El debate de candidatos a la presidencia regional de Madrid ofreció las grandes trazas de personalidad de los respectivos líderes en la liza electoral autonómica. Lo previsible en la actuación de cada uno de ellos se cumplió, salvo en el caso de Rocío Monasterio, subestimada por todos los medios generalistas -no digamos por los afines al PP-, pero vencedora indiscutible al marcar la nota distintiva, peleona y sagaz en la lucha ideológica.

Isabel Díaz Ayuso, con su habitual inteligencia en el regate dialéctico y en el lucimiento técnico sobre los datos referidos a los servicios en la Comunidad de Madrid aplastó, por demolición y derribo, los insidiosos ataques de Pablo Iglesias. El comunista de Galapagar fue el más decepcionante de los candidatos; las expectativas que había creado previamente, dados sus antecedentes como bregador demagogo experto en navajeos discursivos, se vinieron abajo. 

Pablo Iglesias fue destruido sistemáticamente por Isabel Díaz Ayuso, que aportó datos irrefutables sobre los servicios sanitarios madrileños, pero también por Rocío Monasterio, la cual le recordó las lacras personales del marquesado de Galapagar  niñera incluida así como las repugnancias del comunismo plasmadas en el régimen cubano.

De la pistolera Mónica García, del partido “Más Madrid”, poco se puede decir. Parecía Greta Thunberg estirada. Su verborrea incidió en las mamarrachadas liberticidas contenidas en la Agenda 2030 y plasmadas en los dogmas ecologistas: planteó una dieta sin carne, un tarifón eléctrico para implantar las energías renovables hegemónicas, tirar los coches diesel a la basura, etc. Fue una diarrea ideológica repugnante en la línea de la niñata Greta, del Foro de Davos y de la Agenda 2030.

Fray Gabilondo hizo honor a su carisma de trapo mojado. Anodino, insulso, vacuo. Escucharlo durante un minuto incitaba a la somnolencia. El contenido de sus alocuciones redundaba en manipular a su antojo las cifras sobre crecimiento y empleo en Madrid pintando la región como el vagón de cola de España. Quiso dibujar a Madrid con la misma radiografía –ésta sí real- que padece España por culpa del PSOE-Podemos: paro masivo, colas del hambre y 30.000 ancianos sedados en las residencias comandadas por Pablo Iglesias desde el 19 de marzo de 2020.
Trasladar las maldades gestoras del jefe de su partido, Pedro Sánchez, a la gestión de Ayuso, fue lo que trató de hacer Fray Gabilondo que no vaciló en utilizar el tono tontorrón, beatífico y de monserga, propio de un clérigo sermoneador progre de rebajas. Gabilondo hizo lo esperado en él.

El candidato del partido en extinción llamado Ciudadanos, Edmundo Bal, mereció ser calificado como Inmundo.

Inmundo Bal caminó en el debate como pollo sin cabeza, ejerciendo como bufón sin honra; como pregonero de una sonrisa bobalicona y un centrismo de la nadería, sin principios y desplumado por sus traiciones contumaces. La daga de la traición naranja, que Inmundo lució en el debate, apenas pudo ser disimulada. Unió su destino al PSOE, y se vendió a PP y PSOE para pactar un futuro gobierno, mientras caía en el absurdo de impostar valores de moderación en un debate sobre ideas; todos los candidatos lucieron las suyas, mientras Inmundo sólo jugó a la mascarada. Abonó su “centrismo” al ataque persistente contra Rocío Monasterio, regalando a Vox publicidad gratuita.
Inmundo fue, por méritos propios, el bufón de la jornada. Firmó su epitafio político.

Rocío Monasterio fue la verdadera vencedora del debate. No porque lo diga Narciso Michavila, ni encuesta alguna ni periodista. Lo fue porque llevó el núcleo del debate a su terreno de lucha ideológica y de combate cultural. Reafirmó a Vox como el partido antiestablishment desligado de lobbies y de siniestros poderes tuteladores.

Sin quererlo, la televisión pública madrileña y las nacionales que retransmitían el debate convirtieron a Vox en protagonista, una vez más, del debate nacional. Rocío tocó la médula de los vecinos obreros de los barrios destrozados por la multiculturalidad; de los españoles de a pie con problemas reales de delincuencia, okupación e insalubridad pública debida a la usurpación callejera por los centros de “menas” sufridos en Madrid, pero también en Valencia, Cataluña o Vascongadas.

Rocío no sólo dio la batalla por el Madrid sacudido por los delitos de menas en Batán, la manada del Parque del Oeste o el irrespirable barrio de Hortaleza; lo hizo por todos los españoles de nuestra Patria zaheridos por este problema.

El ya famoso cartel voxero de: “UN MENA: 4700 EUROS/MES, TU ABUELA: 426 EUROS”, no sólo fue el revulsivo del día en todos los debates televisivos y telediarios desde la mañana a la noche sino que dio, a Rocío, el trampolín para llevar a su cancha el debate de candidatos.

El consenso progre, desde la derechita cobarde de Ayuso que paga las plazas de menas en Madrid hasta la infecta izquierda estafadora de los barrios obreros, se vio eclipsado por Rocío Monasterio cuando las cuestiones morales, culturales e ideológicas salieron a la palestra en la discusión.

Monasterio y Ayuso no se pegaron entre ellas, y cada una veló por su espacio estratégico respectivo. Pero la líder de Vox Madrid, a diferencia de Ayuso, reveló cómo porta un discurso nacional en un proyecto nacional.

Ayuso es sólo el apéndice regional de un partido político segmentado y que además seguirá defendiendo, a partir del 9 de mayo, los toques de queda, las restricciones a la movilidad o los mantras multiculturales y progres.

La derechita mediática de la Cope, ABC, 13TV, El Mundo o La Razón pensaba que el debate iba a ser el gran paseo triunfal de Ayuso con victoria total frente a una Rocío Monasterio minorada y recluida en el rincón.

El debate terminó siendo un gran aldabonazo para Vox. Y todo, todo, lo hizo un famoso cartel, una líder regional con las ideas básicas claras e inamovibles, y un discurso de puntales fuertes e igual en toda España que seduce a los obreros y a la clase media.

El social patriotismo español volvió a escribir ayer otra página en su conquista del futuro.