Visionarios y megalómanos, como todos los redentores sin principios, los plutócratas del NOM, con la ayuda de sus esbirros, han decidido redimir a la humanidad del excesivo hedonismo en que se halla inmersa. Y es cierto que la sociedad consumista, alegre y confiada, ha abandonado todo código de valores y se ha entregado al narcisismo y al más grosero carpe diem. La abundancia, al menos en gran parte de la sociedad occidental, ha debilitado el pensamiento tanto como el sentido de la responsabilidad o el de la solidaridad. La multitud, hoy, no se distingue por la abnegación, sino por el egoísmo; no destaca por dar entidad a sus obligaciones, sino por reclamar sus derechos.

Es curioso que quienes desde sus grandes multinacionales se han empeñado en empujar a las multitudes por la senda del goce insolidario, sean ahora los que pretenden restringir drásticamente la ostentación del despilfarro, alegando el deterioro físico del planeta o su superpoblación, por ejemplo. Pero esas limitaciones no van dirigidas a todos, sino primordialmente a la clase media, porque las agendas que tienen diseñadas no les incumben a ellos ni a sus elites respectivas, que seguirán exhibiendo sus posesiones y engordando sus multimillonarios patrimonios. Los verdaderos ricos, los ostentosos magnates, añadirán poder a su nada respetable linaje, para que sus árboles genealógicos puedan alcanzar un brillo tradicional y patricio en el futuro.

El caso es que unos y otros, tanto la oligarquía capital-socialista como el común, se hallan enfrentados a un problema tal vez irresoluble: impedir que una sociedad en apariencia culturizada y boyante se precipite en las simas de la degradación y del declive. Los instigadores del consumo desaforado, de la sociedad del bienestar, siempre motivados por su feroz capitalismo, son ahora los agitadores de un globalismo restrictivo.

Se esforzaron, para provecho propio, en adormecer a la plebe haciéndole creer que todo deseo constituye un derecho, y ahora ha llegado el momento de las prohibiciones, porque se han percatado de que toda comunidad en la cual se satisfacen los deseos de sus individuos desde la cuna a la tumba está condenada a la decadencia. Mas no es la decadencia social lo que les preocupa, sino el riesgo de sus fortunas. Y es con el fin de preservarlas y multiplicarlas por lo que, como nuevos Prometeos, se levantan más alto de lo que debieran, incapaces de contenerse dentro de los límites de moderación adecuados, según la medida de las cualidades que la naturaleza ha repartido a cada cual.

Sin control moral, dueños del mundo, comparándose a sí mismos sólo consigo mismos, no entienden de razones ni de realidades, si estas contrarían sus privilegios; cualquier cosa que les viene a la mente para cumplir sus intereses la imponen por medio de su propaganda desnaturalizadora y de leyes espinosas e insociables. En su avidez por atesorar riquezas, se descubre su falta de cordura, su índole pervertida. Pretenden ser dioses y anhelan que les rindamos culto como nuevos creadores de nuestro ser, pero no son sino los autores de nuestras cadenas, gente soberbia y resentida que nos amarra a doctrinas aberrantes y a ergástulos penosos; seres causantes de rencores, miserias y discordias.  De ahí que bajo su férula nos espere una libertad encadenada, una justicia injusta y una verdad falsa.

¿Y qué mejor para sus planes que establecer una plaga, tan eficaz para sus proyectos actuales como contradictoria con sus comportamientos de antaño? ¿Qué mejor que jugar con el miedo de las multitudes? En el retablo de la vida cotidiana, en la representación de esta sociedad de bribones, oportunistas e ignorantes que rinde culto al Club de los Poderosos, a los pedófilos y bujarrones del LGTBI, a los aristócratas de las cloacas, se ha revelado que se teme más a la muerte que a la pérdida del honor y de la libertad.

¿Qué puede hacerse cuando ves alrededor una trama de redes clientelares, una tropa de pillos que hacen su agosto a través de la subvención? ¿Qué ha de hacerse cuando el Estado, en manos de truhanes, compra y vende conciencias y biografías o malogra el porvenir de los prudentes? ¿Qué debe hacerse, insisto, cuando, a falta de preocupaciones más nobles, es la de la muerte sórdida y cobarde, la de la muerte no desafiada, la de la muerte inducida por el agit-prop capital-socialista, la inquietud que se ha instalado como un apocalipsis, hasta enfrentar a los propios vecinos por el uso o no de una mascarilla, por la inyección o no de una vacuna?

El poeta Marcial dejó escrito en sus Epigramas que no hay que temer ni desear el último día. Él, como todo hombre prudente, sabía que no hay nadie que no quiera existir, como no hay nadie que no quiera ser feliz. La naturaleza rehúye con gran fuerza el no ser. La naturaleza entera rehúye la muerte, y esto se deja ver hasta en los mismos animales. Ni aún aquellos que se suicidan aman el no ser, sino que prefieren dejar de ser miserables, creyendo que con la muerte seguirán siendo, pero felices. La muerte es el efecto más despreciable para los hombres que nos infirió el pecado original. Nadie quiere morir, porque todos aman el ser. Mas a pesar de todo, tan pronto como el hombre entra en la vida, ya es viejo para morir. También la muerte, sobre todo la muerte, hemos de encararla con dignidad, no como gusanos delatores.

En esta pandemia ha podido comprobarse que el temor de la muerte y el dolor, la impaciencia con que éste se soporta y el deseo de la curación es lo que hace que nuestras convicciones se conviertan en algo tan blando y maleable. La mayoría ciudadana se abandona a la opinión de los déspotas y se resigna a esa miserable esclavitud o se rinde a toda serie de imposturas, poniéndose al servicio de quienes tienen el descaro de engañarle una y otra vez con promesas o amenazas a conveniencia. Una credulidad pueril al servicio de la hipotética salvación física.

Es esta mayoría la que, en estos tiempos víricos, ha buscado el paraíso no en el amparo generoso de las causas perdidas, no en la defensa activa de la libertad, no en la firme denuncia de sus victimarios, sino en el aburrimiento de su miedo. Y ha permanecido y aún permanece en ese paraíso aldeano sin querer advertir que de esa muerte temida no son culpables los pocos rebeldes que se oponen al oscuro genocidio que representa el virus y al manejo interesado que han hecho de él los propagandistas del Sistema, sino los poderosos y sus esbirros que han roto la paz y la vida.

Contra éstos, contra los genocidas, la ciudadanía acoquinada no tiene nada que decir; se ha quedado muda. Por lo tanto, si no rectifica con urgencia, tendrá indignidad y tendrá también muerte, más pronto que tarde.