El Éxodo —incluido en el Pentateuco— narra la historia de un pueblo, el judío, perseguido en Egipto. Etimológicamente, éxodo significa salida y, por eso, culmina con la marcha del pueblo judío en busca de la Tierra Prometida. Obviando los hechos sobrenaturales de un libro religioso —no deja de ser mitología—, esa historia recoge el relato arquetípico de los perseguidos: el arquetipo de pueblo judío. Desde el inicio de los tiempos esa ha sido su historia: la epopeya de una búsqueda sin fin. De paz, de asentamiento, de hallar un hogar propio. Lo que esconden los nombres, las fechas y las cifras son millones de personas cuyo sufrimiento se ha perdido casi al completo en el abismo del olvido.

Afortunadamente, la literatura ha sonreído al pueblo judío y —mientras que tantas masacres a lo largo de la historia han quedado silenciadas por la falta de testimonios—, disponemos de numerosos relatos de cómo se vive el oprobio en primera persona. Dudoso honor, éste. Más aún cuando comprobamos, como ocurre actualmente, que el primer racismo —el antisionismo— ha vuelto y que a nadie parece importarle. Eso, si alguna vez se marchó de estas tierras esa miseria inmortal. La solución final fue el exterminio. Determinada tras la discriminación, la persecución y el exilio, llegó la aniquilación. Todos conocemos el término: solución final. El cine y en buena medida, cierto tipo de novelas sentimentaloides, nos han familiarizado con él. Es una palabra adoptada en nuestro lenguaje común, que todos identificamos fácilmente. Hace referencia a la forma en que cristalizó la voluntad nacionalsocialista de depurar Europa de judíos: la solución. Pero ese final, ¿qué indica? Indica que antes hubo otros intentos. Fallidos, puesto que no erradicaron la totalidad de los judíos. Como bien demuestra el método heurístico, para hallar una solución es necesario abrirse paso a través del ensayo y el error.

El término “holocausto” no apareció hasta los años 50 del pasado siglo. Es el nombre que más fuerza obtuvo entre todos los historiadores que investigaron lo ocurrido. Hacía referencia a un sacrificio de fuego. Y con ello se nombraba a todas las víctimas del exterminio nazi en campos de concentración entre los años 1939 y 1945. Entre esos años se calcula que murieron más de 6 millones de judíos. Esa porción concreta del Holocausto es la llamada Shoah: en hebreo, “catástrofe”. Como digo, el nombre de “Solución final” o Endlösung hace referencia a la resolución tomada por los dirigentes nazis cuando decidieron que exportar a los judíos a una zona de reclusión —se barajó Madagascar—, era imposible y que lo más conveniente era someterlos a trabajos forzados. El término lo usó por primera vez Adolf Eichmann el 20 de mayo de 1941. Sin embargo, la idea hacía tiempo que venía perfeccionándose. Y esa idea de explotación del judío en campos de trabajo dio paso a la aniquilación cuando los costes de manutención ascendieron de una forma inasumible para la economía de guerra. Hitler no inventó nada. Décadas antes, Heinrich von Treitschke había señalado que el pueblo judío entorpecía el avance del pueblo alemán. La obsesión antisemita por culpar a los judíos de todos los males que había provocado la Primera Guerra Mundial en la sociedad alemana no era más que una apropiación de ideas que llevaban muchos siglos en la sociedad europea, resurgiendo periódicamente con terribles consecuencias cada vez. En Europa, Hitler tenía dos modelos de antisemitismo: el antisemitismo cristiano —tanto por parte del catolicismo como por parte de las variantes del protestantismo—, y el exterminio de judíos ruso. Porque los comunistas marxista-leninistas de Rusia llevaban décadas exterminando judíos de forma sistemática en sus campos de trabajo o gulags.

Holocausto significa “Gran matanza de seres humanos” según la RAE; mientras que Shoah alude al exterminio circunscrito únicamente sobre el pueblo judío. Es preferible enunciar el segundo término sobre el primero. El pueblo judío sufre una persecución histórica: historiadores como Joseph Pérez señalan el que, históricamente, períodos de hambruna o de crisis económica se han saldado con masacres de judíos efectuadas, no por el poder político, sino por la propia población civil. Es la figura del chivo expiatorio que viene reforzada por argumentos como el del “deicidio” —asesinato de Jesús descrito en los Evangelios—. El pueblo judío no tiene fe en la resurrección del alma, sí creen que son el pueblo elegido —exactamente igual, en ese sentido, que todos los pueblos a lo largo de la historia— y que el Mesías vendrá para absolverlos. Ese Mesías no es una figura divina, por eso rechazaron la figura de Cristo, que sí se presentaba como tal —“Hijo de Dios”, según el Evangelio de Juan— y abrazaron figuras como las de Sabbatai Zevi del siglo XVII. Las dos corrientes fundamentales de pensamiento en la modernidad, marxismo y psicoanálisis, se derivan del judaísmo, como bien observa Jesús Mosterín.

A grosso modo, materia es lo que percibimos y tiene demostración empírica. La totalidad de lo existente estudiado sin un átomo de idealismo. El materialismo es el pensamiento surgido en el seno de una época nihilista (nihil viene de nada); una época de “nula res nata” o “ninguna cosa nacida”. Y que, curiosamente, fue abierta por miembros de la propia Iglesia como ese gran lector de Lucrecio que fue el abate Meslier o el excomulgado Alfred Loisy, voceros de la muerte de Dios antes que Nietzsche, que en ningún momento dijo que Dios no existiera, solo que los hombres lo han matado: un matiz diferencial importante con respecto a los que se dice habitualmente. Si bien el término ateísmo aparece fechado mucho antes ya en el siglo XVI, en una carta de Rabelais a Erasmo de Rotterdam. En estos precedentes nace la filosofía que aspira a conocer el todo —la materia— sabiendo que su sentido es “para nada”: porque no tiene sentido y porque está en constante degradación. Frente al misterio o al símbolo, la materia no tiene recovecos ni alude a otra realidad superior: se rige por la contingencia y no por una voluntad superior. No hay religación posible porque no hay hilaza previa; no hay Otredad desvelable porque todo yace en la misma realidad. Sin el consuelo de otra realidad, habitamos la intemperie de lo efímero sujeto a un cambio constante. Para el materialista, el hombre se vale de falsos ideales para estructurar un sistema de símbolos y creencias que le haga la vida más sencilla. Es el “como si Dios existiera” de Kant o incluso del San Manuel Bueno Mártir creado por Unamuno.

El recientemente fallecido George Steiner apunta que la crítica textual nace del judaísmo y su larga tradición de comentarios en torno a los textos religiosos agrupados bajo el nombre de Torá. Según Steiner, lo que hacemos al tratar de profundizar en los textos literarios forma parte de una tradición cultural semita. Asimismo, el judaísmo es una religión materialista, que no cree en la resurrección de los cuerpos ni en la reencarnación u otros sucedáneos. En su estudio La sinagoga vacía, su autor, Gabriel Albiac, describe la génesis del marrianismo: corriente del judaísmo que tiene lugar en el Sefarad español y portugués, después de la expulsión de los judíos en Inglaterra (1290) y Francia (1306), y antes de su expulsión de España (1492) o de Portugal (1497). Los marranos son los primeros ateos en la historia de la filosofía capaces de idear un sistema de pensamiento partiendo de la negación de la existencia de Dios. Siglos después, Baruch Spinoza —siglo XVII—, un marrano de ascendencia española (Espinosa) sufrirá un herem dentro del propio mundo judío por abrir la puerta al materialismo contemporáneo como consecuencia de sus ideas. No solo el ateísmo es una derivación del judaísmo; también lo es el gran mal del siglo XX: la teología política. Ésta, asume la teleología —es decir, la historia como Destino de lo Universal— de la religión monoteísta que confunde potestad con soberanía divina y la encauza hacia el plano político. Tanto el nazismo como el comunismo, responsables de la muerte de millones de judíos en el siglo XX, son teologías políticas.

Hay dos diferencias prácticas y una teórica en las masacres de judíos del siglo XX con respecto a las de siglos pasados: 1) Es el poder político —y no el civil, como se ha señalado anteriormente— quien lo perpetra. Y no sólo eso, sino que lo perpetra sobre miembros de su misma nacionalidad; 2) Los avances tecnológicos desarrollados de la Revolución Industrial en adelante se ponen al servicio del instinto homicida del Estado Moderno redirigiendo el proceso de la cadena de montaje hacia el exterminio de seres humanos; 3) Hay toda una justificación legal (Carl Schmitt) y metafísica (Martin Heidegger), detrás del caso nazi. Junto al móvil del deicidio se usaban otros como el de la conspiración —ahí está el “affaire Dreyfus” o el de Los protocolos de los sabios de Sión— para justificar las masacres de judíos. El nazismo basa su pulsión asesina contra los judíos en las teorías filosóficas de Marín Heidegger, tal y como demuestra la profesora Donatella di Cesare a través del estudio de los Cuadernos Negros escritos por el autor alemán. A su vez, Heidegger se basa en las teorías filosóficas de su gran maestro intelectual, Friedrich Nietzsche, otro antisemita salvaje, aunque su concepto de transhombre poco tenga que ver con lo postulado por los nazis sobre la raza aria. Heidegger desarrolla un concepto de otredad metafísica que eleva el racismo ario a altas cotas filosóficas donde “lo judío” representaría “lo otro” —es decir, lo diferente, lo débil, el lastre, aquello que merece ser asesinado—. Desde la metafísica de Heidegger los judíos eran apenas no-seres, nulidades metafísicas, frente a la potencia del Ubermensch tergiversado.

Tal y como señaló Lyotard, para la historia de la filosofía la Shoah supone el fin de los grandes relatos, de las grandes construcciones ideológicas Para Hemingway, la Shoah descarta la idea de la existencia de Dios de forma definitiva: si existe Auschwitz no puede existir un Dios que lo permita. Por último, la Shoah supondría, para Adorno y Horkheimer, la evidencia del fracaso del proyecto Ilustrado que apostaba por una trayectoria de progreso en la historia porque en la Shoah se ponen los frutos del progreso al servicio de la aniquilación humana. Si acudimos a las cifras, se calcula que murieron unos 6.000.000 de judíos asesinados entre 1940 y 1945, aunque la cifra exacta jamás podrá precisarse. El método de asesinato fue variando: del tiro en la nuca y el fusilamiento ordinario a las fosas comunes; más tarde se desarrollaron los conocidos como “camiones de la muerte” que acabaron desembocado en las cámaras de gas y hornos de cremación que todos conocemos. El gas usado para este menester, el tristemente célebre Zyklon B, era un pesticida comúnmente empleado para erradicar plagas (y de la simbología derivada eran muy conscientes los nazis). A diferencia de otros genocidios —el primer genocidio reconocido como tal es el de los armenios cometido a manos de los turcos en 1914 y documentado por Raphael Lemkin—, disponemos de numerosas fotografías, filmaciones, documentos y archivos que testimonian lo ocurrido en la Shoah; esto se debe a que los nazis querían crear un “museo de la memoria” en Jerusalen para (cito casi textualmente) que “la humanidad pudiera saber en el futuro el favor que se le había hecho al acabar con los judíos”. Una conmemoración de la depuración étnica, en definitiva.

Hoy en día el antisemitismo sigue latente aunque se suele disfrazar de anti-israelismo, y casos como el de los ataques sufridos hace escasos años por el filósofo Alain Finkielkraut ponen de relieve la cercanía del mundo musulmán con el mundo nazi en su actitud general hacia los judíos. Casi todos los expertos están de acuerdo hoy en que la Shoah se produjo porque los judíos carecían de un estado propio: así lo supo ver a principios de siglo XX Theodor Hertz, al que casi nadie hizo caso en su momento pero que resultó ser, de manera póstuma, clave a la hora de crear el Estado de Israel (1948). Desde entonces los judíos han sabido protegerse de una forma mucho más eficaz ante todos los ataques que, como siempre, han sufrido de forma continuada y por argumentos puramente racistas. Todo el odio vertido en Mein Kampf (1925) no habría tenido mayores consecuencias si el receptor no hubiese estado ya familiarizado con esa ideología. Pero lo estaba. Las ideas de Hitler llegaron en el momento adecuado, con el tono adecuado para germinar. No se puede exonerar a la sociedad europea y alemana de lo ocurrido después. Porque Hitler nunca dio una orden directa por escrito, está demostrado. Ni quiso exterminar a los judíos desde el primer momento, al menos manifiestamente. Fue tras el estancamiento de la Operación Barbarroja, con una orden de Goering al ya citado Heydrich, cuando, por primera vez, Hitler firmó su consentimiento para la matanza de judíos. En 1933 se había abierto el primer campo de prisioneros, en Dachau, a imitación del modelo ruso. Allí iban a parar los desafectos de la política totalitaria de Hitler, quien había alcanzado el poder por las urnas, gracias a su gran uso de los medios de comunicación y a su arrollador éxito de masas. Dos años después se aprobaron las leyes raciales en Nuremberg —el mismo lugar donde, al término de la IIGM, muchos nazis serían juzgados—.

Tampoco era nada nuevo el establecer leyes raciales restrictivas en Europa contra los judíos: Federico II de Prusia ya había hecho algo parecido antes. El político austriaco Karl Lueger, una de las mayores influencias sobre Hitler, concurrió a diferentes elecciones con un programa explícitamente antisemita a principios del siglo  XX: llegó a ser alcalde de Viena, capital europea de la cultura moderna judía. Y, en 1938, se requisarían las propiedades de los judíos: la expropiación —fruto de la visión socialista de la economía—, es siempre el mayor ataque que se puede cometer contra un individuo en pos de su deshumanización. Tras el Anschluss, se propagó la persecución de los judíos a otros países, con apertura de nuevos campos incluida. Checoslovaquia y Polonia —donde empezaría la reclusión en guetos, como el de Varsovia, muy similares a algunas de las juderías medioevales—, irían detrás. Y la llamada “Noche de los cristales rotos” —10 de Noviembre de 1938—, se puso en marcha el Holocausto. Hay que tener en cuenta el apoyo popular que acompañó al conjunto de éstas medidas. Casi nadie se opuso, ni dentro ni fuera de Alemania, al oprobio. En muchos casos, las matanzas de judíos provinieron de los propios soldados, a través del fusilamiento; o a través de población civil, con métodos propios del paleolítico.

A partir de ahí Heydrich tomó el mando —hasta su asesinato en 1942—. En la Conferencia de Wannsee (Alemania), se firmaron las primeras actas sobre la “Solución Final de los judíos”. Así fue como se tomó la decisión irrevocable de limpiar Europa del 80% de su población judía. Así llegaron los campos de concentración y de exterminio. En el primer método de asesinato empleado los judíos eran obligados a cavar su propia tumba antes de recibir un disparo en la nuca. Después, se pasó a la creación de fosas comunes construidas por los propios desdichados que más tarde las llenarían con sus cuerpos. El terrible gas Zyklon B sería usado por primera vez en Auschwitz contra oficiales rusos. Con él se asesinaba a los judíos encerrados en camiones de transporte donde eran intoxicados con el, hasta entonces, pesticida más popular de finales del siglo XIX popularizado por la farmacéutica Bayer. El siguiente paso fue el de instalar cámaras de gas bajo apariencia de duchas comunes en los campos de concentración y de exterminio. Solo en Auschwitz-Birkenau —del que hace poco se ha cumplido su aniversario— murieron más de un millón de seres humanos. Tras la muerte de Heydrich en Praga, Himmler tomó el relevo y se demostró tan psicópata o más que su predecesor en los métodos y órdenes.

Éste proceso —que duraría hasta prácticamente el fin de la guerra— nos ha llegado con todo lujo de —desquiciante— detalle gracias a la cantidad de documentos legados por los propios nazis. Fotografías y filmaciones, sobre todo. Bien es cierto que mucho del material fue destruido cuando la guerra era ya insalvable y querían borrar el oprobio del exterminio. Pero otro tanto no llegó a destruirse y aún hoy persiste como testimonio de la Historia. ¿La razón? Lejos de arrepentirse, los nacionalsocialistas querían inmortalizar el favor, según su concepción, que le estaban haciendo a la humanidad construyendo, cuando el glorioso Reich ganara la guerra, un museo en Jerusalén en honor a su gesta. Hoy en día en Jerusalén hay un Museo de la Memoria. El impresionante Yad Vashem es quizás el museo más importante del mundo. Al menos es el más necesario. No contiene arte, como el Museo del Prado; sino horror. Pero quizás dice algo mucho más profundo y certero sobre nosotros. Sobre aquello de lo que estamos hechos. Sobre esa sombra que somos todos. Todos nosotros: sin excepción.

En cuanto a por qué no nos han llegado los mismos documentos fotográficos, filmados y escritos sobre las matanzas —de judíos o no— realizadas en el siglo XX por el comunismo, cabe explicar que ni Lenin ni Stalin ni ninguno de sus continuadores en diversas naciones fueron tan idiotas como para documentar su propio crimen. Al contrario, desde el primer día su sangrienta labor se sepultó. Y por eso la otra cara del exterminio de judíos en el siglo XX es mucho más inescrutable.  Quizás a ello se deba que ser hoy comunista no entrañe el mismo rechazo social que conlleva el ser fascista o nacionalsocialista. Y quizás también por ese doble baremo seguimos sin estar a salvo de los totalitarismos en nuestras tranquilas e ingenuas democracias occidentales.

La escritora judio-alemana Hannah Arendt fue quien entrevistó, para la excelente revista The New Yorker a Eichmann en Jerusalén. Con título homónimo serían publicados el conjunto de estos artículos, años después. Tras conocer de primera mano a Eichmann y asistir a su juicio en 1961, la pensadora propondría su término, hoy emblemático y crucial, de banalidad del mal. Igual que Freud, Nietzsche y Dostoievski descubrieron —cada uno en lo suyo: ensayo, filosofía y novela; respectivamente—, que el subconsciente nos domina de una forma tan irracional como irrebatible, Arendt luchó contra una idea del mal como acto profundo y grave —lo que Milan Kundera habría llamado pesado metafísicamente, en contraposición a aquello que es leve metafísicamente—. El mal es leve y lo comete cualquiera, en cualquier momento, bajo determinada circunstancia. Ni el diablo, ni la locura, ni la Verdad —con mayúscula escriben siempre las almas religiosas— sirven para justificar una actitud así. Arendt rebate la idea teológica del mal: nuestros actos no tienen un eco divino, no se graban en la historia, no tendremos que dar cuentas por ello en el transmundo. Como todo lo humano, está condenado a la intrascendencia, al olvido, a no servir para nada en el transcurso de la Historia —también con mayúsculas—. De nuevo Dostoievski: “Sin Dios, todo está permitido”.

La tesis de Arendt, cuyos antecedentes históricos están expuestos en la impresionante investigación recogida en un libro anterior, Los orígenes del totalitarismo (1951), escrito al término del horror consumado y que Stanley Milgram apoyaría indirectamente con los resultados de sus experimentos midiendo el comportamiento humano, es que el mal no es obra de monstruos sino de tipos que “cumplen con órdenes”. (Esa justificación que tanto escuchamos en los juicios de corrupción política donde el corrupto se apoya en el sistema podrido para justificar sus actos y cuya generalización demuestra, una vez más, el triunfo de esa banalización del mal). Esa justificación mil veces escuchada es la justificación del malvado: no un diablo con cuernos, sino un tipo cualquiera al servicio de un aparato burocrático destinado a exterminar una parte de la propia población: un fenómeno que nunca se había dado antes del siglo XX y que practicaron comunistas y nacionalsocialistas por igual. Sin embargo, Arendt no pudo imaginar que existiría una época de estupidez generalizada como la nuestra. Una época líquida, donde abunda el pensamiento débil —entendido despectivamente y no democráticamente, como hace Vattimo— y la opinión del sabio vale lo que la del idiota porque ambas gozan de igual difusión. Una época, en definitiva, donde la relativización ha alcanzado una unanimidad peligrosa, refrendada por el nihilismo más excesivo: aquel criticado por el propio Nietzsche.

Como miembro —me guste o no, lo soy; al fin y al cabo estoy tecleando un ordenador— de una generación muy ligada a las nuevas tecnologías, he leído numerosos blogs de internet. Por supuesto, muchos de ellos versaban sobre temas relacionados con el Holocausto. Reseñas de libros, artículos de opinión, análisis de películas, comentarios a noticias. Esa experiencia unida a la experiencia de años hablando con diversas personas — de dispar edad, sexo, raza o clase social—, sobre el tema me ha llevado a una reflexión personal que vengo manifestando aquí. Si en tiempos de Arendt era competente desenmascarar la idea de mal que venía prevaleciendo, ahora es necesario volver a reflexionar sobre el mal desde una perspectiva más abierta a las nuevas posibilidades del siglo. No vivimos en tiempos de grandes juicios a personajes infames por crímenes contra la humanidad. Ni tenemos en Europa —al menos desde la guerra en Yugoslavia— la necesidad de reflexionar sobre temas tan paralizantes como el exterminio sistematizado por la precisión matemática. Pero quizás sí que haya una nueva necesidad ética: hay que aprender a reflexionar sobre lo más obscuro en lo tocante a la condición humana en unos tiempos donde el exceso de información y la falta de criterio han desembocado en una frivolización de fenómenos tan complejos como difícilmente.

La popularización a través de bestsellers —no confundir con literatura—, películas y series sobre el Holocausto unido a una serie de tópicos popularizados pero en los que casi nadie se adentra para profundizar han llevado a una desinformación sonrojante como la que he encontrado en muchos de los blogs a los que antes me refería. Vivimos en unos tiempos donde conviene hablar de frivolización del mal. No solo carecemos de recursos para entender algo que es casi inentendible —como lo es la experiencia de los supervivientes al exterminio que dejaron su testimonio en la literatura—, sino que tenemos la soberbia de pensar que esos hechos del pasado son lejanos. En otros casos de guerras modernas, incluso más modernas que la IIGM, el axioma es válido pero no en el caso del Holocausto. Porque habla de esa realidad asesina inherente a cada ser humano que busca excusas —el antisemitismo, se ha dicho, ha sido casi siempre la favorita—, para liberarlo. Que Dios no va a salvarnos de nosotros mismos —puesta que esa responsabilidad es solo nuestra— y que el progreso es una quimera. Esas son las verdades evidenciadas por la Shoah, por el Holocausto. Porque la política se convirtió en una teología desacralizada blindada por su propia liturgia. Y todos los horribles sacrificios de la historia fueron hechos en nombre del progreso, de la utopía, de la revolución, de un futuro maravilloso, del mejor de los mundos posibles cuya consecución bien merecía que se derramara la sangre de sus opositores.

El revolucionario prefiere siempre cambiar el mundo a cambiarse a sí mismo: porque es un asesino, porque es un cobarde, porque la realidad es demasiado fragmentaria como para estudiarla en un breve lapso de tiempo y en la mentalidad revolucionaria lo que se busca es un sistema aplicable a todas las situaciones y momentos. La sociedad revolucionaria, muchas veces un Paraíso terrenal de una religión materialista, esconde, bajo la perfecta apariencia de un conjunto racional, miles de impulsos tan irracionales como perversos. Pero la sociedad revolucionaria, el Estado revolucionario es un oxímoron. Así lo han escrito Albert Camus o Gabriel Albiac, convencidos de que lo revolucionario necesita crear enemigos continuamente, alguien a quien derrocar y aniquilar. En una circularidad temporal perpetua. El hombre-masa es carne de cañón para servir de cimiento a la revolución. Funciona con la mentalidad de un esclavo. Vive gratamente entregado como siervo de su causa, como adorador de un Dios común —que puede ser un Dios clásico como Baal o Alá pero también un Dios moderno: Revolución, Proletariado, Raza, Nación, etcétera.—. Y se siente superior a quien no se integra en la masa porque se sabe salvador del mundo. Todo precio resulta mínimo para alcanzar su objetivo. En carne propia, pero sobre todo en la ajena. Cualquier alma enemiga es susceptible de ser eliminada si se opone a la masa. Los sacrificios son, pues, imprescindibles; más aún, deseables, para albergar el paraíso. Sean bienvenidos, pues. Siempre lo han sido. Hasta que no quede un oponente sin borrar. Lo que el hombre-masa, ese fanático, ese revolucionario, ese sacerdote, no sabe, es que su causa necesita ser un deseo —inasible, como lo son siempre todos—: nunca alcanzará su objetivo porque éste atenta contra las leyes del mundo; nunca cejarán, pues, los sacrificios.

Los sacrificios son el fundamento y el verdadero fin de una masa que, de destruir a su enemigo, empezaría a autofagocitarse. Cualquier maniqueísmo es pulsión de muerte disimulada, sed de sangre escondida, deseo irrefrenable por asesinar amparado por la ética. Como escribe Frazer en La rama dorada, “La expulsión mediata de los demonios por medio de una víctima expiatoria (...) tiende a convertirse en periódica”. Y aún hoy seguimos entregándonos a divinidades —no sólo los dioses clásicos, sino a dioses nuevos como La Ciencia o La Tecnología que constituyen una idealización de materias muy útiles pero no tan sobrenaturales como muchos las pintan—; y seguimos pensando que el progreso existe y que nuestra época está más allá de las anteriores, libre al fin de los errores del pasado. Una soberbia basada en la idea cierta de que hoy vivimos mejor que nunca y de que nunca había habido tanta paz y bienestar como en éste tiempo. Pero nos cuesta entender la sistematización del exterminio en el siglo XX. No queremos pensar en cómo se pudo usar la tecnología de un modo tan destructivo y eficaz. En cómo la barbarie adquirió ese grado en el siglo donde más páginas se habían dedicado a conceptos como civilización o utopía.

Lo peor de la Shoah es que sucedió en el corazón de la civilización y arrastró al horno crematorio a lo más granado de la cultura europea de su tiempo. Tantas décadas después, no se sabe que es lo peor: si el olvido o la parodia. Cuando un tema tan fundamentalmente complejo ha sido maltratado hasta lo sangrante. Y lo que más denigrante: la generación de un melodrama eminentemente idiota; prueba de una moralidad que es solo barniz. Pocos saben hablar del Holocausto con criterio. Esto es, con distancia. Porque la cercanía está restringida a aquellos que tuvieron la desgracia de sufrirlo: autores como Primo Levi o Jorge Semprún que, como desmostró la muerte del primero y la máxima del segundo, tuvieron que escoger entre “la escritura o la vida”. Y que, evidentemente, escogieron lo peor para ellos que era, también, lo mejor para las víctimas que ya no podían contar su historia.

Al resto de juntapalabras —también llamados escritores— que quieran tratar la cuestión solo les queda otra opción para tratar tan obscuro tema: la lejanía. Pienso en como trató Jaume Cabré el tema en su extraordinaria novela —una de las mejores que yo he leído escritas este siglo— Yo Confieso y creo que esa es la forma en que debe tratarse el tema: mostrando la línea aparentemente lejana que nos acerca a todos sin excepción a la catástrofe del siglo pasado. También lo hizo Martin Scorsese en la adaptación cinematográfica de Shutter Island (2010) o Pawel Pawlokowski con su película Ida (2013). En ambos casos, el Holocausto supone apenas un detalle en la trama pero que ha marcado cada instante de la historia que es narrada. En otras palabras, no podemos entendernos sin entender bien ese rasgo reciente de nuestro pasado que dice, ahora, y dirá siempre una compleja verdad sobre la condición humana.

El siglo XX está plagado de escritores cuya vida fue arrasada por el tiempo en que vivieron, y en cuya obra apenas hay una mención explícita. De ese arte de profetizar desde una suerte de alegoría huidiza hizo Franz Kafka el núcleo de su obra. Quizás nadie como él anticipó el absurdo de la aniquilación de grandes porciones de la población por parte del propio Estado, la detención de individuos indiscriminadamente y su destrucción sistemática, y la lentitud de unas vidas insignificantes atrapadas por la tutela de un gigantesco entramado burocrático. Por eso escribe Kafka en su Diario el 2 de Agosto de 1914: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación”. Ésta muestra de humor irreverente esconde una actitud vital que confirmaría el movimiento cultural de Mayo del 68: es la desafección que el individuo moderno siente por la política en un mundo absurdo. Esa política tomada como teología contra la que luchaba Spinoza en su Ética; esa política que Flaubert retrató en su Educación Sentimental, Stendhal en La cartuja de Parma o Dostoievski en Los demonios, haciendo un retrato de su generación; porque el mundo de Kafka se adelanta al mundo posterior al Holocausto: un mundo absurdo que a Sartre —al que no soy nada afín— le daba ganas de vomitar. Igual que en reconocidos novelistas contemporáneos como Paul Auster, el azar es el motor de la vida, en las novelas de Kafka ese papel está reservado para el absurdo. El absurdo, una ausencia de racionalidad que nos impide entender qué causas convocan el desorden del mundo. Y, en los mismos años en los que escribía Kafka obras maestras como El proceso o El castillo —que leí, deslumbrado, en los días más solitarios de mi vida, con una intensidad y placer como no he vuelto a leer, ni lo haré, otra vez—, publicaba sus ensayos Sigmund Freud.

Freud es otra cosa. Desde el racionalismo de un análisis aséptico, descomponía el falso racionalismo de una sociedad —la vienesa— plagada de contradicciones y tabúes. Descubrió el poder de lo irracional en nuestras vidas, el condicionamiento al que nos someten los traumas y cómo nuestras experiencias pueden cobrar un sentido mítico bajo la luz del análisis y la arqueología simbólica. La sociedad vienesa de principios de siglo me ha cautivado gracias a libros como Afinidades vienesas de Josep Casals. Apenas hay concentraciones iguales de talento en una época y geografía determinadas. Habría que hablar de la Atenas de Pericles, de la Italia renacentista, del París de los siglos XVII-XVIII, para encontrar ejemplos al nivel.  Quizás ésta imagen sea idealista, pero es la imagen que me ha llegado de manos de los propios escritores que vivieron y escribieron entonces. Esa Viena que mezcla estilos arquitectónicos pseudo-renacentistas, pseudo-clásicos y pseudo-barrocos. En sus memorias tituladas El mundo de ayer, Stefan Zweig cuenta cómo los niños intercambiaban libretos de Ópera y aclamaban a los barítonos más famosos del mundo. Las comparaciones —y en este caso toca comparar con cromos y estrellas de fútbol—, con el presente son irrisorias.

A la condición de melómanos, deberíamos añadir la de grandes conversadores para presentar a los ciudadanos vieneses. En una época de auge de los Cafés —tan célebres como celebrados—, los vieneses se destacaban en el arte de la conversación —casi siempre en torno a temas cultos— como dignos herederos de Sócrates. Y como todo buen pueblo oriental —la influencia semita queda latente—, fomentaban la reunión social. De forma que, si en su amor por la música se destacaban como parte de la gran cultura germánica moderna, en su amor por el intercambio a través de la palabra hablada se destacaban como parte de la cultura mediterránea clásica. Lejos de vivir anclados en su ciudad —cosa entendible, por otra parte, dada su ilimitada belleza—, los vieneses gustaban de viajar frecuentemente. Como Odiseo, necesitaban salir de casa para descubrir lo mucho que la necesitaban. Y también volvían más reconocidos: porque su patriotismo austriaco no iba en detrimento de una idea unida de Europa: ”lo universal es lo particular sin fronteras”, reza el clásico. Eran herederos del grand tour romántico que practicaron Byron o Stendhal en el siglo anterior.

Con un alto nivel generalizado —lo que no deja de ser lacerante para una sociedad mucho más inculta como la nuestra, a pesar de gozar de considerables mejores condiciones para el estudio— cultural, la sociedad vienesa no desdeñaba el deporte. Ese deporte hoy convertido para muchos en religión del cuerpo, en intento vano por inmortalizar lo degradable por naturaleza, no era entonces desdeñado —aunque tampoco eclipsaba las labores intelectuales—, y se practicaba a la par que la más alta cultura: en conexión directa con las mejores tradiciones griegas. No en vano sus escuelas se llamaban gymnasium. Como toda gran cultura, sus mejores ciudadanos eran cosmopolitas en vez de identitarios tribales. Y se refinó el gusto de buena parte de la población: en los alimentos que consumían, en los licores que bebían, en las vestimentas con las que se engalanaba, en la forma cómo distribuían su tiempo libre, en el lento y costoso desembarazo por unas costumbres tan restrictivas como ridículas que Thomas Bernhard no se cansó nunca de denunciar —a través de obras escandalosas y lenguaraces como Heldenplatz—, como parte de lo que él consideraba una sociedad intolerante —a pesar de todo lo hasta aquí apuntado—. No podemos olvidar el entusiasmo popular con el que fue saludado el Anschluss —anexión de Austria— en 1938.

El talante, la herencia genética, nuestras experiencias más traumáticas y el entorno social de cada uno hace que cifremos unos datos de una forma u otra. Así, podemos considerar a la sociedad vienesa como una sociedad puritana y represiva —por lo que, la nuestra no lo sería menos—; o podemos fijarnos en esa nueva burguesía que se rebeló contra el modelo encorsetado promoviendo el psicoanálisis y abandonado, así, otros tratamientos para la histeria como eran la hipnosis o el electrochoque. Las mujeres no solo empezaron a gozar de más libertad para hablar, vestir y trabajar sino que se convirtieron en un icono de la moda y del arte. Protagonista de los cuadros de Klimt, las mujeres fueron reivindicando lo que una sociedad positivista y racionalista tanto criticaba: el sentimentalismo y lo expresionista. Más dado a lo trascendente y a lo íntimo, fueron pioneras en una reivindicación de lo emocional —que hoy se ha radicalizado al punto que es la razón aquello que está siendo discriminada— que dio grandes satisfacciones al arte.

La burguesía, tan atacada por los totalitarismos del siglo XX, fue la que permitió una cultura así de avanzada. Como en el Renacimiento, la llegada de una bonanza comercial permitió el desarrollo de una clase media que podía hacer vida artística al tiempo que practicar satisfactoriamente el negocio. Y también como en la Venecia renacentista, surgieron mecenas que sustentaron y potenciaron a los artistas. Colecciones como la de los Thyssen, los Rothschild o los Warburg evidencian que, en aquella época, el bienestar económico era directamente responsable del esplendor cultural. Frente a los enemigos de la burguesía y del capital —más preocupados por erradicar a los ricos que por erradicar a los pobres; más dados a expropiar que a producir—, la Viena de principios del siglo XX supone un ejemplo a seguir y en el que inspirarnos de modelo económico y cultural; de aspiración a imitar en tanto que conservadores de lo recibido que se sienten legitimados a mejorar levemente aquello que le pueden legar a sus hijos casi intacto.

Como siempre, el fracaso es más latente cuanto mayor ha sido el ascenso previo. Por eso, creo que la generalizada muerte de Europa fue especialmente dolorosa para una cultura tan irrepetible como lo fue la de la Viena de entonces. Es más: en éste caso particular, la cultura fue antes que la guerra. No es casualidad que los nazis siempre estuvieran preocupados con el arte judío. Lo que ellos consideraban degenerado es lo más alto en la cultura europea de su época. Y las piras públicas de libros son también una pira de la propia Europa. Quizás aquella pira se hubiera evitado de haber hecho caso a los avisos de personajes como Theodore Herzl que se anticiparon a lo que ocurriría después; o si Chamberlain y Daladier hubiesen puesto freno a los delirios hitlerianos —un Hitler, por cierto, que había roto el tratado de Versalles donde se le prohibía tener un ejército amplio o aviación, pero que pudo desarrollar con la complicidad del siempre temeroso y psicopático Stalin— a tiempo. No pudo ser y la tragedia fue inevitable, con las consecuencias por todos conocidas. José Jiménez Lozano dijo en el transcurso de una entrevista: “Hoy nuestra cultura está cada día más cerca del Holocausto”; mientras que en el poemario Campos de Raúl Fernández Vítores se puede leer que “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Por su parte, Gabriel Albiac señala que “el melodrama envilece la tragedia”, opinión compartida por el cineasta Claude Lanzmann, que criticó La lista de Schindler por su excesivo sentimentalismo. Podemos hablar de frivolización del mal en tanto que se alienta una comprensión melodramática en vez de una comprensión moral y filosófica de esa tragedia colectiva de la condición humana que fue la Shoah, sobre la que ninguna generación de hombres podrá dejar de reflexionar ni sentir como una experiencia ajena.