El artículo 28º del vigente Código Penal, a la hora de referir el grado de participación en la comisión de un hecho delictivo, establece que también son autores los siguientes:

a) Los que inducen directamente a otro u otros a ejecutarlo.

b) Los que cooperan a su ejecución con un acto sin el cual no se habría efectuado.

Queda, por tanto, meridianamente claro que en la autoría de un supuesto penal no solo se puede considerar autor al que lo es de forma directa y material, sino también a aquellos otros que alientan o animan a su comisión.

Más adelante, en este mismo texto legal, el artículo 515º, al referirse a las asociaciones ilícitas, señala como punibles las siguientes conductas:

“2º. Las que, aun teniendo por objeto un fin lícito, empleen medios violentos o de alteración o control de la personalidad para su consecución”.

“4º. Las que fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra personas, grupos o asociaciones por razón de su ideología, religión o creencias, la pertenencia de sus miembros o de alguno de ellos a una etnia, raza o nación, su sexo, orientación sexual, situación familiar, enfermedad o discapacidad”.

Tal vez, alguien tendría que considerar estos artículos del Código Penal a la hora de determinar el grado de responsabilidad de los dirigentes de la ultraizquierda, algunos de ellos ocupando puestos de responsabilidad y de gobierno en representación de su partido, en los tristes y graves sucesos acaecidos ayer en la plaza de la Constitución -que no roja- del barrio madrileño de Vallecas, con ocasión de la celebración de un acto político de Vox.

En igual medida, un partido como el podemita, si nos atenemos a la legislación vigente y no al hecho de servir de apoyo para que los socialistas se perpetúen en la Moncloa, también debería ser de inmediato ilegalizado ya que así lo prevé la Ley Orgánica 6/2002, de 27 de junio, de Partidos Políticos, que en su artículo 9-2, señala: “Un partido político será declarado ilegal cuando su actividad vulnere los principios democráticos, particularmente cuando con la misma persiga deteriorar o destruir el régimen de libertades o imposibilitar o eliminar el sistema democrático, mediante alguna de las siguientes conductas, realizadas de forma reiterada y grave:

  1. B) Fomentar, propiciar o legitimar la violencia como método para la consecución de objetivos políticos o para hacer desaparecer las condiciones precisas para el ejercicio de la democracia, del pluralismo y de las libertades políticas”.

Más adelante el artículo 9-3 de esta misma Ley refiere: “Se entenderá que en un partido político concurren las circunstancias del apartado anterior cuando se produzca la repetición o acumulación de alguna de las conductas siguientes:

  1. A) Dar apoyo político expreso o tácito al terrorismo, legitimando las acciones terroristas para la consecución de fines políticos al margen de los cauces pacíficos y democráticos, o exculpando y minimizando su significado y la violación de derechos fundamentales que comporta”.

Del apoyo y aliento que reciben estos grupos de matones callejeros por parte de Podemos y sus confluencias, no existe la mínima duda ya que, su portavoz en el Congreso de los Diputados, en un twitter, publicado el pasado 17 de febrero, señalaba: “Todo mi apoyo a los jóvenes antifascistas que están pidiendo justicia y libertad de expresión en las calles. Ayer en Barcelona, hoy en la Puerta del Sol.

La violenta mutilación del ojo de una manifestante debe ser investigada y se deben depurar responsabilidades con contundencia”.

Por tanto, si entendemos, de acuerdo con la definición que da la RAE a la palabra portavoz: “Persona que tiene autoridad para representar a un grupo o a una colectividad y hablar en su nombre por haber sido elegida para ello”, es fácilmente colegible que tan siniestro personaje habla en representación de su partido, Podemos, que participa de las mismas ideas que él.

Visto lo antedicho, es intolerable que, durante días, por medio de las redes secuaces de esta canalla roja, contando con el patrocinio de tipejos miserables que están en las Instituciones, incluso en el gobierno, se aliente a las manadas comunistas a salir a las calles a practicar el matonismo callejero y torpedear un acto, sea quien sea su organizador, por el mero hecho de que los que lo organizan no comulguen con sus ideas sectarias y excluyentes.

Intolerable en un país que se auto titula democrático y que permite que en su gobierno militen tipos y tipas que profesan la ideología más criminal y genocida de la Historia de la humanidad: el comunismo. Una lacra que creíamos eliminada y que ha vuelto de la mano de los socialistas, el partido que históricamente más odio ha destilado contra España.

Y esos son, precisamente, los que sueltan a estas manadas de energúmenos a las calles para apedrear y apalear a cualquiera que no piense como ellos. El colmo de la miseria y la maldad humana.

Y, entretanto, la derechona, cobarde y acomodaticia como siempre, guarda un silencio cómplice, si exceptuamos a la señora Díaz Ayuso, una dama en toda la extensión de la palabra, como sin con ellos no fuese la historia. Una actitud en la que también es cómplice esa prensa miserable y canallesca, bien pagada y convertida en una fuerza cipaya del poder.

Es asombroso y, a la vez, asqueroso oír al chuleta de la Moncloa como se le llena la boca criticando lo que él llama la “foto de Colón”, aquella en la que miles de españoles de toda raza, credo y condición enarbolaron orgullosos la Bandera de España, clamando por su sagrada unidad. Parece mentira que este perverso individuo no se pare a observar su fotografía en unión de sus socios, la anti España, comunistas, perroflautas, manteros, anarquistas, golpistas, separatistas, bolcheviques/bolivarianos y proetarras, enarbolando cualquier Bandera menos la de España. Menudo plantel, para echarse a temblar.

Esperemos que, algún día, la Justicia tome cartas en este asunto e ilegalice, de forma fulminante, a partidos cuya única estrategia consiste en inocular el odio entre sus bases y dirigir sus acciones de matonismo callejero contra todo aquel que no piense como ellos.