Aunque sin precisión, en los rifirrafes parlamentarios, en alguna ocasión, se ha recordado a la bancada de las izquierdas múltiples que entre sus pobladores hay no pocos hijos de franquistas/falangistas, porque no pocos, en realidad, no tienen como antecedentes políticos la vinculación a la “lucha antifranquista” (en algún caso algunos de los que blasonan de tal lucha personal debieron realizarla con el “uniforme” de parvulitos o con los zapatos gorila de la EGB).

Es rigurosamente cierto que entre los cargos electos, nacionales o locales, de socialistas, podemitas, nacionalistas… no son extraños los casos en los que sus progenitores desempeñaron cargos políticos o sindicales en el régimen de Franco. Lo que daría para reflexionar sobre el peso de su “pecado original” en su comportamiento y el peso en su subconsciente  de  la necesidad de matar “políticamente al padre”, aunque sea mediante la oclusión o el borrado de la memoria.

Hace unos días se nos informaba de cómo, a última hora, porque alguien debió de caer en la cuenta, de forma torpe, se incluyó en el proyecto de “ley de memoria democrática” una referencia, que gramaticalmente demuestra una cierta cobardía, pensada para señalar y esconder la mano (y evitar de paso burdamente el “caso único” contrario a la ley), a la División Española de Voluntarios, unidad constituida por el Ejército español, cuya campaña forma parte dela historia del Ejército español, conocida popularmente como la División Azul.

No estaba la mención en el texto conocido publicado por Presidencia, pero apareció, sin más, en el anteproyecto publicado en el Boletín de las Cortes. Así pues se consideraría “contrario a la memoria democrática” cualquier elemento que en la vía pública que recuerde a las “unidades civiles o militares de colaboración entre el régimen franquista y las potencias del eje durante la Segunda Guerra Mundial”. Es decir la División Azul.

Conviene que no nos hagamos los inocentes ni nos rasguemos las vestiduras. De facto ya se hacía, ya se ha estado haciendo sin que el PP levantara la mano cuando no colaborara en ello. Desde hace décadas han sido retiradas de la mayor parte de las ciudades y pueblos los nombres de las calles y monumentos que recordaban a la División Azul, también se retiraron de los cuarteles militares (pese a recordar a militares que obtuvieron combatiendo en ella la más alta condecoración que existe en España, la Cruz Laureada de San Fernando), o los nombres de divisionarios (algunos continúan en calles por ignorancia y en pocos casos por dignidad de miembros de la corporación local, a pesar de las directrices de sus partidos). Y en la retirada, hay que subrayarlo, compitieron o compartieron la acción el PSOE y el PP.

Alguien debió recordar, en plan Lady Macbeth, susurrando en el  oído del dúo Sánchez-Bolaños, que sustituye al dúo Sánchez-Calvo –aunque ya veremos si en realidad no son un trío–, que se habían olvidado de la División Azul y ello daba pie a que los recursos ante los tribunales, para evitar la retirada por aplicación de la ley, prosperaran (lo mismo Margarita Robles, que es magistrada y defensora acérrima de la ideología de la memoria, anduvo en ello).

En ese Consejo de Ministros que aprobó la propuesta de la nueva ley de “memoria democrática” habita un personaje singular, el ministro José Luis Escrivá Belmonte, natural de Albacete, nacido allá por 1960 y ahora titular de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones (título casi tan largo como FET de las JONS). No es que me interese mucho la vida personal de los ministros, pero un buen amigo me advirtió de una singularidad y una no mejor amiga me remitió la no menos singular orla que acompaña este artículo como prueba imborrable. Naturalmente todo ello, todo lo que a continuación se anota, ha sido oportunamente borrado de los currículos oficiales, y los medios puede que  hayán preferido mirar para otro lado. No quiero decir con lo que sigue que el ministro Escrivá haya sido Lady Macbeth, pero, en todo caso, pecó de omisión al callar para mantener un impoluto currículum socialista. ¡Sacrificios que hay que hacer!

Resulta que el ministro Escrivá es hijo de la División Azul, o más precisamente hijo de un divisionario  de 1941, Joaquín Escrivá Roig. En junio de 1941 había tortas por formar parte de la División Azul, especialmente en la zona que más tiempo estuvo bajo la férula del Frente Popular, porque no habían podido combatir contra los “rojos”. Y para combatir a los “rojos más rojos”, los comunistas de la URSS, se apuntó el padre del ministro Escrivá. Aunque cabría estimar, dada la terminología conceptual utilizada por sus camaradas del PSOE lo hizo para “colaborar con las potencias del eje”. Al menos el ministro Escrivá pudo tener la decencia de indicar a su amo y señor que su padre fue a combatir al comunismo. Ello hubiera provocado una tormenta en un Consejo de Ministros donde están los comunistas, pero para ello hace falta valor personal. Acreditado en el caso del Joaquín Escrivá.

Supongo que el ministro, si ahora este artículo tiene eco, dirá que su padre fue obligado, que el hambre, etc. etc. etc. Adelantémonos a las “excusas”. Joaquín Escrivá, voluntario en la División Azul no se fue solo. El segundo apellido del ministro es Belmonte. Y resulta que los Belmonte también se fueron a combatir a los “rojos” en la División Azul. Nombres con cierta fama en Albacete. Como Joaquín, que servía en Rusia en la 3ª Batería de Artillería, estaba en el frente José Belmonte González, oculista. Cuando le descubrió otro médico, que también ocultó su condición hasta que lo  enviaron a hacer lo que mejor sabía que era operar, Armando Muñoz Calero, lo trasladó al equipo quirúrgico bajo su dirección. El otro primo, Carlos Belmonte González, divisionario, llegaría a ser alcalde de Albacete y presidente del Albacete FC además de ser un reconocido arquitecto. El estadio de la capital lleva su nombre y, por cierto, mi padre como árbitro dirigió el encuentro de inauguración. Y es que entre los divisionarios albaceteños brillaron nombres con larga carrera política o profesional en el Albacete del régimen de Franco.

En Albacete existió una poderosa Hermandad de la División Azul que en 1953 puso en pie el monumento más importante a la División Azul que existió en España. Desde su inauguración, todos los 12 de octubre, tras una misa, los divisionarios acudían a depositar unas flores en recuerdo de los caídos. Y allí estaban los miembros de la familia del señor ministro. Y hasta es posible que en alguna ocasión, de niño, acudiera el señor ministro. Si lo hizo lo negará hasta 3 veces como San Pedro.

¿Dónde se alistaron para ir a combatir a los “rojos” los parientes del señor ministro? No fue en un cuartel, donde podría decir que fueron obligados como afirman algunos tontilocos. Fue en la Jefatura de Milicias de FET de las JONS. Para inscribirse en 1941 se necesitaba aportar informes/currículo falangista o de probada adhesión. La recluta, dentro del entusiasmo generalizado entre los albaceteños de la victoria, fue un éxito. Cuando se cerraron los banderines en FET de las JONS tenían 984 voluntarios que habían pasado reconocimiento, pero había cupo y solo pudieron ir 329 hasta Valencia. Desde allí retornarían 54 por razones diversas –problemas físicos, menores de edad, renuncia etc.–. Ni Escrivá ni los Belmonte renunciaron.

Por si fuera poco, al retornar del frente acudieron a hacerse una orla de recuerdo, un tanto kitsch, porque se mezcla la insignia de la División Azul con la imagen de la Virgen de los Llanos y el identificativo que llevaba el Heer en su uniforme sobre el bolsillo junto con el yugo y las flechas. En nos encontramos con Joaquín Escrivá.

Tampoco es que este “matar al padre” sea tan extraño en la familia porque andando el tiempo, y recogiendo el usufructo del apellido conocido, acabó como alcaldesa de Albacete la socialista Carmina Belmonte. Una de sus “grandes” decisiones en 1994 fue destruir el monumento a la División Azul que existía en la ciudad, en la plaza de la División Azul –hoy plaza de la Constitución–, en un deseo más que evidente de evitar que sus paisanos le recordaran de dónde venía (lo que le valió un serio disgusto familiar). El monumento era obra de Carlos Belmonte, arquitecto,  y tío de la alcaldesa. Ahora cabría pensar que el ministro Escrivá ha imitado o contribuido a que así lo parezca a Carmina.

Claro que todo esto podrían ser solo elucubraciones mías.