa es nuestro hogar. ¿Pero qué Europa? Europa cuna del Cristianismo, la Europa del bienestar, el crecimiento y la familia. No la Europa de la austeridad y los recortes presupuestarios (…) El mundo ha cambiado. Hemos antepuesto el bien de Italia antes del interés del partido”. Estas palabras son bastante elocuentes y muestran que es posible conjugar principios con necesidades.

Una vez más la alianza de la centro-derecha italiana está recorriendo caminos separados sin romperse, ya que Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni quedó en la oposición “constructiva” sin participar de un gobierno con aprobación europea. Salvini y su partido hubiesen preferido no compartir cuota de poder con la izquierda, sin lugar a duda, pero la situación nuevamente exigía audacia, demostrando capacidad de compromiso a pesar del riesgo.

La política no se hace siempre en situaciones ideales o deseadas sino, como en este caso, ante la necesidad tomando decisiones realistas y oportunas.  Sino, hacer política, no tiene sentido. No es cuestión de traición, fidelidad o coherencia o falta de ella. Los grandes hombres de la Historia en algún momento han actuado con pragmatismo. En política es preferible arriesgar y perder que el inmovilismo. Con el tiempo se verán los resultados.

El soberanismo identitario y el patriotismo -valgan las etiquetas- no pueden quedar en oposición permanente, fuera de la gestión de los asuntos públicos nacionales. La auténtica política no se juega en el campo de las posiciones absolutas puras y definitivas, sino actuando en relación a los acontecimientos históricos siempre cambiantes y en movimiento. Adecuarse a las circunstancias y dar respuesta a problemas concretos, no deberían impedir abandonar los principios esenciales, sino incluso lo contrario, preservando lo realmente importante más allá de lo discursivo o simbólico.

Un auténtico movimiento patriótico, identitario y soberanista también debe saber medir los medios y los fines y evaluar los resultados. Si no lo hace, sería una expresión testimonial, una especie de club de amigos y de guardianes de la “pureza doctrinaria”. Es arriesgado, sí, por supuesto que los es, pero en definitiva de lo que se trata es de conservar como prioridad, el interés popular y nacional, la tradición y la cultura de la nación. En una situación excepcional y novedosa, que no es la mejor ni la deseada, pero que es la real e ineludible, es el tiempo de los audaces.

¿El soberanismo nacional puede convertirse en soberanismo europeo? Si, también debería. En relación a la nueva geopolítica globalista es necesario más que nunca para la supervivencia de principios identitarios. Un auténtico patriota no reniega de España, Italia, Francia o cualquier otra nacionalidad por un mal gobierno o una fallida organización territorial contingente. Con Europa debería suceder lo mismo, sin perder soberanía ni intereses nacionales como sucede actualmente en la Unión Europea. Se necesitan sumar fuerzas y aliados para frenar y doblegar el avance totalitario multiforme y multifacético, no lo contrario por tacticismo o purismo ideológico.

Es necesario un soberanismo identitario que deje atrás el infantilismo discursivo, un movimiento que vaya más allá de la política, maduro, realista, con capacidad de gobierno, con autoridad y responsabilidad, que desafíe, enfrente y doblegue a los poderes fuertes internos y externos. El futuro es de los valientes y no hay tiempo que perder en la discusión de etiquetas ni categorías. El legado de nuestros ancestros y el destino de nuestros hijos está en peligro.

Recordemos que es un deber innovar, atreviéndose, osando y desafiando lo imposible para preservar el legado eterno de una Cultura y una Civilización inigualable, la nuestra.